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Reseña Madera de sueños de Amelia Serraller

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«Madera de sueños» (Ondina Ediciones), es un poemario de Amelia Serraller que convierte la memoria, el amor, la pérdida y la identidad en materia poética, pero que no permanece encerrado en la intimidad. El libro amplía progresivamente su mirada hasta abordar los conflictos bélicos, las migraciones, la violencia de género, la sociedad tecnológica y las contradicciones del presente. Organizado en seis secciones, con prólogo de Alberto Morate, el volumen traza un recorrido entre lo personal y lo colectivo. Las ciudades del mundo funcionan como territorios de la memoria y como piezas de una identidad que se reconoce múltiple, hecha de viajes, vínculos, antepasados y lugares. La autora escribe también desde la pérdida y el homenaje. Padres, familiares, amigos y compañeros de poesía aparecen convocados desde el afecto, mientras que la conciencia social introduce una voz inconformista que cuestiona la indiferencia ante la lucha, la violencia y una realidad dominada por la prisa, el consumo y...

Azafrán y coordenadas

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¿Después del incendio que queda  del polvo enamorado? La raíz, en los territorios, del latido, con un código de cardiología, que místico  norte acuña el swing  de encantos angelicales. He recorrido París  en un gesto de revolución  para quedar impregnada  de una magnificencia desconocida. La aristocracia que bulle en mis arterias  se rendía ante los que solicitan mi cabeza  bajo el lustre de la guillotina. El Sena, río de puentes, abría compuertas  de canales frente a los arrecifes de los prados. Napoleón tenía que ser de este distrito. Como Virginia Wolf  fue la petunia del Tamesis. La desfavorable. La inquieta. La trotamundos.

Sobresalto

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A las tres de la mañana han tocado a la puerta. Me he sobresaltado y, por unos instantes, he permanecido inmóvil, como si fuese a timar el tiempo en su odisea. Ya no he podido dormir. Llevo encerrada una vida: siete años en el Tíbet, y durante este confinamiento no he dejado de sobrescribir la historia de los adverbios. He cocinado para una familia de soldados. He plantado los esquejes que oculté en la maleta: plantas resilientes que arrancó, de cuajo, la poderosa mano de mi madre. He leído un manuscrito que me fue entregado como un vástago con los ojos de una corona. He perdonado la vida a las arañas. Libros, galletas de fresa y café. Hoy, Gloria Fuertes, en su aniversario, bendice la poesía de todos los que habitamos en el fondo de la arena. Somos lenguados de literatura: dementes, zombis, taras de fábrica. He recibido muchos mensajes. Demasiados para mi vanidad, que reside con vistas al muro. No poder abrir las ventanas te ahoga en una cámara de gas, mientras las flotas aéreas sobre...

Dante life

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La noche podía abrirse con un delicado bisturí; era una nebulosa compacta. La resurrección del olor de la chimenea, que, atascada, había llenado la estancia de un humo corrupto, volvió a viajar en el tiempo. Los nidos de los pájaros obstruyen la salida y nos hemos olvidado de mantener en condiciones aquello que, en lugar de dar lumbre, te asfixia. Mis ojos contemplaban aquella maldita neblina de King que iba apoderándose de las ranuras; obscena, como un preludio de muerte, se filtraba, gaseosa, por doquier. Entonces sentiste en el pecho la patada cruel de quien ha sobrevivido a una guerra bajo las manos de un carcelero. Los aviones son avispas con vientres acuíferos en una contienda que lo ha quemado todo: los recuerdos, el oxígeno, hasta las ganas de vivir. En tu mente descubriste que aquella casa ya no era la mía y que habías aprendido a amar el cuerpo de otra patria. El ahogo. La antorcha visceral de la impotencia. Un mundo sobre una pira y solo un puñado de arena para apagar el inf...

La sonrisa de un millón de dólares

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Impertérrita en tu pose, cuesta bastante adivinar tus pensamientos. Aunque intuyo que el hartazgo se refleja en tu mirada, muda vas lanzando un reguero de maldiciones. ¿Por qué no te dejan descansar en paz? Ocultan, con un paño de seda, el desnudo mundano que significa estar expuesta como una vitrina en el barrio rojo. La gente, presa del delirio, se agolpa inútilmente, como quien desea besar el relicario de un torero. Una soledad pictórica entre bastidores irradia una serenidad trastocada: su amargura suicida, colgada de un clavo. La tristeza, erosión de gatos; los trémulos móviles cacarean el absurdo de encontrarnos ante un postín sin esperanza.

La sala de los espejos

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 ¿Te ha ocurrido alguna vez que es el espacio el que te observa y te evalúa? Cada tabique y cada rincón te analizan hasta provocarte un levítico escalofrío, mientras tus ojos son dos gotas de lluvia.

Nocturnidad estelar

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De repente, te quedas sin batería en el móvil.  Y emprendes un ejercicio titánico para retener cada lienzo, cada trazo y cada textura en tu mirada hereje. «La noche estrellada» de Van Gogh fue regresar a un momento de mi vida: un recuerdo amarrado a una bahía mediterránea con un millón de estelas.

Cuello de cisne

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París es una ciudad mayúscula, con avenidas tan anchas que, más que barrios, parecen poblaciones. Observar de cerca la Torre Eiffel, con su cuello palmípedo regentando el cielo, te enseña lo pequeño que es el ser humano. Es un ejercicio de humildad que me devuelve a un verso de Emily Dickinson:  «Ignoramos nuestra verdadera estatura hasta que nos ponemos en pie».

En canal

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Bajo esta cúpula nunca llueve. Los jardines más selectos moran en frascos de distintos colores. El maquillaje de los rostros representa un frenesí desaforado. ¿Qué labios ostentarán el regio tono burdeos? ¿Qué manos sostendrán el bolso más codiciado de las revistas de moda? Nada vale, ni un mísero euro, sin la esperanza parisina del amor.

Salomón

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Uno de los cuadros que más me ha impresionado es «El juicio de Salomón». No habla únicamente de la maternidad, sino de la dificultad de tener que decidir cuando cualquier resolución parece abrir una herida. Hay instantes en los que la verdad solo se revela cuando alguien está dispuesto a renunciar a lo que más ama. Qué poco cuesta el sacrificio desde la grada de quienes acusan a hurtadillas y señalan con sus dedos artríticos.

Llorar como una magdalena

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La espiritualidad que nos pertenece, aquella que se agolpa en una transferencia de energía. El templo: el bastión de un cuerpo que acompaña a su sombra fiel en la tropelía mundana de la llama errante. Camino entre la oscuridad cada jueves para florecer con el acto de la luz que osa romper el misterio. Los sustantivos siempre viajan con cierta adjetivación. El verbo es el alma que, en su remota fe, extrae la sangre de la palabra. París ha sido una comunión. Una puerta a un mundo que lleva demasiado tiempo sin mirilla. Estoy aquí, seducida por el brioche, la piedra y este olor a jazmín que me persigue. Entro en Madeleine y observo lo mundano, la muestra de aquello que habitamos. Un chico, de rodillas, se santigua y yo recojo las piedras que me han ido lanzando para entregarlas como ofrenda. Mi corazón late. Nota de página: Yo tenía una hermana por parte de padre. Ella se llamaba Magdalena. Murió hace muy poquitos años. Dejó huérfanos de madre a dos gemelos. Un cáncer fulminante le segó l...

Gladiolos

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Las flores y el pan son los símbolos de mi familia. Cuando me quedo bobalicona observando el escaparate de una floristería, me permito el lujo de volver a ser niña. Los cubos de agua repletos de ramilletes. Las manos de nuestras madres, manchadas de polen, como las manos de mi padre cubiertas de harina. El oficio de la tierra. Por eso me conmueven los ramos de trigo y rosas rojas: la combinación perfecta entre la redención, la vida y la muerte. La semilla siempre dará un fruto; en cambio, de los pétalos solo nacen poemas. Ensuciarse las manos nos hace libres.

Púas

La felicidad en tu rostro  llega sin previo aviso. Cuando la alegría se asoma libélula, la sorpresa acude con sus mejores galas y evoca como un vapor rosáceo  aquella vida en que tú y yo fuimos agua y fuego. Los geranios se ríen a carcajadas, y los patios lucen sus losas   con el ardor del sol. No pesa el olvido  y abrazo al hombre que fuiste  y que, de vez en cuando, decide regresar. Ese instante de cascabeles  que ronronean en su metal  canciones de festejos. Tú, en tu corporal, en tu azalea, en el zumbido de los insectos sobre las flores de los cactus. Pero yo no me engaño  porque regresará el torrente  de barrizal y caña. Tu rostro  será el hombre que me dejó en mitad  de una acera. Y cobijaré a la tristeza de lo que  florece para marchitarse con la noche. Volverá tu piel distinta. El gesto árido de los que extravían  la ensoñación.  Y sé que mañana te habrás marchado. Y tu cuerpo me negará tres veces.

Relámpagos

En verano, acontecen las tormentas eléctricas, un relámpago que, de repente, en su vértice  concede la pausa  antes de la radiación. Estío de pulmones secos, de pieles conteniendo cauces  en la danza recóndita  de la lluvia de la nostalgia. Todo resta mudo. Nada suma al hedor del cemento. De la ropa en guirnalda  con su ausencia total de brazos, de rodillas, de barrigas y espadas. La atmósfera  que establece el azar de los pararrayos. Con su quietud a merced de Poniente  aguardando el impacto  de un trueno amoroso. Yo te contaría un secreto. Pero estoy segura de que para bien o para mal, como el astro que se eclipsará en agosto, los cirros predicen las inclemencias  y tú, de mi lluvia,  ya sabes sus derrotas y victorias: un campanario sin cigüeñas.

Pez plateado

La canícula alardea su hervor  entre los pliegues. Exhaustiva licencia, la del estío, que cubre de fatiga  el ritmo de los transeúntes. Las hojas inmóviles,  en su pose hierática,  se convierten en estatua de una fotografía. Y aquí, poeta sudorípara, letargo la lucha diaria  del desierto que copa mis pasillos. Escribo un poema maltrecho  en un libro. Sorbo acacia del vaso,  el agua con limón  como una absenta que me protege de la sed. Pero no logra colmar este abismo  de asfalto crujiente  capaz de desintegrar, a las tres de la tarde, cualquier pensamiento  de escarcha. En este sopor de ascuas,  entre un vacío tan gigante  que el infierno ha abierto su candado para encandilar, desde su incandescencia, las almas de la sequía. Cae un rayo y fulmina la flor. Cierro la boca para no pronunciar el nombre, mientras miro a los pájaros  que vuelan hacia otras latitudes, donde los lagos exponen su salinidad  y las zancudas...

Consumición

Las montañas arden mientras los artefactos sobrevuelan  esta cerilla. Llamas, llamas y llamas. ¿Qué cobijo guarece la furia? Mientras circulo con mi coche cada rotonda,  el nudo de corbata de mi lengua  reduce a cenizas la palabra. Sí, porque una simple palabra  es capaz de desencadenar una catástrofe. Encender las cortinas  y, en una hoguera, devorar el oxígeno  de la garganta.  Fuego entre la anatomía del abecedario,  una combustión para que la antorcha,  que se apropie de los espacios de un texto, sea una ráfaga sagrada al dios Vulcano. Verbos capaces de arder como Roma. De consumir la paz  de los muros de madera. La oda de los pirómanos:  árboles naranjas  alzando sus tentáculos  hacia las nubes. Y quemarse por dentro  como un sol malherido. Ll.Ll.

Reseña «Birding» de Lourdes Vicente Bertolín

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Birding , de Lourdes Vicente Bertolín Prólogo de Antonio Méndez Rubio.  Huerga & Fierro Editores Con Birding , Lourdes Vicente Bertolín consolida una de las líneas de fuerza que atraviesan su trayectoria poética: la exploración de la identidad a través de los vínculos afectivos y la naturaleza concebida como espacio de revelación. Si en su anterior poemario La intemperie : la imagen de los hilos articulaba una poética de la conexión — hilos que podían leerse como raíces, vínculo y permanencia—, en esta nueva entrega el ave ocupa el centro simbólico de una obra que despliega un vasto repertorio de resonancias espirituales, sociales y genealógicas. La genealogía, en particular la femenina, reaparece como una constante en la escritura de Bertolín. La figura materna emerge entre los pliegues del texto como presencia fundacional, origen de una memoria que se transmite entre generaciones y que encuentra en la palabra poética una forma de permanencia frente a la desaparición física d...

Combustión

Tal vez, lejos de las hogueras  de las vanidades,  mi refugio sea el campaniforme sonido, el lomo verde de esta horizontalidad. Exigimos tanta efervescencia  a la luz solar de la noche  que aquí, en esta piedra, bien pudiera ser  una lar para el sacrificio. Los tronos pétreos en el océano  ahogan a cualquiera que vaya de estrella. Los calamares se revuelven. Las medusas no disponen  de la cronología del oleaje. Qué poco tiempo para el fuego, que con su crepitar consume  la lealtad entre leños y astillas. Tal vez, lejos del mar, una encuentre los barcos  que oculten las intenciones, por muchas puestas en escena: el fuego es el fuego  y se necesitan muchos grados  para fundir el hierro y la verdad.

Corredurías

En este árbol de olivas  haya más huesos que pulpa, el sortilegio de lo luminoso  que traspasa el mutismo de los encajes. Recuerdo a mi abuela frente a su ventana, observando el mundo, el ruido de las azoteas bajo los pilares de sus pies inanimados. Ella no podía caminar. La deformidad se había instalado  en protuberancias de poemas  y observaba, desde su trono de invalidez, la hecatombe de la vida. Yo era su sombra, y aprendí con ella,  la primera lección técnica  de escribir poesía: el silencio. Estar con los ojos vertidos  al exterior para ver cómo corretean los aceitunos detrás de un visillo viejo,  que guardo como una joya,  con la distancia de sus piernas  en mi memoria.  Mullidas y hermosas,  como amamos a los seres que nos importan. Ll.Ll.

Reseña "Plancton" de Sonia Bueno

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  "Plancton", publicado por RIL Editores, es un libro cuyo propio título contiene ya una declaración poética. El plancton, conjunto de organismos diminutos que habitan suspendidos en las aguas y cuya existencia resulta casi imperceptible a simple vista, constituye una metáfora perfecta de la propuesta de Sonia Bueno: una multitud de instantes, voces y tiempos que, aparentemente dispersos, terminan formando un organismo poético único y original. Desde sus primeras páginas, el poemario despliega una arquitectura basada en la fragmentación. Los espacios en blanco adquieren una función expresiva esencial; son silencios que dialogan con los versos y participan activamente en la construcción del significado. Como ocurre con la riqueza invisible de los ecosistemas marinos, cada elemento parece autónomo, pero la suma de todos ellos genera una entidad propia. Los vacíos no dejan indemne al lector: jerarquizan el texto, regulan el ritmo y convierten la lectura en una experiencia de esc...

El descenso a los infiernos

Odio tomar este medicamento: la nulidad de la vida del año que nunca existe. A veces el desánimo  se apodera de mi entidad  y me convierto en una masa  sobre una plataforma. El arrastre del mal  transporta el alga hacia las aperturas  del puerto. Odio esta supeditación enferma  y el apoderamiento de mi ser  frente a la abstinencia. Odio este maldecido temblor,  las neuras que la dolencia provoca. Esta cabeza cascabel. Estas manos de tintineos. Odio. No. Me odio a mi misma  por no haber sido lo suficientemente fuerte  y ceder ante el agravio, el bochorno,  el desprecio reiterado de lo que se supone  debía protegerme. A tal extremo de hastío  que me incapacitaron y me robaron lo que más amaba. El odio no sirve de nada, poesía, solo acusa los efectos secundarios,  empeora los síntomas, el odio es un valor corrupto. Debo aceptar mi proclive. En esta soledad. De neurología enferma  donde la omnipresencia de mi cuerpo...

Agotamiento

Cae la gota en una continuidad  trémula. La indecisión del silencio acuífero  que intermitente  habla, musita, calla y desdice  en su reguero olímpico. Cae la gota  agoguera, ahogada, hacia el cuenco  desnudo  bajo la "aixeta". Quizás la bondad,  grifo a destiempo, grite, sílaba a sílaba, este pequeño sismo  en que el tiempo se detiene, en la pausa,  con el parpadeo paisajista  de todo aquello que duele  hasta el desbordamiento. Cae la gota, membrana transparente,  y la paciencia termina,  y el mantel se mancha con la anarquía  de una gravedad absoluta. Cae la gota para que tú te vayas de mi vida. Cuando la indecisión afecta el paso y anegada decides que colmó  la insuficiencia de las cosas  que rítmicas ceden a la inmensidad del segundo. Cae, cae, cae. Gota, gota, gota.

La calle tristeza

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En ocasiones, un gato se apoltrona en mi pecho: una tristeza felina que ronronea  de un modo desafiante. Hago esfuerzos para calmar su ansia  con libros y tisanas de cortezas, pero él se arremolina entre mis costillas  y mueve su cola con latigazos  directos a los bronquios. He recorrido Úbeda  con él amarrado a mi tórax  igual que un primate se aferra a un árbol. Lo he increpado en varias ocasiones,  pues no soportaba sus uñas calcáreas  enrredadas al caos de mi corazón. Le doy trozos de palabras  y digiere los más bellos paisajes del planeta. Pero ruge a su hora  como una bestia maldita, remueve esta paz  en bolas de pelo negro ajeno al tamaño  que ocupa.

Trofeo

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Te levantaste un día con un martillo en la mano  y golpeaste cualquier atisbo de felicidad. ¡Cataclán! Has roto el colmillo, el espejo que te devuelve a tu hermana. Has hecho trizas el poema,  la sábana sagrada que envuelve  la cardiología de tu cuerpo. ¡Pum! No tienes piedad con tu sombra:  proyección melancólica en la acera. Tu sentido tiene un vado. Tu dirección, una señal prohibitiva. ¡Suelta el maldito martillo! Me reclaman. El puño se abre como una flor en una cochera. Respiro ante el deceso de mi herramienta-arma. Acaricio las paredes con mi brazo,  una liana verde que hurga el muro,  que sorbe las aguas entre las cañerías. Pido vuestra tregua. Y por un instante nado entre la atmósfera  del desprendimiento de un trauma. Sobra la herida fácil  de un pétalo en un charco, un amor sin escudo  ni el mazo cruel de la purga con las manos vacías.

Reseña literaria de "Hombres que les faltaban los dedos, de Carmen Hurtado Pérez

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  En "Hombres que les faltaban los dedos", publicado por RIL Editores; Carmen Hurtado Pérez construye un esqueleto literario que se sitúa deliberadamente en la frontera entre el ensayo poético, la investigación interdisciplinar y la escritura experimental. El libro (rico en datos, atravesado por un prólogo de la propia autora y sostenido por una voz que rehúye la puntuación convencional), se despliega como una partitura verbal: rítmica, sin comas, con la cadencia de un piano que rehace el lenguaje como si lo golpeara con precisión científica y sensibilidad artística a la vez. La mano es aquí protagonista absoluta. No como motivo, sino como territorio. Hurtado Pérez la explora desde la antropología, la biología, la historia y lo social, hasta convertirla en un símbolo totalitaria: herramienta de conocimiento, extensión del pensamiento, archivo de la evolución humana. En su propuesta, la mano no solo hace el mundo; lo interpreta, lo hiere, lo domestica. Es caricia o castigo, pa...

La playa

En la esquina del abismo  de mi cama  el Minotauro se sienta, incapaz del derrumbe. Yo siento, con todas mis ramas  de matorral malherido,  esta eternidad de isla. La ola que mece la palabra "llaüt", el espejo sol en las mejillas  en una tarde de estío. Transitan en mi memoria  los galgos de la mañana  en un vírico carrusel. Yo te prometo, hubiera preferido  que mis ojos fuesen de perdiz amorosa  pero el cuchillo tiene complicada la misión  hacia la ternura. No deseo hacer daño. Por eso en mi agonía  me convierto en una palmera boreal  que sostiene los brazos  de la existencia. No deseo hacerte daño. Me gusta atropellar trenes. Ver los patos en los estanques, libres y lustrosos, antes que en un plato de loza. Como con las manos. Río hasta que la campanilla  toca ceremonias... Viajo a las profundidades  con la misma facilidad que un submarino. Pero yo musico mi latido, cronificación del trauma, a pesar de los fárm...

Reseña "Inmerecidas ruinas"

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La relación con Linares no es un simple dato biográfico en el caso de Anna Isabel Camacho: es también una forma de entender la raíz, la memoria y el lenguaje. Que autora y reseñadora compartan cierto vínculo con la ciudad jiennense añade una capa íntima a la lectura de “Inmerecidas ruinas”, publicado por RIL Editores, un libro que se erige como un verdadero alegato sobre el cuidado y la simbiosis. La introducción, sostenida sobre cuatro textos de Jesús Aguado, ya anticipa el territorio emocional y matérico que atraviesa la obra. Anna Isabel Camacho estructura aquí un lenguaje deconstruido, desprovisto de artificio superfluo, donde prevalece la emoción sobre la forma. El libro nos traslada a un tránsito de palabras, acciones verbales y espacios; un recorrido donde cada poema parece dialogar con aquello que ha sido desgastado, olvidado o erosionado por el tiempo. Tal vez “Inmerecidas ruinas” sea la imagen onírica de toda aquella materia que ha sido desprovista de esencia, superficie o to...

Reseña El Alma por la boca de José Iniesta

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"El alma por la boca" (Editorial Pre-textos), de José Iniesta, es un libro de depuración y de hondura. Construido a partir de formas breves cercanas a la soleá, el poemario apuesta por una palabra contenida, casi sentenciosa, donde cada pieza funciona como una revelación mínima, pero intensa. Desde sus primeros versos se percibe una escritura que nace de la necesidad: el poema como fuego interior, como tentativa de dar luz a lo que arde dentro. Esa tensión entre lo que se vive y lo que se nombra recorre todo el libro, convirtiendo la voz poética en un espacio de búsqueda más que de afirmación. La presencia de Antonio Machado se advierte no tanto en la inspiración como en la actitud: el camino, la conciencia del tiempo y la mirada sobre lo sencillo adquieren aquí un peso simbólico. La piedra, el tránsito, la luz de las mañanas o la experiencia del paso se convierten en signos de una reflexión constante sobre la fugacidad y el desgaste de la vida. El amor (encarnado en Teresa, ...

Presentación El alma por la boca de José Iniesta

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Siempre he creído en la felicidad de los instantes, en ese momento en el que el corazón es un jardín de geranios y las personas sincronizan sus latidos. Hoy, el poeta Jose Iniesta , amigo a quien admiro profundamente y por quien siento un gran cariño, ha logrado que la poesía sea capaz de encapsular el silencio. Además, quiero dar las gracias a todas las personas que me han acompañado y apoyado en este evento: Àngels, Isabel, Pepa, Rosalía, Josep, Soledad, Wenley, Swami, Daniela, Natalia, Jorge, al público asistente y a la Librería Argot.

Cuadrículas cuadriculadas

Cuando te conviertes en la pieza de un tablero,  la sensación es vertiginosa. Fue un inicio de partida  donde yo, como buena reina, tomé las mejores posiciones. No obstante descuidé los flancos  y mis peones fueron cayendo  en una maniobra estratégica  digna de un experto soviético. Yo aún seguía confiada  por el arrojo de mi guardia pretoriana: la distancia era inalcanzable  y mis torres eran altos obeliscos. Los ladrillos de sus cimientos  fueron birlados con destreza  y cayeron del modo más estrepitoso. Ya los caballos, inquietos,  presentían la tragedia ante la horquilla de un peón que realmente era un rey aventajado. Y, a pesar de mis esfuerzos,  la voracidad del contrincante  me dejó tan expuesta  como un rótulo en un casino. Los alfiles aconsejan el abandono inminente: un taxi Uber y no mirar atrás durante  el trayecto que dure salir de esta tómbola  que me mortifica y entretiene. Jaque mate, piensan los q...

Fadrí

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Anoche aparqué en mi antiguo barrio. La noche invitaba a un preludio veraniego, con el cielo oculto tras la polución. Observé la parsimonia de los edificios, las bocacalles y aquel ventanal que fue, durante una década, mi casa. Allí escribí cuatro libros; aprendí a contar habitaciones vacías y, desde el terrado, sostenía el pequeño mundo de una parabólica. Pensé que yo era un peatón más en la avenida, no el bicho que mira desde el rincón ambiguo, como los anteojos de un apicultor. Creí que mi casa era mi casa, pero no: fue solo el deseo interminable del paso con el desasosiego de los gatos que nunca aprendieron a maullar. Y abandoné la ciudad como quien deja en una cama al amante dormido, con el olor de tu piel en los labios, sabiendo que jamás volverás a besar.

Muerte y olvido

Toco el timbre. Cuando estoy triste siempre te visito. Toco el timbre. Triste obelisco plantado frente a tu puerta: la intermitencia amigable. Toco el timbre. Y abres la puerta  porque me conoces de hace décadas  y recoges, con tu escoba de enea, cada fragmento de mi sonrisa. Toco el timbre. Carta de amor en mil pedazos  que tú barres con resignación. Multa lanzada a la canasta. Toco el timbre. He tenido ansiedad,  no soportaba el dolor de una chica de 25 años. El fracaso de un sistema. La rotura de una sociedad  que, a la deriva, mata al carnero  antes de ser vianda para el comensal. Toco el tiempo. Sí, he empezado a andar de un lugar a otro, frenética, porque las flores son arrancadas  del jardín  y huele a basura sin sacar de la cocina. Toco el timbre. ¿De qué sirve hablar de las razones? Los culpables flotan en colchonetas  en hoteles de anfetaminas. Toco el timbre. Toco el tiempo. Tiempo sonoro: guillotina, mazo, goteo. Muero. Toco el ti...

Inmunidades

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Existen casas sin ascensores. Fincas lánguidas  con sus cuerpos de piedra  y sus ojos: ventanas al mundo. En cambio, otras viviendas  poseen modernos habitáculos  de poleas con botones de colores  y el espejo de Alicia. Tengo un vecino, en mi comunidad,  que siempre sube andando, a pesar de vivir en la séptima planta. Yo vivo en el primer rellano, a mano izquierda, entre la ventana del tragaluz  y una columna. En ocasiones, se detiene detrás de mi portal. Hace el amago de tocar el timbre  mientras carraspea. Yo le escucho, porque soy una gata  que percibe hasta el sonido  de una araña colgada del techo. Parece que quiere decirme alguna palabra. Será que le molesta mi ruido, la manera de caminar con mis tacones  mientras el edificio retumba. Yo, a veces, le saludo,  y le hablo del tiempo: - Parece que va a llover. Pero existen ciudades en que está vetada  la metereología. El cemento grisáceo  oculto tras el gotelé, las...

Reseña literaria de No quiero ser olvido de Cristina Giménez

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En "No quiero ser olvido", Cristina Giménez López construye un universo poético atravesado por una preocupación central: la fugacidad de la vida y la necesidad de preservar aquello que, inevitablemente, se desvanece. Desde una voz íntima y depurada, la autora articula un recorrido emocional donde la memoria, la maternidad y el paso del tiempo se entrelazan con una mirada consciente, a veces convulsa, sobre la existencia. El poemario se erige como un ejercicio de evocación. La casa se transforma en escaparate de la nostalgia; los aromas, los espacios y los gestos cotidianos adquieren una dimensión simbólica que trasciende lo inmediato. La figura del padre aparece fijada en instantes de adolescencia, mientras que la madre se proyecta en la ternura de una nana o en lo cotidiano representado en la maniobra de un aparcamiento. A través de estos elementos, la autora establece un puente entre generaciones: su propia experiencia vital se desplaza hacia la descendencia, especialmente...

Descubrir Teruel

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  Muy ilusionada por participar en este día tan especial, el Día Mundial de la Poesía, en tierras de Teruel (la primera vez en mi vida que la visito). Empezar la primavera en estos lares, con buena gente y poesía, estoy segura de que serán símbolos inequívocos de buenos augurios. #teruelexiste #zahoraypoesia #jamonrimaconilusion #agradecida

Ventolera

El amor y sus estandartes. Contra viento y marea. Mistral dentro de una caja de ritmos, el viento que traquetea cada falange en la enajenación transitoria. El amor emérito, el que sale de las entrañas de la meteorología. Arranque de ramas desprovistas, celoso y exacerbado, que descoloca todo a su paso: contenedores, señales de tráfico, peluquines y faldas; con la ráfaga amatoria de la voladura de dinamita. Ventanal trémulo. Sesgo de flores. Desperdicios anarquistas. El desplome de Cupido en ese bar de copas y la desnudez de la cardiología. Esta bocanada que imposibilita el viaje del pájaro, que anima al fuego a la persecución inminente. Mar embravecido, anhelo de barco, el éxtasis de los árboles y de los postes, un eco de imágenes donde la festividad se desnuca. La rosa decaída,  la parálisis de caminar hacia el ayer, empuje  entre portales del tiempo y los cristales desdentados.  Esta intangibilidad que impide lo inevitable: el desencadenante de un siniestro,  un co...

Pedruscos

Las calles que suben al castillo tienen nombre de poetas y de ciudades del sur. Parece que soy el diálogo:  la serpentina entre las páginas de un libreto, en este mes febril, como un animal entre las matas  después de su abandono. Me cuesta mantener el ritmo  y en la mayoría de las casas  son bocas cerradas a la osadía  de una pretensión nómada: la de obligar a mi corazón a una rutina de ejercicios, la manera en que el tiempo flexiona la belleza,  el mar, un marco en este paisaje  de muros de fábulas  con la necesidad imperiosa  de sentir que estoy renaciendo peregrina, gorrión ausente, náufraga de tierra. Aquí el viento se hace querer  pues yo sé que viene de la costa; es húmedo como los labios adolescentes  que hurtan besos en rincones  de esta articulada caminata. Me gusta la paz. El pino, la piedra, los saludos de los lugareños  en el trabajo arduo del cruce dominical. Me siento tan diminuta. Un guijarro celeste. Y llo...

Polen y poleas

En este caso omiso, la noche nos envuelve en una casulla translúcida. Miro hacia el norte, que descifra en mis manos  la quiromancia de los mendigos. Cruzo mapas con este vértigo, huésped de vocal, taciturnidad de taberna, y, en este cometido, mis pies  se ahogan dentro de estos zapatos de marca. La gente con sus abrazos de gomaespuma. La boca de elástica conversación,  gimnasta de sílabas acróbatas  que expuestas son barcos de papel en una fuente. Yo pienso en aquel mundo no nacido, sin la tala del árbol. Un planeta donde tú hubieras trabajado  en un cine como acomodador,  con el faro de luz que tu pecho irradia. Y yo hubiera sido la modista con flequillo  que cose cintas a las prendas  para que no olviden su nombre. He llegado a este declive, al alud que supone una tormenta de nieve. Partículas, esporas, radiofrecuencias. Y buscas una tijera enana  para cortar los hilos  que incomodan en la costura. Pero yo soy una maldita poeta, con e...