Pez plateado

La canícula alardea su hervor 

entre los pliegues.

Exhaustiva licencia, la del estío,

que cubre de fatiga 

el ritmo de los transeúntes.

Las hojas inmóviles, 

en su pose hierática, 

se convierten en estatua

de una fotografía.


Y aquí, poeta sudorípara,

letargo la lucha diaria 

del desierto que copa mis pasillos.


Escribo un poema maltrecho 

en un libro. Sorbo acacia del vaso, 

el agua con limón 

como una absenta que me protege de la sed.


Pero no logra colmar este abismo 

de asfalto crujiente 

capaz de desintegrar, a las tres de la tarde,

cualquier pensamiento 

de escarcha.


En este sopor de ascuas, 

entre un vacío tan gigante 

que el infierno ha abierto su candado

para encandilar, desde su incandescencia,

las almas de la sequía.


Cae un rayo y fulmina la flor.

Cierro la boca para no pronunciar el nombre,

mientras miro a los pájaros 

que vuelan hacia otras latitudes,

donde los lagos exponen su salinidad 

y las zancudas engullen piececillos grises 

de tristeza solar.


Ll.Ll.

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