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La sonrisa de un millón de dólares

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Impertérrita en tu pose, cuesta bastante adivinar tus pensamientos. Aunque intuyo que el hartazgo se refleja en tu mirada, muda vas lanzando un reguero de maldiciones. ¿Por qué no te dejan descansar en paz? Ocultan, con un paño de seda, el desnudo mundano que significa estar expuesta como una vitrina en el barrio rojo. La gente, presa del delirio, se agolpa inútilmente, como quien desea besar el relicario de un torero. Una soledad pictórica entre bastidores irradia una serenidad trastocada: su amargura suicida, colgada de un clavo. La tristeza, erosión de gatos; los trémulos móviles cacarean el absurdo de encontrarnos ante un postín sin esperanza.

La sala de los espejos

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 ¿Te ha ocurrido alguna vez que es el espacio el que te observa y te evalúa? Cada tabique y cada rincón te analizan hasta provocarte un levítico escalofrío, mientras tus ojos son dos gotas de lluvia.

Nocturnidad estelar

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De repente, te quedas sin batería en el móvil.  Y emprendes un ejercicio titánico para retener cada lienzo, cada trazo y cada textura en tu mirada hereje. «La noche estrellada» de Van Gogh fue regresar a un momento de mi vida: un recuerdo amarrado a una bahía mediterránea con un millón de estelas.

Cuello de cisne

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París es una ciudad mayúscula, con avenidas tan anchas que, más que barrios, parecen poblaciones. Observar de cerca la Torre Eiffel, con su cuello palmípedo regentando el cielo, te enseña lo pequeño que es el ser humano. Es un ejercicio de humildad que me devuelve a un verso de Emily Dickinson:  «Ignoramos nuestra verdadera estatura hasta que nos ponemos en pie».

En canal

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Bajo esta cúpula nunca llueve. Los jardines más selectos moran en frascos de distintos colores. El maquillaje de los rostros representa un frenesí desaforado. ¿Qué labios ostentarán el regio tono burdeos? ¿Qué manos sostendrán el bolso más codiciado de las revistas de moda? Nada vale, ni un mísero euro, sin la esperanza parisina del amor.

Salomón

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Uno de los cuadros que más me ha impresionado es «El juicio de Salomón». No habla únicamente de la maternidad, sino de la dificultad de tener que decidir cuando cualquier resolución parece abrir una herida. Hay instantes en los que la verdad solo se revela cuando alguien está dispuesto a renunciar a lo que más ama. Qué poco cuesta el sacrificio desde la grada de quienes acusan a hurtadillas y señalan con sus dedos artríticos.

Llorar como una magdalena

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La espiritualidad que nos pertenece, aquella que se agolpa en una transferencia de energía. El templo: el bastión de un cuerpo que acompaña a su sombra fiel en la tropelía mundana de la llama errante. Camino entre la oscuridad cada jueves para florecer con el acto de la luz que osa romper el misterio. Los sustantivos siempre viajan con cierta adjetivación. El verbo es el alma que, en su remota fe, extrae la sangre de la palabra. París ha sido una comunión. Una puerta a un mundo que lleva demasiado tiempo sin mirilla. Estoy aquí, seducida por el brioche, la piedra y este olor a jazmín que me persigue. Entro en Madeleine y observo lo mundano, la muestra de aquello que habitamos. Un chico, de rodillas, se santigua y yo recojo las piedras que me han ido lanzando para entregarlas como ofrenda. Mi corazón late. Nota de página: Yo tenía una hermana por parte de padre. Ella se llamaba Magdalena. Murió hace muy poquitos años. Dejó huérfanos de madre a dos gemelos. Un cáncer fulminante le segó l...