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Reseña La complejidad de Electra por Javier Gallego

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«La complejidad de Electra es una revelación incómoda, una verdad que no se deja domesticar, una herida que no termina de cerrar porque su función no es sanar sino recordar». http://profundamensuperficial.blogspot.com/2026/09/resena-de-lluisa-llado-la-complejidad.html?fbclid=IwdGRjcAUfTvFjbGNrBR9O6nBkb2YFZXh0bgNhZW0CMTEAc3J0YwZhcHBfaWQMMzUwNjg1NTMxNzI4AAEewPGQfmqpjvrXbPQd3AT6DhD8trL4uuO3Z2bUvDoAEB-hFaQERwdO760mKuI_aem_EIdJl1V7XleHcFdWpFgfaQ&m=1

Casa Maru

Las casas contienen paradojas que desafían a la retórica y al pensamiento de una AI. Casa desnuda, vestida con el ropaje más suntuoso. Ruido cápsula que retransmite un reguero de portarretratos, como si la vida pudiera paralizarse en silencios. Y el plato despojado en el parador que, en un ayer, fue vergel de viandas. La puerta que contaba el tránsito de los pasajeros del hogar. Casa en pieles, con el tumulto, con el olor acre del polvo, de estancia cerrada, del grifo caudal y las arañas bailarinas en los recuadros de yeso. Yo he sido muy feliz en estas paredes de albañilería que fueron edén de piedra. Tal vez la rutina mata la mirada. Y los recuerdos de regalos de boda y patios nazaríes revienten contra el piso con el mínimo temblor de tierra. Pero una cosa es cierta: el amor es un limonero de frutas ácidas, con la delicadeza de una caricia.

Narcolepsia

Tal vez lleve a cuestas una encrucijada: la tarea de devolver al latido un bloque marmóreo. Llevo años tras la escultura cobijo de un cortinero inexistente. Golpe, zanja, surco en obra maestra de la incredulidad que cuartea sus manos antes de abrir una brecha sobre tu pecho. He pateado con fuerza el hieratismo, el muro de Berlín, el ocaso de nuestros cisnes tras el horizonte de una apuesta. Cuando saliste del hospital, tu amor se quedó en alguna sala muda. Tu rostro cambió sobre tu piel crisálida y mis fuerzas fueron alas de cemento. Yo te llamaba a gritos. Pero tú nunca regresaste. La medicina se apoderó de tu mente en un delirio de callejones sin salida. Te miro y no eres tú. Y en tu laberinto aúllas cerca de las paredes más altas. Fíjate cómo estoy: no tengo nudillos y el hueso me señala la puerta hacia la salida. Qué incrédula, creer en el milagro de que el amor puede con todo. Créeme que no, que la piedra que me hunde olvidó nadar en los charcos y mi cuerpo, choque malabar, está e...

Maldita manchega melancolía

Cruzar la meseta, con el runrún automovilístico: la cordura de las carreteras del pasado. Se me antoja el transhumanismo de una estatal americana. Ruta desértica, ambidiestra, de líneas discontinuas. Cremallera de asfalto que atraviesa la tierra: eólica, atolladero de metal, con pueblos crisantemos amamantados de masas industriales por guirnaldas de camiones y un eco de sol motor. Cash acompaña con su cante plañidero y el sofoco aorta al cuello con la sed caliente: mancha, hojaldre, vino y quesería. Cruzamos la Ruta del Mediterráneo, como almas en pena bajo el ocre del paisaje. Rótulo azul, despeñaderos, pantanos agónicos o asesinos, según el descaro de la lluvia. Así son mis arterias. Amarillo y melalcoholía.

Pompeya

Existen familias que son clanes y, sin sangre, verdaderos parientes. Lazos que ahogan desde la niñez con la apariencia tranquila de que el amor incondicional no es gratuito. La crianza en este territorio se transforma en una penitenciaría. El problema surge cuando la nota rompe el eje. Contradices el canon. Chillas la incoherencia frente a la alineación porque eres la oveja negra en una manada de lobos. La expulsión del edén, el ostracismo recalcitrante. Con los años aprendes a mirar desde la distancia los rosales que crecen entre las grietas. Subes al muro, has aprendido, a pesar del alambre, a trepar entre los adoquines. Observas, durante el tiempo que concede tu fuerza, la vida delineada en otras vidas. Llevas años de escalada y el reloj gira sus agujas con la atadura a un suero de incertidumbre. Quizás tu voluntad no se rinda, pero tu cuerpo acusa la desesperanza y te ha cortado los pies.

Un hilo hacia el otoño

Esta noche, sobre las dos de la mañana, la lluvia ha roto el paisaje en vellosidades de agua. Me desperté sobresaltada por un ruido meloso de una tormenta cantarina. Y, somnolienta, quise comprobar que ese aroma de ceniza húmeda y descanso callejero no era un sueño en mitad de la vigilia. Sí, era verdad: gotas diagonales mojaban las aceras y sentí una congoja ante la manera que tiene la naturaleza de borrar los pasos, el olvido de los manteles, de las voces, de las conversaciones escritas al Olimpo de las pantallas. E inhalé antes de decir adiós, mientras un mundo que nunca aconteció flotaba hasta desaparecer entre los enrejados de la alcantarilla.

Picaduras

  I El otro día, una araña me picó en el empeine. Fue una punzada. Se puso negra toda la zona afectada y el picor fue irritante  durante el tiempo que el veneno besaba mi sangre. Ahora, un moretón y unas costras forman islotes de piel malherida. II Yo sé que el amor, en ocasiones, te ataca como un insecto que, ante el desconocimiento, inyecta su ponzoña. III Déjame libre, por favor. No sigas alimentando la sarna con tu delicadeza más absoluta. Déjame en mi fondo. Cerca de la altitud de la palabra. IV Yo siento aún la irritación cutánea, ya que una picadura de arácnido implica una necrosis de roales inciertos. V No sé cuándo sucedió. Fue cuando me quité los zapatos y, descalza, estiré mis pies como un pico de gorrión ante una semilla. De repente, noté una quemazón en mi pierna derecha y una serie de ampollas emergieron tras el escozor más insoportable de la tarde. VI No sé cuándo sucedió. Tus ojos atravesaron los cristales bajo la lluvia, y tus pupilas se enzarzaron con mi reti...