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El descenso a los infiernos

Odio tomar este medicamento: la nulidad de la vida, el año que nunca existe. A veces el desánimo  se apodera de mi entidad  y me convierto en una masa  sobre una plataforma. El alga que el arrastre del mal  transporta hacia las aperturas  del puerto. Odio esta supeditación enferma  y el apoderamiento de mi ser  frente a la abstinencia. Odio este maldecido temblor,  las neuras que la dolencia provoca. Esta cabeza cascabel. Estas manos de tintineos. Odio. No. Me odio a mi misma  por no haber sido lo suficientemente fuerte  y ceder ante el agravio, el bochorno,  el desprecio reiterado de lo que se supone  debía protegerme. A tal extremo de hastío  que me incapacitaron y me robaron lo que más amaba. El odio no sirve de nada, poesía, solo acusa los efectos secundarios,  empeora los síntomas, el odio es un valor corrupto. Debo aceptar mi proclive. En esta soledad. De neurología enferma  donde la omnipresencia de mi cue...

Agotamiento

Cae la gota en una continuidad  trémula. La indecisión del silencio acuífero  que intermitente  habla, musita, calla y desdice  en su reguero olímpico. Cae la gota  agoguera, ahogada, hacia el cuenco  desnudo  bajo la "aixeta". Quizás la bondad,  grifo a destiempo, grite, sílaba a sílaba, este pequeño sismo  en que el tiempo se detiene, en la pausa,  con el parpadeo paisajista  de todo aquello que duele  hasta el desbordamiento. Cae la gota, membrana transparente,  y la paciencia termina,  y el mantel se mancha con la anarquía  de una gravedad absoluta. Cae la gota para que tú te vayas de mi vida. Cuando la indecisión afecta el paso y anegada decides que colmó  la insuficiencia de las cosas  que rítmicas ceden a la inmensidad del segundo. Cae, cae, cae. Gota, gota, gota.

La calle tristeza

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En ocasiones, un gato se apoltrona en mi pecho: una tristeza felina que ronronea  de un modo desafiante. Hago esfuerzos para calmar su ansia  con libros y tisanas de cortezas, pero él se arremolina entre mis costillas  y mueve su cola con latigazos  directos a los bronquios. He recorrido Úbeda  con él amarrado a mi tórax  igual que un primate se aferra a un árbol. Lo he increpado en varias ocasiones,  pues no soportaba sus uñas calcáreas  enrredadas al caos de mi corazón. Le doy trozos de palabras  y digiere los más bellos paisajes del planeta. Pero ruge a su hora  como una bestia maldita, remueve esta paz  en bolas de pelo negro ajeno al tamaño  que ocupa.

Trofeo

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Te levantaste un día con un martillo en la mano  y golpeaste cualquier atisbo de felicidad. ¡Cataclán! Has roto el colmillo, el espejo que te devuelve a tu hermana. Has hecho trizas el poema,  la sábana sagrada que envuelve  la cardiología de tu cuerpo. ¡Pum! No tienes piedad con tu sombra:  proyección melancólica en la acera. Tu sentido tiene un vado. Tu dirección, una señal prohibitiva. ¡Suelta el maldito martillo! Me reclaman. El puño se abre como una flor en una cochera. Respiro ante el deceso de mi herramienta-arma. Acaricio las paredes con mi brazo,  una liana verde que hurga el muro,  que sorbe las aguas entre las cañerías. Pido vuestra tregua. Y por un instante nado entre la atmósfera  del desprendimiento de un trauma. Sobra la herida fácil  de un pétalo en un charco, un amor sin escudo  ni el mazo cruel de la purga con las manos vacías.

Reseña literaria de "Hombres que les faltaban los dedos, de Carmen Hurtado Pérez

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  En "Hombres que les faltaban los dedos", publicado por RIL Editores; Carmen Hurtado Pérez construye un esqueleto literario que se sitúa deliberadamente en la frontera entre el ensayo poético, la investigación interdisciplinar y la escritura experimental. El libro (rico en datos, atravesado por un prólogo de la propia autora y sostenido por una voz que rehúye la puntuación convencional), se despliega como una partitura verbal: rítmica, sin comas, con la cadencia de un piano que rehace el lenguaje como si lo golpeara con precisión científica y sensibilidad artística a la vez. La mano es aquí protagonista absoluta. No como motivo, sino como territorio. Hurtado Pérez la explora desde la antropología, la biología, la historia y lo social, hasta convertirla en un símbolo totalitaria: herramienta de conocimiento, extensión del pensamiento, archivo de la evolución humana. En su propuesta, la mano no solo hace el mundo; lo interpreta, lo hiere, lo domestica. Es caricia o castigo, pa...

La playa

En la esquina del abismo  de mi cama  el Minotauro se sienta, incapaz del derrumbe. Yo siento, con todas mis ramas  de matorral malherido,  esta eternidad de isla. La ola que mece la palabra "llaüt", el espejo sol en las mejillas  en una tarde de estío. Transitan en mi memoria  los galgos de la mañana  en un vírico carrusel. Yo te prometo, hubiera preferido  que mis ojos fuesen de perdiz amorosa  pero el cuchillo tiene complicada la misión  hacia la ternura. No deseo hacer daño. Por eso en mi agonía  me convierto en una palmera boreal  que sostiene los brazos  de la existencia. No deseo hacerte daño. Me gusta atropellar trenes. Ver los patos en los estanques, libres y lustrosos, antes que en un plato de loza. Como con las manos. Río hasta que la campanilla  toca ceremonias... Viajo a las profundidades  con la misma facilidad que un submarino. Pero yo musico mi latido, cronificación del trauma, a pesar de los fárm...

Reseña "Inmerecidas ruinas"

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La relación con Linares no es un simple dato biográfico en el caso de Anna Isabel Camacho: es también una forma de entender la raíz, la memoria y el lenguaje. Que autora y reseñadora compartan cierto vínculo con la ciudad jiennense añade una capa íntima a la lectura de “Inmerecidas ruinas”, publicado por RIL Editores, un libro que se erige como un verdadero alegato sobre el cuidado y la simbiosis. La introducción, sostenida sobre cuatro textos de Jesús Aguado, ya anticipa el territorio emocional y matérico que atraviesa la obra. Anna Isabel Camacho estructura aquí un lenguaje deconstruido, desprovisto de artificio superfluo, donde prevalece la emoción sobre la forma. El libro nos traslada a un tránsito de palabras, acciones verbales y espacios; un recorrido donde cada poema parece dialogar con aquello que ha sido desgastado, olvidado o erosionado por el tiempo. Tal vez “Inmerecidas ruinas” sea la imagen onírica de toda aquella materia que ha sido desprovista de esencia, superficie o to...