El descenso a los infiernos
Odio tomar este medicamento: la nulidad de la vida, el año que nunca existe. A veces el desánimo se apodera de mi entidad y me convierto en una masa sobre una plataforma. El alga que el arrastre del mal transporta hacia las aperturas del puerto. Odio esta supeditación enferma y el apoderamiento de mi ser frente a la abstinencia. Odio este maldecido temblor, las neuras que la dolencia provoca. Esta cabeza cascabel. Estas manos de tintineos. Odio. No. Me odio a mi misma por no haber sido lo suficientemente fuerte y ceder ante el agravio, el bochorno, el desprecio reiterado de lo que se supone debía protegerme. A tal extremo de hastío que me incapacitaron y me robaron lo que más amaba. El odio no sirve de nada, poesía, solo acusa los efectos secundarios, empeora los síntomas, el odio es un valor corrupto. Debo aceptar mi proclive. En esta soledad. De neurología enferma donde la omnipresencia de mi cue...