La calle tristeza
En ocasiones, un gato se apoltrona en mi pecho: una tristeza felina que ronronea de un modo desafiante. Hago esfuerzos para calmar su ansia con libros y tisanas de cortezas, pero él se arremolina entre mis costillas y mueve su cola con latigazos directos a los bronquios. He recorrido Úbeda con él amarrado a mi tórax igual que un primate se aferra a un árbol. Lo he increpado en varias ocasiones, pues no soportaba sus uñas calcáreas enrredadas al caos de mi corazón. Le doy trozos de palabras y digiere los más bellos paisajes del planeta. Pero ruge a su hora como una bestia maldita, remueve esta paz en bolas de pelo negro ajeno al tamaño que ocupa.