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Sobresalto

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A las tres de la mañana han tocado a la puerta. Me he sobresaltado y, por unos instantes, he permanecido inmóvil, como si fuese a timar el tiempo en su odisea. Ya no he podido dormir. Llevo encerrada una vida: siete años en el Tíbet, y durante este confinamiento no he dejado de sobrescribir la historia de los adverbios. He cocinado para una familia de soldados. He plantado los esquejes que oculté en la maleta: plantas resilientes que arrancó, de cuajo, la poderosa mano de mi madre. He leído un manuscrito que me fue entregado como un vástago con los ojos de una corona. He perdonado la vida a las arañas. Libros, galletas de fresa y café. Hoy, Gloria Fuertes, en su aniversario, bendice la poesía de todos los que habitamos en el fondo de la arena. Somos lenguados de literatura: dementes, zombis, taras de fábrica. He recibido muchos mensajes. Demasiados para mi vanidad, que reside con vistas al muro. No poder abrir las ventanas te ahoga en una cámara de gas, mientras las flotas aéreas sobre...

Dante life

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La noche podía abrirse con un delicado bisturí; era una nebulosa compacta. La resurrección del olor de la chimenea, que, atascada, había llenado la estancia de un humo corrupto, volvió a viajar en el tiempo. Los nidos de los pájaros obstruyen la salida y nos hemos olvidado de mantener en condiciones aquello que, en lugar de dar lumbre, te asfixia. Mis ojos contemplaban aquella maldita neblina de King que iba apoderándose de las ranuras; obscena, como un preludio de muerte, se filtraba, gaseosa, por doquier. Entonces sentiste en el pecho la patada cruel de quien ha sobrevivido a una guerra bajo las manos de un carcelero. Los aviones son avispas con vientres acuíferos en una contienda que lo ha quemado todo: los recuerdos, el oxígeno, hasta las ganas de vivir. En tu mente descubriste que aquella casa ya no era la mía y que habías aprendido a amar el cuerpo de otra patria. El ahogo. La antorcha visceral de la impotencia. Un mundo sobre una pira y solo un puñado de arena para apagar el inf...

La sonrisa de un millón de dólares

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Impertérrita en tu pose, cuesta bastante adivinar tus pensamientos. Aunque intuyo que el hartazgo se refleja en tu mirada, muda vas lanzando un reguero de maldiciones. ¿Por qué no te dejan descansar en paz? Ocultan, con un paño de seda, el desnudo mundano que significa estar expuesta como una vitrina en el barrio rojo. La gente, presa del delirio, se agolpa inútilmente, como quien desea besar el relicario de un torero. Una soledad pictórica entre bastidores irradia una serenidad trastocada: su amargura suicida, colgada de un clavo. La tristeza, erosión de gatos; los trémulos móviles cacarean el absurdo de encontrarnos ante un postín sin esperanza.

La sala de los espejos

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 ¿Te ha ocurrido alguna vez que es el espacio el que te observa y te evalúa? Cada tabique y cada rincón te analizan hasta provocarte un levítico escalofrío, mientras tus ojos son dos gotas de lluvia.

Nocturnidad estelar

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De repente, te quedas sin batería en el móvil.  Y emprendes un ejercicio titánico para retener cada lienzo, cada trazo y cada textura en tu mirada hereje. «La noche estrellada» de Van Gogh fue regresar a un momento de mi vida: un recuerdo amarrado a una bahía mediterránea con un millón de estelas.

Cuello de cisne

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París es una ciudad mayúscula, con avenidas tan anchas que, más que barrios, parecen poblaciones. Observar de cerca la Torre Eiffel, con su cuello palmípedo regentando el cielo, te enseña lo pequeño que es el ser humano. Es un ejercicio de humildad que me devuelve a un verso de Emily Dickinson:  «Ignoramos nuestra verdadera estatura hasta que nos ponemos en pie».

En canal

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Bajo esta cúpula nunca llueve. Los jardines más selectos moran en frascos de distintos colores. El maquillaje de los rostros representa un frenesí desaforado. ¿Qué labios ostentarán el regio tono burdeos? ¿Qué manos sostendrán el bolso más codiciado de las revistas de moda? Nada vale, ni un mísero euro, sin la esperanza parisina del amor.