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Púas

La felicidad en tu rostro  llega sin previo aviso. Cuando la alegría se asoma libélula, la sorpresa acude con sus mejores galas y evoca como un vapor rosáceo  aquella vida en que tú y yo fuimos agua y fuego. Los geranios se ríen a carcajadas, y los patios lucen sus losas   con el ardor del sol. No pesa el olvido  y abrazo al hombre que fuiste  y que, de vez en cuando, decide regresar. Ese instante de cascabeles  que ronronean en su metal  canciones de festejos. Tú, en tu corporal, en tu azalea, en el zumbido de los insectos sobre las flores de los cactus. Pero yo no me engaño  porque regresará el torrente  de barrizal y caña. Tu rostro  será el hombre que me dejó en mitad  de una acera. Y cobijaré a la tristeza de lo que  florece para marchitarse con la noche. Volverá tu piel distinta. El gesto árido de los que extravían  la ensoñación.  Y sé que mañana te habrás marchado. Y tu cuerpo me negará tres veces.

Relámpagos

En verano, acontecen las tormentas eléctricas, un relámpago que, de repente, en su vértice  concede la pausa  antes de la radiación. Estío de pulmones secos, de pieles conteniendo cauces  en la danza recóndita  de la lluvia de la nostalgia. Todo resta mudo. Nada suma al hedor del cemento. De la ropa en guirnalda  con su ausencia total de brazos, de rodillas, de barrigas y espadas. La atmósfera  que establece el azar de los pararrayos. Con su quietud a merced de Poniente  aguardando el impacto  de un trueno amoroso. Yo te contaría un secreto. Pero estoy segura de que para bien o para mal, como el astro que se eclipsará en agosto, los cirros predicen las inclemencias  y tú, de mi lluvia,  ya sabes sus derrotas y victorias: un campanario sin cigüeñas.

Pez plateado

La canícula alardea su hervor  entre los pliegues. Exhaustiva licencia, la del estío, que cubre de fatiga  el ritmo de los transeúntes. Las hojas inmóviles,  en su pose hierática,  se convierten en estatua de una fotografía. Y aquí, poeta sudorípara, letargo la lucha diaria  del desierto que copa mis pasillos. Escribo un poema maltrecho  en un libro. Sorbo acacia del vaso,  el agua con limón  como una absenta que me protege de la sed. Pero no logra colmar este abismo  de asfalto crujiente  capaz de desintegrar, a las tres de la tarde, cualquier pensamiento  de escarcha. En este sopor de ascuas,  entre un vacío tan gigante  que el infierno ha abierto su candado para encandilar, desde su incandescencia, las almas de la sequía. Cae un rayo y fulmina la flor. Cierro la boca para no pronunciar el nombre, mientras miro a los pájaros  que vuelan hacia otras latitudes, donde los lagos exponen su salinidad  y las zancudas...

Consumición

Las montañas arden mientras los artefactos sobrevuelan  esta cerilla. Llamas, llamas y llamas. ¿Qué cobijo guarece la furia? Mientras circulo con mi coche cada rotonda,  el nudo de corbata de mi lengua  reduce a cenizas la palabra. Sí, porque una simple palabra  es capaz de desencadenar una catástrofe. Encender las cortinas  y, en una hoguera, devorar el oxígeno  de la garganta.  Fuego entre la anatomía del abecedario,  una combustión para que la antorcha,  que se apropie de los espacios de un texto, sea una ráfaga sagrada al dios Vulcano. Verbos capaces de arder como Roma. De consumir la paz  de los muros de madera. La oda de los pirómanos:  árboles naranjas  alzando sus tentáculos  hacia las nubes. Y quemarse por dentro  como un sol malherido. Ll.Ll.

Reseña «Birding» de Lourdes Vicente Bertolín

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Birding , de Lourdes Vicente Bertolín Prólogo de Antonio Méndez Rubio.  Huerga & Fierro Editores Con Birding , Lourdes Vicente Bertolín consolida una de las líneas de fuerza que atraviesan su trayectoria poética: la exploración de la identidad a través de los vínculos afectivos y la naturaleza concebida como espacio de revelación. Si en su anterior poemario La intemperie : la imagen de los hilos articulaba una poética de la conexión — hilos que podían leerse como raíces, vínculo y permanencia—, en esta nueva entrega el ave ocupa el centro simbólico de una obra que despliega un vasto repertorio de resonancias espirituales, sociales y genealógicas. La genealogía, en particular la femenina, reaparece como una constante en la escritura de Bertolín. La figura materna emerge entre los pliegues del texto como presencia fundacional, origen de una memoria que se transmite entre generaciones y que encuentra en la palabra poética una forma de permanencia frente a la desaparición física d...

Combustión

Tal vez, lejos de las hogueras  de las vanidades,  mi refugio sea el campaniforme sonido, el lomo verde de esta horizontalidad. Exigimos tanta efervescencia  a la luz solar de la noche  que aquí, en esta piedra, bien pudiera ser  una lar para el sacrificio. Los tronos pétreos en el océano  ahogan a cualquiera que vaya de estrella. Los calamares se revuelven. Las medusas no disponen  de la cronología del oleaje. Qué poco tiempo para el fuego, que con su crepitar consume  la lealtad entre leños y astillas. Tal vez, lejos del mar, una encuentre los barcos  que oculten las intenciones, por muchas puestas en escena: el fuego es el fuego  y se necesitan muchos grados  para fundir el hierro y la verdad.

Corredurías

En este árbol de olivas  haya más huesos que pulpa, el sortilegio de lo luminoso  que traspasa el mutismo de los encajes. Recuerdo a mi abuela frente a su ventana, observando el mundo, el ruido de las azoteas bajo los pilares de sus pies inanimados. Ella no podía caminar. La deformidad se había instalado  en protuberancias de poemas  y observaba, desde su trono de invalidez, la hecatombe de la vida. Yo era su sombra, y aprendí con ella,  la primera lección técnica  de escribir poesía: el silencio. Estar con los ojos vertidos  al exterior para ver cómo corretean los aceitunos detrás de un visillo viejo,  que guardo como una joya,  con la distancia de sus piernas  en mi memoria.  Mullidas y hermosas,  como amamos a los seres que nos importan. Ll.Ll.