sábado, 18 de enero de 2020

El palacio de cristal

Recuerdo una tarde gloriosa de toros
donde el poeta alabó hasta quedarse sin uñas
una obra clásica que perdurará
en un mundo que los árboles son violonchelos.
La verdad, supuraba de belleza cada estigma
y la comparsa que sostenía a la soledad física era una cuadrilla
de hojas.
De aquel acto de músicos
orquestando en medio del naufragio.
Rosas abiertas entre mi sexo
para sentir la vergüenza ajena
del que torea un gato y aplauden desde la grada:
la hipocresía, el prestidigitador y el alambique.
Salí a la calle, a lonchas como un fiambre envasado al vacío.
Precisaba sal, aire,
un trozo de servilleta para escupir aquel chicle.
Y pensé, dentro de mi gravitatoria pecera,
que yo busco entre los escombros
una hermosura que es la  de estar vivo.
La real.
La que se pudre.
la que se siente a pesar del cloroformo.
Quiero lamer la gota de sudor del camarero oriental
en mis versos de nadie,
que el cuponero de la O.N.C.E. se acomode con sus miembros.
La suciedad de las esquinas,
de las palomas deformes,
de la chica que pide en la puerta del súper,
de una idiosincrasia de óxido
en un mundo de carne y hueso.
Como la herida que sangra hasta quedarse ciega.



'El kimono rojo', una de las versiones sobre el mismo tema del pintor holandés George Hendrik Breitner
'El kimono rojo', del pintor holandés G. Hendrik Breitner.


( La modelo Geesje Kwak, una costurera aniñada y frágil que posó entre los 16 y los 18 años para el pintor y murió a los 22 de tuberculosis)

Cola de caballo

Los muebles reposaban en el lugar exacto del ayer
pero los enseres habían cambiado lo suficiente
para que los ojos no caminaran a la alcoba.
Tal vez en los viajes
muta algún fusible y simplemente en nuestra propia voz
existe un pájaro que muda las alas
y cada agravio es solventado
igual que fueron las caricias y el jadeo, un sello sin retorno.
Uno o luna, puede ascender los más remotos enclaves,
atravesar pasarelas en tránsito
y no dejar caer ni una lágrima de mercurio.
Ver escenografía de pavos
y el cielo, con un bisturí sajado, anidar nubes.
Pienso en lo mucho que he recorrido
sin mover ni un peldaño de mi escalera.
Donde giré la piel para el consentimiento del tulipán
y quién erró por las curvas de los mapas sanguíneos,
hierro de luz,
acuífero de rana,
semilla del amor más lujurioso que los americanos hayan inventado,
fue un héroe observando un acuario
porque en casa me convertí con piernas.Y aprendí a vivir sin tu cáliz.

Aunque el alma esté envuelta de toallitas
deshechables.






Cuadro "Ib and Her Husband" de Lucian Freud, 1992.


jueves, 16 de enero de 2020

Deliberada constelación

Cuando escribo de la belleza me enojo con el manifiesto
de las cortezas "cocodrilicias" del sentir
que emerge chorro, de la cantimplora del alma
como en una carrera de "panty"
porque anhelo poetizar la belleza del cemento.
La de los ojos de la gente que con la primera niebla
reparte folletos en los buzones.
Los que asidos a sus carros golpean su rodilla en el socavón
del callejero.
Los urbanos que despliegan las mangueras
disipando el hedor del orín de los festejos noctámbulos.
Esa, es la única belleza que importa. Tal vez,
la que parca se valora porque, también, tiene el verso
de la tetraplejia , el éxtasis.
E intento con mal fruto que la avenida sea
de los expulsados del paraíso por los azotes
de quien aparca la palabra entre su ruta.

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La butaca del tren tiene un hilo azul

El hilo de la butaca tilila
un ejercicio acrobático
y abandera el cabello de su tapiz.
La calefacción lo doma a su antojo
igual que el tiempo con las personas
que pensamos en la libertad del individuo y cosidos estamos
hasta el tuétano a la vanidad y los desodorantes.

domingo, 12 de enero de 2020

Silencio pájaro

Los vecinos vaciaron
el casillero del poema...

Cuando regresé del viaje los vecinos 
habían tapiado todas las cavidades
de su fachada
con un esperma gris de progreso
cimentando la vida que
albergaban sus tumores.
El pájaro que acompañaba el despertar 
no disponía de su nido
y vete tú a saber por dónde moraba 
ahora su escandalera. 
A mí,  no me disgustaba, 
era como un árbol plantado en medio de una central nuclear. 
Alegraba desde el metal del terrado
el cacho de cielo
que desde la ventana podía volar por los aires.
Un muro cerrado.
Y la ausencia.
Con la marcha de la existencia animal.
Cambiada por el inexorable ruido de la nevera, los generadores y las alcantarillas.
El mirlo, iluminado.
Que parecía un pirata sobre proa
y me recordaba los bosques de coníferas 
de mi tierra
muda
por los vecinos inquisidores de la libertad 
y su mancha vomitiva
contra el arte.


Horus

Los abrigos sin capucha son tristes
pues parecen decapitados
con la incapacidad de cobijar el pensamiento.
Luego perdemos la caperuza que perteneció
a un cuerpo de tela rojo, semejanza de la mano cuchara,
que pide la limosna del frío o de la lluvia.

Suelo taparme la cabeza,
con la extraña manía del ente,
que cobija la corona en una pose de embrión.
Por eso a pesar de que en Mayo todo el mundo
ha pintado sus cobertizos;
resisto a quitar el apéndice
que como la boca del pez hambrienta
se queda en una flor de sequía.
Los abrigos cuentan  historias
con sus intrigas de bolsillos y cremalleras.
Y sus extremidades,
haciendo la parodia de un monje
pueden ocultar las nubes.

Hay abrigos que han sido el calor humano
que huyó de la ciudad esteparia.  Un sopor necesario
con el cuello roto de una familia separada.


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sábado, 4 de enero de 2020

Papel rosa

Había en la estancia
un papel que adornaba las paredes
con una textura de grano que olía a pan.
La decoración compuesta por flamencos
en el espacio como violines horizontes
recordaba el ocaso de niños
en charcas. Supongo que todas las salas
de espera visten entre lo ceremonial
y lo salvaje. Para que el ojo se acomode
y el corazón de gelatina cuaje el tiempo
sin la arritmia de los trenes. Porque dudo que
solamente exista lo que podemos retratar.
O bulle algo más ético en la sabana
con el artificio de los besos y el sismo
del síndrome de piernas inquietas,
en la sucesión consulta de nombres.
Campañas de uva y la imagen
de lo transmisible para ser consciente
de que la Navidad es un pretexto.
Con turrón en agosto y odio macerado
en pulseras. Pronto saldré de este habitáculo
con la piel quemada
pero sin la obligación de ser un ave
de papel pintado
que por muchas alas de acicalamiento
volar no implican, ni querer subyacen
en un mundo de metros bajo los pies.
Una casa sin huésped.