jueves, 22 de febrero de 2018

Ese maldito olor del incienso.

Él jamás sintió lo que podía
cobijar dentro del páncreas.

E inexperta quise amar a un gato.
Qué cuando se siente atrapado, huye.

II

Cuando he leído en tus ojos
los parajes más bellos de la tierra,
los cielos, el karma, los trenes veloces,
la comida copiosa, las noches místicas,
el gozo, el temblor, el aplauso, la herida.

He visto dentro de tu pupila
tus interminables viajes de profeta.
Moribunda tu cuerpo
me devolvía a la vida, pero, es
tan complicado levantar la losa
en qué decidí encerrarme.

Que a pesar de tu belleza indescriptible.
El sonido amante y un temblor
que desconcertaba el pensamiento.
No me sumergí en un mar de amapolas.
Ya no confío en ti.
Tu silencio fue cruel y despiadado.
Los cuerpos desnudos.
Y el alma bajo llave.

A corazón abierto

Te amé con la sinceridad de los pájaros.
Te amé con los cerezos rotos.
Te amé.
Nunca había sentido esa sensación
de artilugios que rondaban
a las arterias.
No supe amarte.
Y tú en la despensa las provisiones amatorias, hacían acopio de excesos.

Te fuiste.
Y me quedé vacía.
Nunca antes había sido mujer
siempre la hermana de su propio marido.

Me quedé hueca como una peonza,
con las articulaciones en revólver.
Y la pesadumbre en un poso
que con el tiempo se convertiría
en una mancha de té.

Fui despojada del recuerdo.
Y la caricia fraternal hizo ecos
dentro de un vacío existencialista.

Morí a través del duelo.
Y asumí que jamás regresarías.
Convertida en un campanario bajo el pantano que para recobrar lo que en un ayer fui tiene un alto precio.

Me he transformado en un zombie
que sólo siente a traves del poema

Y el día que dejé de ocurrir
ya nada ni nadie podrá auxilarme
de la pena de una marea
sin música.

Confusión

I

Y una sola gota de poesía
la resucitó de entre los muertos.

II

Quién está en la disponibilidad de pecar
si la única condición no acude
a la hora disculpa.

Si he caído cómo árbol destronado,
una presa fácil
con los puñales en remojo,
con la incrustación entre las grietas de
madera, sándalo y caliza.

Defecada por los pájaros.
Ruina de roedores.
Líquen, moho, seta venérea
sobre el madero
que ha aprisionado
a esta branquia de fruto sin latido.

Si la lava fue despojada
y la distancia
ha convertido en una piedra.

Tu olor sigue intacto.
Y es una ponzoña.

Melóncolia

La tristeza hospitalaria
en las fachadas de almíbar seco;
de pasillos anómalos
con transeúntes con el rostro encerado.

La tristeza colgada de una percha,
con sábanas, tejidas por las palabras
que atraviesan
los corazones de las mujeres de mascarillas
y guantes azules.

La tristeza de máquinas expendedoras,
ángulos muertos en su medianía.
De rasantes en los ojos de los que cruzamos
los corredores como alfileres de hojalata.

En el ascensor de las puertas autonómicas
que te llevan al laberinto
de los almendros, que florecen sólo
en postales de cartón.

La tristeza fría de la palangana,
o el catéter anudado a las venas.
De cigarrillos frente a la ducha.
De televisores que funcionan
con perras y platos aceitosos
en menús de congelación.

La tristeza. Y la ecuación de que antes
del amor va la salud.
Como comadrejas en rincones
de esdrújulas de medicamentos.

La tristeza que duerme en una cama.
O finge.

De fachadas de almíbar seco.
Y poco más.

martes, 20 de febrero de 2018

El idioma de los pájaros

La extrañeza del pájaro
que previo al alba trina
con el sigilo gato de entre.

Ramas de chopo, mutación árbol de ciudad,
que parco de frutos
enjaula al canto matutino.

Llevo una ristra de horas insomnes
que van sumando cuentas
hasta lograr la decrepitud del ojo.

Ojo oído del pájaro.
Qué en la noche adolece.
A la ciudad que se ensaña con los sueños.
El coche que traga su propio humo
en la fragata isleña
en que escucho el resquebrajar de la gota,
del ramillete, de la pluma
osada y pizpireta.
Pájaros de voces distintas.
Igual que el idioma filandés, a través
de las cámaras.
Me hablan, estallido de lo intangible.
Les escucho.
En un vespertino hacer que no ha conocido sueño.

Qué especie será.
Que acunan en el cerro de espuela.

Y ronronea con su pico. El infierno frente
a la burbuja. La pasión canta. Disponible para pecar.

LlLl.

domingo, 18 de febrero de 2018

Sabotaje

Me pregunto si un maniático
es feliz junto a mi vera,
y si perpetuamente
en tensión está.

Le molesta que coloque la silla
despegada de la pared.
Y que algún pañuelo
se haya precipitado contra el suelo.

Le molesta toda yo.
Y ya no sé que hacer con los malabares.
Ni con mi nariz de payaso.
Ni la corbata de fieltro.

Me siento pequeña mota de jardín
estúpido.
He aguardado innecesaria
un abrazo espontáneo.
Un te quiero, un gracias.
Un beso furtivo.
Pero nada, sólo soy una sirvienta
coreana.
Un perro esperando su croqueta.
Un payaso sin circo.
Porteadora de recados.
Y muda no ha llovido ni un cariño.
Y en la pantomima
me quedo quieta
en medio de una calle clorada.

Sólo le he visto sonreír
cuando ha mirado el móvil
y no sabía que yo estaba
al borde del precipicio.

Esperando su respuesta.
Y toda llena de recortes
porque su severidad es insostenible.

Despierta, te toma el pelo.

Señora

Flaco,
cuando lo sostengo sus huesos
me saludan descarados.
Y su corazón no me pertenece.
Le gusta el orden.
Que las reglas no se quebranten.
Me ha reñido porque pongo los pies en la silla. Y aunque reconozco
que estoy aquí porque quiero,
cumplo cada una de sus peticiones.

Ayer noche, la madeja a casquillos.
Y la nostalgia me cosió a besos.
Me pidió que le llevara cuatro libros.
Cuatro, en concreto.
Parecía un réquiem
y yo un notario de barrio bajo.
El lobo estepario.
La náusea.
El pájaro pintado.
Y el último de la trilogía de Sabato.

Los busqué en su librería.
Entre cartas de su antigua novia.
En esa vivienda moramos
muchas mujeres.
Ella, era o es, poeta presunta.
Y nos parecemos físicamente.
Ella quería ser la señora de.
Yo soy una proscrita.
Y nunca he sabido lo que anhelo.

Le he traído las novelas.
Me siento a su lado.
Mientras me explica que en el jardín
que divisamos desde el ventanal
observa urracas y palomos fugaces
en busca de sustento.
Pero, que el patio, de fogosidad verde,
pertenece a una pareja de mirlos.

Territoriales y de hace ya tiempo.

El amor de las especies.
De los pájaros.
Una poeta pésima.
Y él que escribe mejor que ella
por el lacrimógeno escrito.

Él fustrado no exibe su creación.
No habrá hijos,
ni casamiento.
Ni iremos nunca a vivir juntos.