domingo, 11 de noviembre de 2018

Monolidades

Tener los brazos más largos que las piernas. Así se supone que el corazón de carne ostenta
en la idiosincrasia amatoria.
Hay que anudar al máximo con los extremos, y andar lo suficiente
para no alejarnos de la hoguera.

Un orangután es nuestro corazón,
de ojos prominentes y mandíbula
abierta a la lluvia, al festejo,
como una canaleta que recoge en
las estaciones ferroviarias. Los avisos
del zoo, que implica el mazo del
devenir de nuestra monacal manera de latir.

Monólogo, monolito, mono y mano.

Un primate colgado de su rama, hoja de parra,
bola de árbol navideño.
Colgajo, pendiente de la oreja.

Tan fácil de ser rasgado, de pillarse con las puertas automáticas. De ahogar.
De amar demasiado. Y correr escaso.

Qué extraña esta anarquía
de nacer con la medida descompensada
de poder retener con la memoria
café, besos y llagas.

Y nunca poder llegar al último libro del estante.
Porque eres menuda. Y en tus brazos de monita caben montañas.

sábado, 10 de noviembre de 2018

Cheque

Tú, de la mano a la espalda, como un tren recorriendo las vértebras.
Entregado al musgo,
a la tragedia del tirano sin cátedra.
Estás a mi vera, cacho de ángel,
hombre elefante de corazón malva.

Hombre del amparo.
De la cruz en el ruego, y de la calma sin blíster.
Cuando me cuidas igual que el rocío
sobre el azulejo. Y coges mi pena
y la vistes de encaje.

Mi hombre ratón, que con sus ojos
mora los agujeros de la tapia
que sostiene mi casa.
El hombre puerta. El hombre ventana.
El romero en el lavabo.
Riel de todas las causas pendientes.
Porque el amor no es la mejor pose
de Playboy, ni los asaltos al vagón trece.
Ni el torso depilado.
Ni la cena de conchas vacías.
Es que estés cerca en mi desventura,
y cures la herida con lengua de gasa. Es tenerte cerca con la anestesia nublando aún mi mente.
Y hallar tus trozos para asir
la incertidumbre.
No necesito un héroe.
Tú, de la mano a la espalda.
Recorriendo mi fe, el aullido de la salvación.
Eso es amor y lo demás pornografía
de canales de pago.

jueves, 8 de noviembre de 2018

Baja de la moto Ricky

No me hagas elegir del bosque
a un pájaro.
Ni blandir el corazón para causar
herida.
Si mi cuerpo cicatriza con la noche
la noche a trizas con el alba.
Agravio, los justos, cómo la verdad
en estandartes colgados de farolas,
de balcones dentudos,
de los cobardes que se esconden
detrás de la pasividad inmóvil
de un letrero urbano a las afueras.
Del bosque, un trino,
la hoja más perfecta,
la línea del árbol. El caer alado de las sombras.
Tú, en tu despiece, has hecho zanjas
al tablero.
Y has huido con la sirena coja
de un remolque con su circo.
La rareza de la acción provoca risa.
En el bosque relleno de pájaros
en sus cálices verdes.
El daño gratuito.
El pavo o la oca.
Pero, no olvides, que para reptar
uno aprende a volar con la nariz
pegada al suelo.
No te equivoques, la elección de hace tiempo
estaba echada.
Sobre un matojo.
De más de mil pájaros estrellas.
Caer y reirse del golpe.

viernes, 2 de noviembre de 2018

El pez fuera del agua

Has visto alguna vez
como un pez muere por su boca
con el vaivén de sus branquias
y el ojo clavo sin mar.

Así siente el sexo tu partida
de hipocampo atravesando mi tálamo,
la corteza,
el seto coral, la esponja de sal y vinagre.
El recuerdo de los valles verdes
y la inutilidad de la vida.
Jugada a tragos en una partida de póker.
El pez nauseabundo
de esta infelicidad poética
con el alga de tu boca dando aire
a esta melodía de reloj de cuerda.

Cuerpo a cuerpo en la batalla,
acariciando las rosas de tu tez,
pensando que tal vez nuestro error
es el silencio.
Para hablar de entregas a domicilio.
Y bebernos las palabras.
De galgos sin dueño en eclipses de sofá.
Este delicioso olor a brea.
La fornicación más absoluta
en el jardín.
Del ánima reencarnación del pez
que muere por su boca.
Y yo ya más pasos no doy.
Y muero por tu boca.
Más pasos y menos "espezranas".
En devorarnos.
En suplicarnos.
Enteros y a escamas.
De la profundidad ahogada.
Despertar en países distintos.
Y oler las manos que aún guardan
la plenitud de tu quejido.
A ver quién primero salta de los dos del agua.

sábado, 27 de octubre de 2018

Taller de escritura


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Viernes negro

Es en el quinto día que mi madre
cae de su baranda,
se vuelve arruga, oruga, caparazón de piel.
E irremediablemente
sus torres caen con ella.

Mi madre se sorprende que camine
en la telaraña por una buena causa,
cuando soy yo, la anonadada mema.
Que ve desde la lejana luz
cómo lucha desde su bosque
de arrecife, suero y corticoides.

Se desploma al quinto día
con la resurrección de las estrellas.
Temblor de boca sin dentadura.
Lloro de sinfonía.
Azúcar discográfico.
Cabeza de recién nacida.
Baja a los infiernos.
Y ángel regresa.

Que dolor el poema de llaga..
Que dureza la hermosura
MADRE de verte chica en tu universo.
Y cómo sigo aprendiendo de ti.

El arte de la guerra.

Esas horribles noches del caos.

Qué hacer con estos huesos rotos
si no existe cola de recuperar su tiempo.

Fotograma de la pornografía del ser.
El abrazo de la abuela.
El café recién hecho de mi madre.
O cada uno de los ejes de mis hijos
naciendo de la espuma hembra.

Quisiera coser cada don en una colcha.
Y dormir con ellos bajo el fuego
que atormenta la bombilla
de esta sala oculta.

Será por eso que me abrazo
a la noche, con lesión ósea
capaz de derrocar a un ejército.

Bordar la inocencia.
Y sacrificar aquella nube que se asemeja
a un carnero rojo.
Me quedo quieta
en la dolencia.
Y busco dentro de la boca
sus sonrisas.
De aquellos esqueletos
que aún creían en dios.