martes, 5 de noviembre de 2019

Sumario

Enfermé este verano
y la cortisona volvió a convertirse
en una ama de llaves
que permitía abrir los pulmones
a un jardín de geranios.
Luego el dragón
me echó de su cueva
y no hay madrugada que en sueños
no llore que una madre
te despoje de su vientre.
Sé que los trenes
al atravesar las vías
mutilan pequeños insectos.
Qué hay pájaros
que olvidaron sus alas
y viven descuartizados
en cámaras frigoríficas.
Cualquier acto
implica una catástrofe
y debo extrapolar este clavo
que sostiene mi pena.
Para expulsar esta tos muda
y crecer en las afueras
de un vertedero de palabras.
Grito cada día con cada poema
y me gusta dormir con dos pijamas
para constituir este frío
y tener la sensación de que la cárcel
planta sus paredes en cualquier esquina
de mi cabeza de chorlito.
Me avergüenzan los piropos
porque retruenan en el espejo
las afirmaciones necrosis de que yo
no era digna de nada ni de nadie.
Por las mañanas me quito un pijama
y aparece otro. Parezco una oruga
mudando la piel de noche.
Y sonrío al boscaje.
La foto de mi descendencia.
Y el café espera nato la muerta
que te ha contado lo que ha hecho
mientras tú no estabas.

Revival

Quién no tuvo de pequeño un pijama rojo con ribete azul, que llevaba un carácter bordado.
Y era un kimono de poliéster, para el sueño.
Quién no se detenía veinte segundos,
veinte parpadeos, veinte suspiros,
a mirar la manilla de la puerta
que parecía que se abría a todos los espíritus.
La primera hamburguesa procesada.
Y las pupas con mercromina.
Y el cassette de los Hombres G con su jersey
amarillo y un Ford Fiesta.
De colores conformamos los recuerdos.
Hacemos punto de su estrategia.
Y nos hace sentir que el otoño teje
con madeja de envoltorio de Bimbo.
Me acordé de sus nudos en la hebra.
Y me hizo gracia que ese pijama
pasó a la historia de los que luchamos
siempre desde la inocencia
de la capacidad,
de la empatía,
de la loción antipiojos y el olor a Nenuco
con veinte años, veinte suspiros,
veinte parpadeos, veinte y no más.
Y el miedo en el pasillo
y que siga lloviendo sin nosotros.

sábado, 2 de noviembre de 2019

Reclusión

Una cortina con estampados
cubre este ventanal
de los ojos edificios.
Aislamiento de la mirada
cuarzos de gente
lanzada en sus divanes
y el viento que trajeado
levanta la hojarasca artificial
de la prensa.
Este secreto a espaldas de la voz
en un sofá de gente
y la compañía de un televisor
de agua.
Con la piel de pijama y el cabello
sin manos
entre la división de un libro
y una carretera.
Por eso ante los avatares
y el sarampión de la pena
la ninfa se recluye
con la decisión aparcada
tras los cristales sin que nadie
lo se pa y estambre.
Flor de noche
escritorio de poesía de nevera.




El estanco de la poesía

He lanzado un cigarrillo sobre tu losa.
Sé que te gustará la idea.
Y no he sido la única persona
que en esta vigilia mestiza de miedos
ha escogido para honrar tu cuerpo nube
(la fugacidad es un cúmulo desvanecido en el cielo) tabaco junto a los candiles.
Camino al bosque santo puestos custodian,
ofreciendo cristales y cera, flores.
Como un preludio a los árboles de pájaros
y a un aroma capaz de erradicar
el olor putrefacto
de los inexistentes jarrones con agua.
Lanzar un cigarro puede ser una osadía para un neumólogo e incluso un chiste
al cáncer de pulmón que te arrebató
el fin y el principio.
Ayer me acordé de ti entre los que ya no están
pero siguen guiando los recuerdos.
Porque conozco vivos sin un hálito
y muertos que desde la memoria
te reconfortan en la psicosis.
Una madre puede adoptarse.
Una hija que respira ser un muerto.
Una taza de leche igual que un poema.
Por eso te he traído un cigarro
porque la felicidad mata y sé que aunque lo hayas dejado, fumas en un bar
delante de un cenicero rojo
guardada etérea en nuestra cabeza.

Ramillete

Preparé un ramillete
para depositar sobre el lecho azúcar
de mis muertos.
La música viraba y la vela con su envoltorio caramelo esperaba ansiosa la luz
en esa inutilidad de no amar lo tangible
y enaltecer a los ausentes.
Pero sabía que aunque cruzara muchas calles, un mar cortaba
la tierra donde yacen aquellos que de niña
fueron un alcázar, desaparecido
de arena. No podía tener más consuelo
que recordar la belleza cerrando los ojos
hasta que el temblor
atravesara como la radioterapia la atmósfera.
Y el camposanto tuviera la desfachatez
para honrar a mi árbol de variz;
de dejar crecer las malas hierbas
en un jardín de rosas.
Y ante la insolencia
una nube tuviera ganas de llover
a mares.

miércoles, 30 de octubre de 2019

Frío

El frío humano emula la peor borrasca que puede sobrevenir en un hogar. La indiferencia
a los pasteles. La alfombra limpia
en la entrada del portal. Que no te
visiten los sueños. Que la pecera
sea un estanque.
Sentirse solo.
Como un árbol sintético en el hall de una clínica.
El frío de la pausa.
Del desapego.
Hielo de sangre. Un corazón
con la válvula en distinta temperatura.
Tener frío, y no sentir tus manos.
Sosteniendo la lluvia
que entraña fluye dentro
de las viviendas vacías.
Dar luz, brasa, un poco de música
a este quebrantamiento.
De enchufe marañado.
De cuerpo enfermo
capaz de sobrevivir a la luna desplomándose.
Soy lo suficiente, en la comisura.
De una boca.
Tus ojos gélidos.
Tremenda estampa nevada.
Este frío que mata.
Y no quedan más vidas.
Te necesito más que nunca.
En esta ventisca o venda.

Meteorología

Recorres la mañana en el itinerario poético
de acabar en la misma calle.
Con el clima que se refleja
en los peatones, ataviados de pétalos textiles.
Esquimales de peluquería,
bañistas de tirante y sandalia
en una procesión petrolífera
de no admitir que la regla (escritura) no existe.
Para qué la manta.
Y esconder la piel en un poliester.
Si el corazón
tiembla dentro de la semilla tortuga.
Cruzada del asfalto
con el convencimiento
que la lluvia fosforescente
saluda la acera de señoras con impermeables
y niños con caras de naipe.
La Avenida Valencia
como la variz de un cuello
con el murmullo de la gente,
indistinta de prendas, llamas
de un poema que atraviesa agridulce
de los pies a la cabeza
sin tener un abrigo de familia.