lunes, 7 de enero de 2019

Las fuentes de Versalles

Hay mañanas que amanezco Bukowski.
Con una sobredosis
de zumos con azúcar
y la habitación impregnada
de olor a comida china.
Con la masculina tregua
de los puntos cardinales
y el pájaro azul.
Un pájaro azul que ha recibido
el impacto rojo de una gota
que ha cambiado su color a morada.
Qué curioso, morada significa casa.
Un castillo, un iglú, un carromato
pueden desempeñar dicha función.
Tal vez sea, este pájaro violeta,
una flor casa.
Y sea yo mi mejor chasis.
En una habitación de motel.
A 400 kilómetros de una hamburguesería.
Con un norte y con un sur.
Si éste o éste.
Azul roji-paloma.
Y en un vaso de tubo melocotón "free"
y olor a comida china.
El insomnio duerme conmigo.
Y en su pico no lleva ninguna carta.

Rayos X

Las ventanas en esta vivienda
no tienen cortinas.
Cualquier intruso
puede observar lo que en
mi mundo perdido existe.
Y no importa ni amedrenta.
Ser vista a contraluz
como un maniquí que se mueve robótico.
Ellos, con sus miradas. Sus retinas
fluorescentes, el iris telescopio.
Desconocen que puedo ver
a través de las paredes.
Oigo latir sus corazones.
El bombeo de su hebilla.
La cerradura o el eco sin lenguaje.
Me quedo impertérrita
como una columna adornando al marco.
Una estrella de urbe, sentada a la vera
del lisiado, de las ollas burbujeantes.
Desde mi sofá, expuesta
a la radiactividad de los flashes
con corsé del decir maltrecho
antes que del callar crisol.
En este ángulo, sintiendo los topos
para no ver la vergüenza ajena
del exilio. Descubro el edén
en la pornografía de lo que el mostrar
sabotea. Porque dentro paseo
junto a las arañas de siete patas.
Y un estanque.
Créeme, te estoy sintiendo.
Te estoy viendo.

Verte bailar en silencio

Entre la vértebra número siete y la ocho.
Existe un burdel
de palabras. Juntas en un espacio
tan pequeño
que sólo cabe un ratón o dos.
Un gato o tres.
Un perro o cuatro.
Granja dorsal, apeadero de almas
que viven en casa de acogida.
Por eso ando coja
cuando ladran o maúllan.
Y no ando ni coja, postrada como un mantel en una camilla cuando los roedores
hurgan dentro de la herida hermana.
Caben tantas cosas en un pinzamiento.
Comprimidas
a punto de levar anclas e izar velas.
Que encima, llevar la cuerda
que te ata al árbol, duele
como gotas de aceite en los ojos.
Esconder la pena,
aprisionarla en el primer hueco
disponible sin moho te inutiliza.

Será hora de abrir la ventana,
y ver el sol, y soltar los animales
del cautiverio.
Vivir con una verdad muda
igual que una niña miedosa
encerrada entre las vértebras siete y ocho.

Tristeza apañada con vodka

En el balcón un buitre, se ha posado. Y mira
de reojo la estampa.
De un cuerpo cubierto de felpa
y un corazón que por sus orejas huye.
Tal vez preferiría,
salones de café y brillos de vasos,
donde los novios
se atan los dedos y sienten globos en sus bocas
henchidas de lengua.
La soledad compartida con un buitre,
no es tan maligna.
Sólo espera a que se muera la palabra en un trance
para devorarla con ansia carnívora.
Un pájaro esperando al cadáver.
Un cadáver con vida
que cuenta cada una de sus plumas azules
cómo copos que caen de la noche desde los tejados.
Ser comida por los pájaros,
no debe ser tan penoso.
El amor decide a su manera la forma de morir.
Y yo lucho, ciega, y agotada.
Y le engaño dando de comer mis manos.
Pero, él es un "puto" carroñero.
Y aguarda, como un viejo en una parada de bus.
Que abra la puerta
que protege esta casa de vísceras.
Y vuelva a habitar sin niños la escuela.
En esta enfermedad inútil
de salvar lo que no quiere vivir.

Ll. Ll.

Agua de jarrón

Del agua turbia has bebido, rompiendo el papel
que en esta vida boba
los carteros dispusieron.
Tú escribirás el lenguaje
de las flores, del ruido de la tuerca.
Del dolor en retroceso de un organismo

Y serás como una avispa
que no detiene su canto.
Ese que para unos es un silbido,
y para otros, la partícula
de no cerrar el último la puerta.
Y tendrás alas de mosca
donde los ángeles no visitan,
y tu mirada parecerá un cristal aleta
capaz de cortar a la inocencia
en tiras de pentágrama para crear golpes,
con este origen,
de la risa por el llanto.
La oreja por el silencio.
La poesía por una hemorragia
que no puede evitar
su tic manifiesto, y morir
con el idioma de los que aprendieron
a leer al árbol antes que a huir
del fuego.

Fantasmilandia

Acaso se puede competir con un fantasma.
Con la sábana presa
y un reguero de flashes.
De tener, tenedor-goma-carné, ciudades
escondidas en las manos.
La palabra tirita con el ofrecimiento pústula del corte serrucho.
Que exclama en su sierra la nieve
es-peranza del deshielo.
La flor: Un fruto prohibido.
Que en esta muerte de huesos
aún resiente la lluvia. El sol de frasco.
La rendición de las pestañas:
cuando cierro los ojos o la puerta del horno,
y pincho el enlace que de rosa me lleva al sarro. En este enjambre
de melancolía, que habla con un agua
de cruce de callejero.
Con la cavilación de que los zapatos
piden tregua.
Porque hoy me apetece un mechero
para quemar
todo lo que nos moja y deja
sin una triste chispa;
chorreo de la inundación clave que te asfixia
como un limón en un pollo.
De fantasmas que vuelven por Navidad.

Reiteración

Tanta infamia, doblez de rodillas.
Chiste mascado. Y los riachuelos de que la sangre
ría más que torrente.
Seducida serpiente la impostura
del que mora en bosque
como un plátano en una higuera.
Levanta y anda le dijo el seso a la idea.
De tu ignorancia analítica.
De tu chisme sin pilas.
Del sainete de emitida música
de irónico repulsivo.
El cansancio de vaciar la bañera
con cuchara. Y de colmar
la fe con sabor a pistacho.
Del helado corazón anagrama.
Que una yace piedra, muere escorpión.
Y sólo la sal de mis lágrimas.
Es mi mayor riqueza.

Patata, corcho, boniato.
Eres, delante de tu espejo.
De falsa estabilidad edificada.
Empieza por tu herida.
Y verás el mundo de la realidad.