Pez plateado
La canícula alardea su hervor entre los pliegues. Exhaustiva licencia, la del estío, que cubre de fatiga el ritmo de los transeúntes. Las hojas inmóviles, en su pose hierática, se convierten en estatua de una fotografía. Y aquí, poeta sudorípara, letargo la lucha diaria del desierto que copa mis pasillos. Escribo un poema maltrecho en un libro. Sorbo acacia del vaso, el agua con limón como una absenta que me protege de la sed. Pero no logra colmar este abismo de asfalto crujiente capaz de desintegrar, a las tres de la tarde, cualquier pensamiento de escarcha. En este sopor de ascuas, entre un vacío tan gigante que el infierno ha abierto su candado para encandilar, desde su incandescencia, las almas de la sequía. Cae un rayo y fulmina la flor. Cierro la boca para no pronunciar el nombre, mientras miro a los pájaros que vuelan hacia otras latitudes, donde los lagos exponen su salinidad y las zancudas...