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Mostrando entradas de julio, 2026

Pez plateado

La canícula alardea su hervor  entre los pliegues. Exhaustiva licencia, la del estío, que cubre de fatiga  el ritmo de los transeúntes. Las hojas inmóviles,  en su pose hierática,  se convierten en estatua de una fotografía. Y aquí, poeta sudorípara, letargo la lucha diaria  del desierto que copa mis pasillos. Escribo un poema maltrecho  en un libro. Sorbo acacia del vaso,  el agua con limón  como una absenta que me protege de la sed. Pero no logra colmar este abismo  de asfalto crujiente  capaz de desintegrar, a las tres de la tarde, cualquier pensamiento  de escarcha. En este sopor de ascuas,  entre un vacío tan gigante  que el infierno ha abierto su candado para encandilar, desde su incandescencia, las almas de la sequía. Cae un rayo y fulmina la flor. Cierro la boca para no pronunciar el nombre, mientras miro a los pájaros  que vuelan hacia otras latitudes, donde los lagos exponen su salinidad  y las zancudas...

Consumición

Las montañas arden mientras los artefactos sobrevuelan  esta cerilla. Llamas, llamas y llamas. ¿Qué cobijo guarece la furia? Mientras circulo con mi coche cada rotonda,  el nudo de corbata de mi lengua  reduce a cenizas la palabra. Sí, porque una simple palabra  es capaz de desencadenar una catástrofe. Encender las cortinas  y, en una hoguera, devorar el oxígeno  de la garganta.  Fuego entre la anatomía del abecedario,  una combustión para que la antorcha,  que se apropie de los espacios de un texto, sea una ráfaga sagrada al dios Vulcano. Verbos capaces de arder como Roma. De consumir la paz  de los muros de madera. La oda de los pirómanos:  árboles naranjas  alzando sus tentáculos  hacia las nubes. Y quemarse por dentro  como un sol malherido. Ll.Ll.