Llorar como una magdalena
La espiritualidad que nos pertenece, aquella que se agolpa en una transferencia de energía. El templo: el bastión de un cuerpo que acompaña a su sombra fiel en la tropelía mundana de la llama errante.
Camino entre la oscuridad cada jueves para florecer con el acto de la luz que osa romper el misterio. Los sustantivos siempre viajan con cierta adjetivación. El verbo es el alma que, en su remota fe, extrae la sangre de la palabra.
París ha sido una comunión. Una puerta a un mundo que lleva demasiado tiempo sin mirilla. Estoy aquí, seducida por el brioche, la piedra y este olor a jazmín que me persigue.
Entro en Madeleine y observo lo mundano, la muestra de aquello que habitamos. Un chico, de rodillas, se santigua y yo recojo las piedras que me han ido lanzando para entregarlas como ofrenda.
Mi corazón late.
Nota de página:
Yo tenía una hermana por parte de padre. Ella se llamaba Magdalena. Murió hace muy poquitos años. Dejó huérfanos de madre a dos gemelos. Un cáncer fulminante le segó la vida en la cincuentena.
Durante el periodo del COVID muchas personas fueron sentenciadas a muerte. No hubo diagnósticos, ni controles. La detención precoz quedó relegada a curar una epidemia mundial que nadie sabía cómo iba a terminar.
Cuando visité Le Madeleine me acordé mucho de ti.
En esa época, ahora, en junio, se han cumplido seis años, también murió mi madrina Antonia Lladó Roca, ingresada y cada vez más grave, nadie sabía que le ocurría. No pude ir ni a su entierro, pero no hay día que no me acuerde de ella en esta vida extraña de daños colaterales.

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