Sobresalto
A las tres de la mañana han tocado a la puerta.
Me he sobresaltado y, por unos instantes,
he permanecido inmóvil,
como si fuese a timar el tiempo en su odisea.
Ya no he podido dormir.
Llevo encerrada una vida: siete años en el Tíbet,
y durante este confinamiento
no he dejado de sobrescribir la historia
de los adverbios.
He cocinado para una familia de soldados.
He plantado los esquejes que oculté en la maleta:
plantas resilientes que arrancó, de cuajo,
la poderosa mano de mi madre.
He leído un manuscrito
que me fue entregado como un vástago
con los ojos de una corona.
He perdonado la vida a las arañas.
Libros, galletas de fresa y café.
Hoy, Gloria Fuertes, en su aniversario,
bendice la poesía de todos los que habitamos
en el fondo de la arena.
Somos lenguados de literatura:
dementes, zombis, taras de fábrica.
He recibido muchos mensajes.
Demasiados para mi vanidad,
que reside con vistas al muro.
No poder abrir las ventanas
te ahoga en una cámara de gas,
mientras las flotas aéreas
sobrevuelan estas sábanas de ranas.
Me imagino los animales del bosque.
El árbol que, ahora, transformado en carbón,
se convierte en una luciérnaga de cenizas.
La muerte de todo aquello que amamos,
con el sol cegador en una lámpara
de camping.
La lucha encarnizada de los que pretenden
salvar a Roma, prendida en las confabulaciones de Nerón.
Aquí, en mi encierro.
Incapaz de salvar al cosmos.
Incapaz de salvarme, ni siquiera a mí.
Ll.Ll.

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