Trofeo
Te levantaste un día con un martillo en la mano y golpeaste cualquier atisbo de felicidad. ¡Cataclán! Has roto el colmillo, el espejo que te devuelve a tu hermana. Has hecho trizas el poema, la sábana sagrada que envuelve la cardiología de tu cuerpo. ¡Pum! No tienes piedad con tu sombra: proyección melancólica en la acera. Tu sentido tiene un vado. Tu dirección, una señal prohibitiva. ¡Suelta el maldito martillo! Me reclaman. El puño se abre como una flor en una cochera. Respiro ante el deceso de mi herramienta-arma. Acaricio las paredes con mi brazo, una liana verde que hurga el muro, que sorbe las aguas entre las cañerías. Pido vuestra tregua. Y por un instante nado entre la atmósfera del desprendimiento de un trauma. Sobra la herida fácil de un pétalo en un charco, un amor sin escudo ni el mazo cruel de la purga con las manos vacías.