El descenso a los infiernos

Odio tomar este medicamento:

la nulidad de la vida

del año que nunca existe.

A veces el desánimo 

se apodera de mi entidad 

y me convierto en una masa 

sobre una plataforma.

El arrastre del mal 

transporta el alga hacia las aperturas 

del puerto.

Odio esta supeditación enferma 

y el apoderamiento de mi ser 

frente a la abstinencia.

Odio este maldecido temblor, 

las neuras que la dolencia provoca.

Esta cabeza cascabel.

Estas manos de tintineos.

Odio. No.

Me odio a mi misma 

por no haber sido lo suficientemente fuerte 

y ceder ante el agravio,

el bochorno, 

el desprecio reiterado de lo que se supone 

debía protegerme.

A tal extremo de hastío 

que me incapacitaron

y me robaron lo que más amaba.

El odio no sirve de nada, poesía,

solo acusa los efectos secundarios, 

empeora los síntomas,

el odio es un valor corrupto.

Debo aceptar mi proclive.

En esta soledad.

De neurología enferma 

donde la omnipresencia de mi cuerpo 

la niega.


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