Corredurías

En este árbol de olivas 

haya más huesos que pulpa,

el sortilegio de lo luminoso 

que traspasa el mutismo de los encajes.


Recuerdo a mi abuela frente a su ventana,

observando el mundo, el ruido de las azoteas

bajo los pilares de sus pies inanimados.

Ella no podía caminar.


La deformidad se había instalado 

en protuberancias de poemas 

y observaba, desde su trono de invalidez,

la hecatombe de la vida.


Yo era su sombra, y aprendí con ella, 

la primera lección técnica 

de escribir poesía:

el silencio.


Estar con los ojos vertidos 

al exterior para ver cómo corretean los aceitunos

detrás de un visillo viejo, 

que guardo como una joya, 

con la distancia de sus piernas 

en mi memoria. 

Mullidas y hermosas, 

como amamos a los seres que nos importan.


Ll.Ll.

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