Púas
La felicidad en tu rostro
llega sin previo aviso.
Cuando la alegría se asoma libélula,
la sorpresa acude con sus mejores galas
y evoca como un vapor rosáceo
aquella vida en que tú y yo fuimos agua y fuego.
Los geranios se ríen a carcajadas,
y los patios lucen sus losas
con el ardor del sol.
No pesa el olvido
y abrazo al hombre que fuiste
y que, de vez en cuando, decide regresar.
Ese instante de cascabeles
que ronronean en su metal
canciones de festejos.
Tú, en tu corporal, en tu azalea,
en el zumbido de los insectos
sobre las flores de los cactus.
Pero yo no me engaño
porque regresará el torrente
de barrizal y caña. Tu rostro
será el hombre que me dejó en mitad
de una acera.
Y cobijaré a la tristeza de lo que
florece para marchitarse con la noche.
Volverá tu piel distinta.
El gesto árido de los que extravían
la ensoñación.
Y sé que mañana te habrás marchado.
Y tu cuerpo me negará tres veces.
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