Cuadrículas cuadriculadas
Cuando te conviertes en la pieza de un tablero,
la sensación es vertiginosa.
Fue un inicio de partida
donde yo, como buena reina,
tomé las mejores posiciones.
No obstante descuidé los flancos
y mis peones fueron cayendo
en una maniobra estratégica
digna de un experto soviético.
Yo aún seguía confiada
por el arrojo de mi guardia pretoriana:
la distancia era inalcanzable
y mis torres eran altos obeliscos.
Los ladrillos de sus cimientos
fueron birlados con destreza
y cayeron del modo más estrepitoso.
Ya los caballos, inquietos,
presentían la tragedia ante la horquilla
de un peón que realmente era un rey aventajado.
Y, a pesar de mis esfuerzos,
la voracidad del contrincante
me dejó tan expuesta
como un rótulo en un casino.
Los alfiles aconsejan el abandono inminente:
un taxi Uber y no mirar atrás durante
el trayecto que dure salir de esta tómbola
que me mortifica y entretiene.
Jaque mate, piensan los que observan la partida.
Nunca he abdicado,
no presuman de victoria.
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