La playa
En la esquina del abismo
de mi cama
el Minotauro se sienta, incapaz del derrumbe.
Yo siento, con todas mis ramas
de matorral malherido,
esta eternidad de isla.
La ola que mece la palabra "llaüt",
el espejo sol en las mejillas
en una tarde de estío.
Transitan en mi memoria
los galgos de la mañana
en un vírico carrusel.
Yo te prometo, hubiera preferido
que mis ojos fuesen de perdiz amorosa
pero el cuchillo tiene complicada la misión
hacia la ternura.
No deseo hacer daño.
Por eso en mi agonía
me convierto en una palmera boreal
que sostiene los brazos
de la existencia.
No deseo hacerte daño.
Me gusta atropellar trenes.
Ver los patos en los estanques,
libres y lustrosos,
antes que en un plato de loza.
Como con las manos.
Río hasta que la campanilla
toca ceremonias...
Viajo a las profundidades
con la misma facilidad que un submarino.
Pero yo musico mi latido, cronificación del trauma,
a pesar de los fármacos,
del consejo de los psicólogos
de divanes de terciopelo
que vuelva a amar como los arenales
besan a la costa.
No quiero que me hagan daño.
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