Fadrí


Anoche aparqué en mi antiguo barrio. La noche invitaba a un preludio veraniego, con el cielo oculto tras la polución. Observé la parsimonia de los edificios, las bocacalles y aquel ventanal que fue, durante una década, mi casa. Allí escribí cuatro libros; aprendí a contar habitaciones vacías y, desde el terrado, sostenía el pequeño mundo de una parabólica.

Pensé que yo era un peatón más en la avenida, no el bicho que mira desde el rincón ambiguo, como los anteojos de un apicultor. Creí que mi casa era mi casa, pero no: fue solo el deseo interminable del paso con el desasosiego de los gatos que nunca aprendieron a maullar. Y abandoné la ciudad como quien deja en una cama al amante dormido, con el olor de tu piel en los labios, sabiendo que jamás volverás a besar.

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