Colomar
Una ristra de palomos voltea por el muro del castillo.
Pintados de gala,
festejan más sus dueños que los pájaros
el ciclo de las estaciones.
La montaña se cobija tras veladuras
de pólenes y nubes.
Y estoy aquí, sobre estas piedras,
buscando las respuestas
a esta lejanía de pólvora y encierros.
Los perros ladran poemas de guijarros.
Los gallos, con sus cántaros,
espantan la mala fortuna.
Hoy es un viernes de Cuaresma
y mi abuela siempre cocinaba pescado.
Le enseñaría
la distancia que me separa de su osario,
en este trozo de historia:
el sitio de mi recreo,
la necesidad de subir la cuesta
para formar parte de cada espora,
rama de inquietud;
en definitiva, el castigo de una soledad
perenne como el cortejo frenético
de una danza colombófila.
Onda me ha dejado espacio:
la aceptación de un retorno inacabado.
De este pino en balance
y la palabra de corteza de naranjas,
tan dulces, como un poderoso venero.
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