Winston
El morador de esta casa fumaba como un descosido.
Sí, él merodeaba deliberadamente
de que yo iba a seguir el rastro de tabacalera.
Desayuno observando el sacrilegio
de una quemadura sobre el caoba.
Limpio la encimera con saña,
con el infructuoso intento
de raspar su huella marrón acero.
Fue ávido en el lenguaje de los signos,
la manera de marcar un territorio
que no le pertenece. Un lobato
de la nada de Laforet. De trifulca con el papel,
con la combustión
de unos pensamientos que lo imagino
embelesado, con el ruido del motor
de un automóvil, erosionando mi hogar futuro
igual que un oso arañando los árboles
para señalarme
un recorrido de supernovas.
He de decir que me cabrea sobremanera
tener que untar cada herida
con aceite reparador del Leroy Merlin.
He contado hasta treinta y tres
anarquías del tabaquismo
en una revuelta del mismísimo Mister Proper.
Una quemadura de cigarro
en manos de un somnoliento
puede implicar un siniestro total.
Porque Don Equis
fumaba en el baño, en la cocina
y hasta en el catre, y de un modo,
créanme, furtivo.
Una quemadura de cigarro
es tan molesta como un pulmón con bronquitis
que de repente escucha el eco de los mirlos.
Sí, esta estúpida primavera
que hasta al más agnóstico
hace toser claveles en los estancos.
Un problema orgánico
que sigiloso prende el mobiliario.
Y de repente la peña se enamora
a lo bonzo, se embadurna de poesía
de Bécquer y saca a los canarios al sol.
Yo, que no creo en nada
más que en el ardor de la palabrería.
De repente escucho, de madrugada,
el camión de la basura
desde el humeral
en este devenir de tragedia esfumada
de colillas que, en mi pecho, arden.
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