Muerte y olvido

Toco el timbre.


Cuando estoy triste siempre te visito.


Toco el timbre.


Triste obelisco plantado frente a tu puerta:

la intermitencia amigable.


Toco el timbre.


Y abres la puerta 

porque me conoces de hace décadas 

y recoges, con tu escoba de enea,

cada fragmento de mi sonrisa.


Toco el timbre.


Carta de amor en mil pedazos 

que tú barres con resignación.

Multa lanzada a la canasta.


Toco el timbre.


He tenido ansiedad, 

no soportaba el dolor de una chica de 25 años.

El fracaso de un sistema.

La rotura de una sociedad 

que, a la deriva, mata al carnero 

antes de ser vianda para el comensal.


Toco el tiempo.


Sí, he empezado a andar de un lugar a otro, frenética, porque las flores son arrancadas 

del jardín 

y huele a basura sin sacar de la cocina.


Toco el timbre.


¿De qué sirve hablar de las razones?

Los culpables flotan en colchonetas 

en hoteles de anfetaminas.


Toco el timbre.

Toco el tiempo.


Tiempo sonoro:

guillotina, mazo, goteo.


Muero.

Toco el timbre, toco el timbre.

Lloro.


Pongamos una serie 

para olvidar al monstruo que nos persigue.

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