Estación victoriana
He visto arder la estación de Glasgow
con el tintineo húmedo
de sus llamas en mis ojos.
La trastienda de un mundo ardiente,
como el agua abocada a la tierra
que, saciada, rechaza
el combate de la lluvia.
Yo no quiero creer en la anunciación
de una primavera de mercancías.
Ni ser el paraguas
del embiste de aquello que, invisible,
nos medra.
El rescate del amor
en esta ola que me arrastra
hacia la absoluta profundidad
del poeta.
Sí, lucir faldas de cuadros,
crear collares con perlas de hueso.
Una vida corriente
de bolsa de supermercado.
Pero mi corazón retiene el bombardeo,
la grieta que rompe
la viga que sostiene el cosmos.
El eco estelar,
los guiños de los mandos
al lanzar los drones sedientos de mapas.
Y escucho en la noche el grito.
Y siento el dolor de la fractura.
Y duermo con la nube tóxica
y el desconsuelo del útero vacío.
Y yo quisiera, pero no puedo,
en este abismo de soledad,
como un pájaro de alas cortadas.
El poema siempre gana a mi paz.
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