Inmunidades


Existen casas sin ascensores.

Fincas lánguidas 

con sus cuerpos de piedra 

y sus ojos: ventanas al mundo.


En cambio, otras viviendas 

poseen modernos habitáculos 

de poleas con botones de colores 

y el espejo de Alicia.


Tengo un vecino, en mi comunidad, 

que siempre sube andando, a pesar

de vivir en la séptima planta.


Yo vivo en el primer rellano,

a mano izquierda, entre la ventana del tragaluz 

y una columna.


En ocasiones, se detiene detrás de mi portal.

Hace el amago de tocar el timbre 

mientras carraspea.

Yo le escucho, porque soy una gata 

que percibe hasta el sonido 

de una araña colgada

del techo.


Parece que quiere decirme alguna palabra.

Será que le molesta mi ruido,

la manera de caminar con mis tacones 

mientras el edificio retumba.


Yo, a veces, le saludo, 

y le hablo del tiempo:


- Parece que va a llover.


Pero existen ciudades en que está vetada 

la metereología. El cemento grisáceo 

oculto tras el gotelé, las placas y un relicario 

de buzones expectantes 

son un escenario demasiado dramático 

para la llegada del sol.


Tras la mirilla, el amago

circula sobre las baldosas ocres

con una intencionalidad 

de cartero tímido.


Bueno, yo sigo escribiendo en mi guarida.

Él está a seis pisos del ático

y, a estas alturas, ya no vamos a mover ni un dedo.


Han cambiado la hora,

Domingo de Ramos, 

parece que va a llover.

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