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Reseña Madera de sueños de Amelia Serraller

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«Madera de sueños» (Ondina Ediciones), es un poemario de Amelia Serraller que convierte la memoria, el amor, la pérdida y la identidad en materia poética, pero que no permanece encerrado en la intimidad. El libro amplía progresivamente su mirada hasta abordar los conflictos bélicos, las migraciones, la violencia de género, la sociedad tecnológica y las contradicciones del presente. Organizado en seis secciones, con prólogo de Alberto Morate, el volumen traza un recorrido entre lo personal y lo colectivo. Las ciudades del mundo funcionan como territorios de la memoria y como piezas de una identidad que se reconoce múltiple, hecha de viajes, vínculos, antepasados y lugares. La autora escribe también desde la pérdida y el homenaje. Padres, familiares, amigos y compañeros de poesía aparecen convocados desde el afecto, mientras que la conciencia social introduce una voz inconformista que cuestiona la indiferencia ante la lucha, la violencia y una realidad dominada por la prisa, el consumo y...

Azafrán y coordenadas

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¿Después del incendio que queda  del polvo enamorado? La raíz, en los territorios, del latido, con un código de cardiología, que místico  norte acuña el swing  de encantos angelicales. He recorrido París  en un gesto de revolución  para quedar impregnada  de una magnificencia desconocida. La aristocracia que bulle en mis arterias  se rendía ante los que solicitan mi cabeza  bajo el lustre de la guillotina. El Sena, río de puentes, abría compuertas  de canales frente a los arrecifes de los prados. Napoleón tenía que ser de este distrito. Como Virginia Wolf  fue la petunia del Tamesis. La desfavorable. La inquieta. La trotamundos.

Sobresalto

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A las tres de la mañana han tocado a la puerta. Me he sobresaltado y, por unos instantes, he permanecido inmóvil, como si fuese a timar el tiempo en su odisea. Ya no he podido dormir. Llevo encerrada una vida: siete años en el Tíbet, y durante este confinamiento no he dejado de sobrescribir la historia de los adverbios. He cocinado para una familia de soldados. He plantado los esquejes que oculté en la maleta: plantas resilientes que arrancó, de cuajo, la poderosa mano de mi madre. He leído un manuscrito que me fue entregado como un vástago con los ojos de una corona. He perdonado la vida a las arañas. Libros, galletas de fresa y café. Hoy, Gloria Fuertes, en su aniversario, bendice la poesía de todos los que habitamos en el fondo de la arena. Somos lenguados de literatura: dementes, zombis, taras de fábrica. He recibido muchos mensajes. Demasiados para mi vanidad, que reside con vistas al muro. No poder abrir las ventanas te ahoga en una cámara de gas, mientras las flotas aéreas sobre...

Dante life

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La noche podía abrirse con un delicado bisturí; era una nebulosa compacta. La resurrección del olor de la chimenea, que, atascada, había llenado la estancia de un humo corrupto, volvió a viajar en el tiempo. Los nidos de los pájaros obstruyen la salida y nos hemos olvidado de mantener en condiciones aquello que, en lugar de dar lumbre, te asfixia. Mis ojos contemplaban aquella maldita neblina de King que iba apoderándose de las ranuras; obscena, como un preludio de muerte, se filtraba, gaseosa, por doquier. Entonces sentiste en el pecho la patada cruel de quien ha sobrevivido a una guerra bajo las manos de un carcelero. Los aviones son avispas con vientres acuíferos en una contienda que lo ha quemado todo: los recuerdos, el oxígeno, hasta las ganas de vivir. En tu mente descubriste que aquella casa ya no era la mía y que habías aprendido a amar el cuerpo de otra patria. El ahogo. La antorcha visceral de la impotencia. Un mundo sobre una pira y solo un puñado de arena para apagar el inf...

La sonrisa de un millón de dólares

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Impertérrita en tu pose, cuesta bastante adivinar tus pensamientos. Aunque intuyo que el hartazgo se refleja en tu mirada, muda vas lanzando un reguero de maldiciones. ¿Por qué no te dejan descansar en paz? Ocultan, con un paño de seda, el desnudo mundano que significa estar expuesta como una vitrina en el barrio rojo. La gente, presa del delirio, se agolpa inútilmente, como quien desea besar el relicario de un torero. Una soledad pictórica entre bastidores irradia una serenidad trastocada: su amargura suicida, colgada de un clavo. La tristeza, erosión de gatos; los trémulos móviles cacarean el absurdo de encontrarnos ante un postín sin esperanza.

La sala de los espejos

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 ¿Te ha ocurrido alguna vez que es el espacio el que te observa y te evalúa? Cada tabique y cada rincón te analizan hasta provocarte un levítico escalofrío, mientras tus ojos son dos gotas de lluvia.

Nocturnidad estelar

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De repente, te quedas sin batería en el móvil.  Y emprendes un ejercicio titánico para retener cada lienzo, cada trazo y cada textura en tu mirada hereje. «La noche estrellada» de Van Gogh fue regresar a un momento de mi vida: un recuerdo amarrado a una bahía mediterránea con un millón de estelas.

Cuello de cisne

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París es una ciudad mayúscula, con avenidas tan anchas que, más que barrios, parecen poblaciones. Observar de cerca la Torre Eiffel, con su cuello palmípedo regentando el cielo, te enseña lo pequeño que es el ser humano. Es un ejercicio de humildad que me devuelve a un verso de Emily Dickinson:  «Ignoramos nuestra verdadera estatura hasta que nos ponemos en pie».

En canal

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Bajo esta cúpula nunca llueve. Los jardines más selectos moran en frascos de distintos colores. El maquillaje de los rostros representa un frenesí desaforado. ¿Qué labios ostentarán el regio tono burdeos? ¿Qué manos sostendrán el bolso más codiciado de las revistas de moda? Nada vale, ni un mísero euro, sin la esperanza parisina del amor.

Salomón

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Uno de los cuadros que más me ha impresionado es «El juicio de Salomón». No habla únicamente de la maternidad, sino de la dificultad de tener que decidir cuando cualquier resolución parece abrir una herida. Hay instantes en los que la verdad solo se revela cuando alguien está dispuesto a renunciar a lo que más ama. Qué poco cuesta el sacrificio desde la grada de quienes acusan a hurtadillas y señalan con sus dedos artríticos.

Llorar como una magdalena

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La espiritualidad que nos pertenece, aquella que se agolpa en una transferencia de energía. El templo: el bastión de un cuerpo que acompaña a su sombra fiel en la tropelía mundana de la llama errante. Camino entre la oscuridad cada jueves para florecer con el acto de la luz que osa romper el misterio. Los sustantivos siempre viajan con cierta adjetivación. El verbo es el alma que, en su remota fe, extrae la sangre de la palabra. París ha sido una comunión. Una puerta a un mundo que lleva demasiado tiempo sin mirilla. Estoy aquí, seducida por el brioche, la piedra y este olor a jazmín que me persigue. Entro en Madeleine y observo lo mundano, la muestra de aquello que habitamos. Un chico, de rodillas, se santigua y yo recojo las piedras que me han ido lanzando para entregarlas como ofrenda. Mi corazón late. Nota de página: Yo tenía una hermana por parte de padre. Ella se llamaba Magdalena. Murió hace muy poquitos años. Dejó huérfanos de madre a dos gemelos. Un cáncer fulminante le segó l...

Gladiolos

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Las flores y el pan son los símbolos de mi familia. Cuando me quedo bobalicona observando el escaparate de una floristería, me permito el lujo de volver a ser niña. Los cubos de agua repletos de ramilletes. Las manos de nuestras madres, manchadas de polen, como las manos de mi padre cubiertas de harina. El oficio de la tierra. Por eso me conmueven los ramos de trigo y rosas rojas: la combinación perfecta entre la redención, la vida y la muerte. La semilla siempre dará un fruto; en cambio, de los pétalos solo nacen poemas. Ensuciarse las manos nos hace libres.

Púas

La felicidad en tu rostro  llega sin previo aviso. Cuando la alegría se asoma libélula, la sorpresa acude con sus mejores galas y evoca como un vapor rosáceo  aquella vida en que tú y yo fuimos agua y fuego. Los geranios se ríen a carcajadas, y los patios lucen sus losas   con el ardor del sol. No pesa el olvido  y abrazo al hombre que fuiste  y que, de vez en cuando, decide regresar. Ese instante de cascabeles  que ronronean en su metal  canciones de festejos. Tú, en tu corporal, en tu azalea, en el zumbido de los insectos sobre las flores de los cactus. Pero yo no me engaño  porque regresará el torrente  de barrizal y caña. Tu rostro  será el hombre que me dejó en mitad  de una acera. Y cobijaré a la tristeza de lo que  florece para marchitarse con la noche. Volverá tu piel distinta. El gesto árido de los que extravían  la ensoñación.  Y sé que mañana te habrás marchado. Y tu cuerpo me negará tres veces.

Relámpagos

En verano, acontecen las tormentas eléctricas, un relámpago que, de repente, en su vértice  concede la pausa  antes de la radiación. Estío de pulmones secos, de pieles conteniendo cauces  en la danza recóndita  de la lluvia de la nostalgia. Todo resta mudo. Nada suma al hedor del cemento. De la ropa en guirnalda  con su ausencia total de brazos, de rodillas, de barrigas y espadas. La atmósfera  que establece el azar de los pararrayos. Con su quietud a merced de Poniente  aguardando el impacto  de un trueno amoroso. Yo te contaría un secreto. Pero estoy segura de que para bien o para mal, como el astro que se eclipsará en agosto, los cirros predicen las inclemencias  y tú, de mi lluvia,  ya sabes sus derrotas y victorias: un campanario sin cigüeñas.

Pez plateado

La canícula alardea su hervor  entre los pliegues. Exhaustiva licencia, la del estío, que cubre de fatiga  el ritmo de los transeúntes. Las hojas inmóviles,  en su pose hierática,  se convierten en estatua de una fotografía. Y aquí, poeta sudorípara, letargo la lucha diaria  del desierto que copa mis pasillos. Escribo un poema maltrecho  en un libro. Sorbo acacia del vaso,  el agua con limón  como una absenta que me protege de la sed. Pero no logra colmar este abismo  de asfalto crujiente  capaz de desintegrar, a las tres de la tarde, cualquier pensamiento  de escarcha. En este sopor de ascuas,  entre un vacío tan gigante  que el infierno ha abierto su candado para encandilar, desde su incandescencia, las almas de la sequía. Cae un rayo y fulmina la flor. Cierro la boca para no pronunciar el nombre, mientras miro a los pájaros  que vuelan hacia otras latitudes, donde los lagos exponen su salinidad  y las zancudas...

Consumición

Las montañas arden mientras los artefactos sobrevuelan  esta cerilla. Llamas, llamas y llamas. ¿Qué cobijo guarece la furia? Mientras circulo con mi coche cada rotonda,  el nudo de corbata de mi lengua  reduce a cenizas la palabra. Sí, porque una simple palabra  es capaz de desencadenar una catástrofe. Encender las cortinas  y, en una hoguera, devorar el oxígeno  de la garganta.  Fuego entre la anatomía del abecedario,  una combustión para que la antorcha,  que se apropie de los espacios de un texto, sea una ráfaga sagrada al dios Vulcano. Verbos capaces de arder como Roma. De consumir la paz  de los muros de madera. La oda de los pirómanos:  árboles naranjas  alzando sus tentáculos  hacia las nubes. Y quemarse por dentro  como un sol malherido. Ll.Ll.

Reseña «Birding» de Lourdes Vicente Bertolín

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Birding , de Lourdes Vicente Bertolín Prólogo de Antonio Méndez Rubio.  Huerga & Fierro Editores Con Birding , Lourdes Vicente Bertolín consolida una de las líneas de fuerza que atraviesan su trayectoria poética: la exploración de la identidad a través de los vínculos afectivos y la naturaleza concebida como espacio de revelación. Si en su anterior poemario La intemperie : la imagen de los hilos articulaba una poética de la conexión — hilos que podían leerse como raíces, vínculo y permanencia—, en esta nueva entrega el ave ocupa el centro simbólico de una obra que despliega un vasto repertorio de resonancias espirituales, sociales y genealógicas. La genealogía, en particular la femenina, reaparece como una constante en la escritura de Bertolín. La figura materna emerge entre los pliegues del texto como presencia fundacional, origen de una memoria que se transmite entre generaciones y que encuentra en la palabra poética una forma de permanencia frente a la desaparición física d...

Combustión

Tal vez, lejos de las hogueras  de las vanidades,  mi refugio sea el campaniforme sonido, el lomo verde de esta horizontalidad. Exigimos tanta efervescencia  a la luz solar de la noche  que aquí, en esta piedra, bien pudiera ser  una lar para el sacrificio. Los tronos pétreos en el océano  ahogan a cualquiera que vaya de estrella. Los calamares se revuelven. Las medusas no disponen  de la cronología del oleaje. Qué poco tiempo para el fuego, que con su crepitar consume  la lealtad entre leños y astillas. Tal vez, lejos del mar, una encuentre los barcos  que oculten las intenciones, por muchas puestas en escena: el fuego es el fuego  y se necesitan muchos grados  para fundir el hierro y la verdad.

Corredurías

En este árbol de olivas  haya más huesos que pulpa, el sortilegio de lo luminoso  que traspasa el mutismo de los encajes. Recuerdo a mi abuela frente a su ventana, observando el mundo, el ruido de las azoteas bajo los pilares de sus pies inanimados. Ella no podía caminar. La deformidad se había instalado  en protuberancias de poemas  y observaba, desde su trono de invalidez, la hecatombe de la vida. Yo era su sombra, y aprendí con ella,  la primera lección técnica  de escribir poesía: el silencio. Estar con los ojos vertidos  al exterior para ver cómo corretean los aceitunos detrás de un visillo viejo,  que guardo como una joya,  con la distancia de sus piernas  en mi memoria.  Mullidas y hermosas,  como amamos a los seres que nos importan. Ll.Ll.

Reseña "Plancton" de Sonia Bueno

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  "Plancton", publicado por RIL Editores, es un libro cuyo propio título contiene ya una declaración poética. El plancton, conjunto de organismos diminutos que habitan suspendidos en las aguas y cuya existencia resulta casi imperceptible a simple vista, constituye una metáfora perfecta de la propuesta de Sonia Bueno: una multitud de instantes, voces y tiempos que, aparentemente dispersos, terminan formando un organismo poético único y original. Desde sus primeras páginas, el poemario despliega una arquitectura basada en la fragmentación. Los espacios en blanco adquieren una función expresiva esencial; son silencios que dialogan con los versos y participan activamente en la construcción del significado. Como ocurre con la riqueza invisible de los ecosistemas marinos, cada elemento parece autónomo, pero la suma de todos ellos genera una entidad propia. Los vacíos no dejan indemne al lector: jerarquizan el texto, regulan el ritmo y convierten la lectura en una experiencia de esc...