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Un hilo hacia el otoño

Esta noche, sobre las dos de la mañana, la lluvia ha roto el paisaje en vellosidades de agua. Me desperté sobresaltada por un ruido meloso de una tormenta cantarina. Y, somnolienta, quise comprobar que ese aroma de ceniza húmeda y descanso callejero no era un sueño en mitad de la vigilia. Sí, era verdad: gotas diagonales mojaban las aceras y sentí una congoja ante la manera que tiene la naturaleza de borrar los pasos, el olvido de los manteles, de las voces, de las conversaciones escritas al Olimpo de las pantallas. E inhalé antes de decir adiós, mientras un mundo que nunca aconteció flotaba hasta desaparecer entre los enrejados de la alcantarilla.

Picaduras

  I El otro día, una araña me picó en el empeine. Fue una punzada. Se puso negra toda la zona afectada y el picor fue irritante  durante el tiempo que el veneno besaba mi sangre. Ahora, un moretón y unas costras forman islotes de piel malherida. II Yo sé que el amor, en ocasiones, te ataca como un insecto que, ante el desconocimiento, inyecta su ponzoña. III Déjame libre, por favor. No sigas alimentando la sarna con tu delicadeza más absoluta. Déjame en mi fondo. Cerca de la altitud de la palabra. IV Yo siento aún la irritación cutánea, ya que una picadura de arácnido implica una necrosis de roales inciertos. V No sé cuándo sucedió. Fue cuando me quité los zapatos y, descalza, estiré mis pies como un pico de gorrión ante una semilla. De repente, noté una quemazón en mi pierna derecha y una serie de ampollas emergieron tras el escozor más insoportable de la tarde. VI No sé cuándo sucedió. Tus ojos atravesaron los cristales bajo la lluvia, y tus pupilas se enzarzaron con mi reti...

Compadre

Se me caen las lágrimas. Se me empañan las mejillas. Iván, poeta y buen hombre, ha comunicado la partida de su mujer, Marga, y me he quedado de piedra, pensando en sus hijos aún pequeños. Este mundillo de locos, donde en una esfera agónica rendimos pleitesía a las instantáneas, opacos duermen aquellos que, en su enfermedad, dejan un rastro de plenilunio. Goteos en el hospital, como una lluvia contenida de la quimioterapia que alimenta la flor salvaje de una tundra repleta de serpientes. Querido amigo Iván, bético y de poesía de titanio, hoy nos has escrito el poema más difícil sobre un melancólico muro. ¿De qué sirve luchar entre los monos artificiales en esta semana que se supone que es la vida, de prioridades perversas, de dinero congelado para mítines, misiles y mediocridades? Lo siento tanto que me he negado a contemplar la belleza absurda del eclipse. En una fantasía que anestesia los ríos con residuos, la fruta transgénica, el aire perfumado de toxicidad desesperante. Te abrazo. ...

Helipuerto

En este dilema revolotean los aeroplanos  y un helicóptero vigila el oleaje. Cuánto amor fingido en esta discoteca que, con la luz del día, no es más que un antro de moqueta y bombillas azules. Estoy sentada mirando la amplitud del cielo y no puedo evitar el gran malestar que guarece mi piel de otoño. ¿Qué número del calendario fue el que cambió mi latido? ¿En qué madrugada, mientras migraban las ánades, amaneció un ángel drogadicto y ha ocupado mi pecho? ¿Cómo he caído en su estrategia? Y este dolor agudo de juncos-látigo sobre mi respuesta inmune, tan insoportable como clavar chinchetas a la luna. Debo ser fuerte y huir. Romper la cuerda que, con gracia británica, tricota en su mundología. Porque esta presión es insostenible en mis muñecas de coleccionista. Tú ya me tienes segura... Créeme que morderé las lianas hasta volver a ser libre, porque yo no quiero una vida a medias. Sol, mar e infinito.

Pellizcos de desazón en la lengua

No existe una nube que no lleve la inicial. Esta pinza que herbicida estrangula mi ánimo, cavilando la verborrea de un silencio. La contradicción de los hechos,  como si se tratara de un documental que narra enigmas de una palabra inexistente  en el diccionario. Supongo que, sin duda, es la definición de lo que sucede. Aunque no entienda nada de este nuevo idioma y no pueda dejar de pensar en ti. Con un mar. Con un show. Con un confín.

Búcaro

Cuando un amor termina estoy segura de que algún jarrón en Manhattan se rompe. Caen las flores alborotadas en un mestizaje de tonos y el agua derrama un pequeño entuerto sobre una repisa de mármol. De repente, la tristeza embarga un trozo de cristal poliédrico. Yo sé que nuestro amor, cariño, ha terminado y no puedo evitar cortar los hilos de la chaqueta que la nostalgia remueve por nosotros. El tapete se ha empapado. Un tapete con bordado de tulipanes. Yo luché mientras fuimos un atrezo de cómoda en un escaparate de lujo. Como un jabalí que cruza todas las carreteras para encontrar un bosque inanimado, envuelto en llamas. Un jarrón que, por un toque, ha tambaleado hasta el suicidio. Un animal salvaje: siniestro en el asfalto bajo las ruedas de un atropello. Yo sé cómo queda el escenario de un percance fortuito. El amor se termina. Y mi piel se derrama en pétalos entre la humedad y el cloro. Y alguien siempre huye despavorido cerca de una estación de servicio y observa el accidente de ...

Las cosas raras que suceden en el corazón

Tu forma de mirar el mundo dialoga conmigo. El ladrido del cofre que habita  entre mis senos, ha dado aviso  de lo innegable. Golpeo con fuerza  para cerrar su ventana, no quiero que un efluvio carcelero  sea el peor secreto escrito en mis ojos. Te imagino sentado  en una esquina observando el diálogo  que ofrece la noche. Seductor por naturaleza:  la tierra fértil de tu rastro  que emerge hacia el desvarío de la flores. Música de jazz y un ángulo de luz que osa a iluminar la radiografía  de los errantes. Y yo aquí, espectadora de mi particular nihilismo  abro el arca, que lancé al mar  hace siglos, para devorar las palabras  de la "tormentalidad". Pero el sueño claudica  mi voluntad de poeta  y repito tu nombre  con el sonido pájaro del alba. Estoy enamorada. Y no sé cómo ha ocurrido. Y golpeo con fuerza al can  que arde en el afán por ver  a ese hombre que escucha la catarata  del tiempo. Y yo av...

Reseña Madera de sueños de Amelia Serraller

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«Madera de sueños» (Ondina Ediciones), es un poemario de Amelia Serraller que convierte la memoria, el amor, la pérdida y la identidad en materia poética, pero que no permanece encerrado en la intimidad. El libro amplía progresivamente su mirada hasta abordar los conflictos bélicos, las migraciones, la violencia de género, la sociedad tecnológica y las contradicciones del presente. Organizado en seis secciones, con prólogo de Alberto Morate, el volumen traza un recorrido entre lo personal y lo colectivo. Las ciudades del mundo funcionan como territorios de la memoria y como piezas de una identidad que se reconoce múltiple, hecha de viajes, vínculos, antepasados y lugares. La autora escribe también desde la pérdida y el homenaje. Padres, familiares, amigos y compañeros de poesía aparecen convocados desde el afecto, mientras que la conciencia social introduce una voz inconformista que cuestiona la indiferencia ante la lucha, la violencia y una realidad dominada por la prisa, el consumo y...

Azafrán y coordenadas

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¿Después del incendio que queda  del polvo enamorado? La raíz, en los territorios, del latido, con un código de cardiología, que místico  norte acuña el swing  de encantos angelicales. He recorrido París  en un gesto de revolución  para quedar impregnada  de una magnificencia desconocida. La aristocracia que bulle en mis arterias  se rendía ante los que solicitan mi cabeza  bajo el lustre de la guillotina. El Sena, río de puentes, abría compuertas  de canales frente a los arrecifes de los prados. Napoleón tenía que ser de este distrito. Como Virginia Wolf  fue la petunia del Tamesis. La desfavorable. La inquieta. La trotamundos.

Sobresalto

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A las tres de la mañana han tocado a la puerta. Me he sobresaltado y, por unos instantes, he permanecido inmóvil, como si fuese a timar el tiempo en su odisea. Ya no he podido dormir. Llevo encerrada una vida: siete años en el Tíbet, y durante este confinamiento no he dejado de sobrescribir la historia de los adverbios. He cocinado para una familia de soldados. He plantado los esquejes que oculté en la maleta: plantas resilientes que arrancó, de cuajo, la poderosa mano de mi madre. He leído un manuscrito que me fue entregado como un vástago con los ojos de una corona. He perdonado la vida a las arañas. Libros, galletas de fresa y café. Hoy, Gloria Fuertes, en su aniversario, bendice la poesía de todos los que habitamos en el fondo de la arena. Somos lenguados de literatura: dementes, zombis, taras de fábrica. He recibido muchos mensajes. Demasiados para mi vanidad, que reside con vistas al muro. No poder abrir las ventanas te ahoga en una cámara de gas, mientras las flotas aéreas sobre...

Dante life

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La noche podía abrirse con un delicado bisturí; era una nebulosa compacta. La resurrección del olor de la chimenea, que, atascada, había llenado la estancia de un humo corrupto, volvió a viajar en el tiempo. Los nidos de los pájaros obstruyen la salida y nos hemos olvidado de mantener en condiciones aquello que, en lugar de dar lumbre, te asfixia. Mis ojos contemplaban aquella maldita neblina de King que iba apoderándose de las ranuras; obscena, como un preludio de muerte, se filtraba, gaseosa, por doquier. Entonces sentiste en el pecho la patada cruel de quien ha sobrevivido a una guerra bajo las manos de un carcelero. Los aviones son avispas con vientres acuíferos en una contienda que lo ha quemado todo: los recuerdos, el oxígeno, hasta las ganas de vivir. En tu mente descubriste que aquella casa ya no era la mía y que habías aprendido a amar el cuerpo de otra patria. El ahogo. La antorcha visceral de la impotencia. Un mundo sobre una pira y solo un puñado de arena para apagar el inf...

La sonrisa de un millón de dólares

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Impertérrita en tu pose, cuesta bastante adivinar tus pensamientos. Aunque intuyo que el hartazgo se refleja en tu mirada, muda vas lanzando un reguero de maldiciones. ¿Por qué no te dejan descansar en paz? Ocultan, con un paño de seda, el desnudo mundano que significa estar expuesta como una vitrina en el barrio rojo. La gente, presa del delirio, se agolpa inútilmente, como quien desea besar el relicario de un torero. Una soledad pictórica entre bastidores irradia una serenidad trastocada: su amargura suicida, colgada de un clavo. La tristeza, erosión de gatos; los trémulos móviles cacarean el absurdo de encontrarnos ante un postín sin esperanza.

La sala de los espejos

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 ¿Te ha ocurrido alguna vez que es el espacio el que te observa y te evalúa? Cada tabique y cada rincón te analizan hasta provocarte un levítico escalofrío, mientras tus ojos son dos gotas de lluvia.

Nocturnidad estelar

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De repente, te quedas sin batería en el móvil.  Y emprendes un ejercicio titánico para retener cada lienzo, cada trazo y cada textura en tu mirada hereje. «La noche estrellada» de Van Gogh fue regresar a un momento de mi vida: un recuerdo amarrado a una bahía mediterránea con un millón de estelas.

Cuello de cisne

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París es una ciudad mayúscula, con avenidas tan anchas que, más que barrios, parecen poblaciones. Observar de cerca la Torre Eiffel, con su cuello palmípedo regentando el cielo, te enseña lo pequeño que es el ser humano. Es un ejercicio de humildad que me devuelve a un verso de Emily Dickinson:  «Ignoramos nuestra verdadera estatura hasta que nos ponemos en pie».

En canal

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Bajo esta cúpula nunca llueve. Los jardines más selectos moran en frascos de distintos colores. El maquillaje de los rostros representa un frenesí desaforado. ¿Qué labios ostentarán el regio tono burdeos? ¿Qué manos sostendrán el bolso más codiciado de las revistas de moda? Nada vale, ni un mísero euro, sin la esperanza parisina del amor.

Salomón

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Uno de los cuadros que más me ha impresionado es «El juicio de Salomón». No habla únicamente de la maternidad, sino de la dificultad de tener que decidir cuando cualquier resolución parece abrir una herida. Hay instantes en los que la verdad solo se revela cuando alguien está dispuesto a renunciar a lo que más ama. Qué poco cuesta el sacrificio desde la grada de quienes acusan a hurtadillas y señalan con sus dedos artríticos.

Llorar como una magdalena

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La espiritualidad que nos pertenece, aquella que se agolpa en una transferencia de energía. El templo: el bastión de un cuerpo que acompaña a su sombra fiel en la tropelía mundana de la llama errante. Camino entre la oscuridad cada jueves para florecer con el acto de la luz que osa romper el misterio. Los sustantivos siempre viajan con cierta adjetivación. El verbo es el alma que, en su remota fe, extrae la sangre de la palabra. París ha sido una comunión. Una puerta a un mundo que lleva demasiado tiempo sin mirilla. Estoy aquí, seducida por el brioche, la piedra y este olor a jazmín que me persigue. Entro en Madeleine y observo lo mundano, la muestra de aquello que habitamos. Un chico, de rodillas, se santigua y yo recojo las piedras que me han ido lanzando para entregarlas como ofrenda. Mi corazón late. Nota de página: Yo tenía una hermana por parte de padre. Ella se llamaba Magdalena. Murió hace muy poquitos años. Dejó huérfanos de madre a dos gemelos. Un cáncer fulminante le segó l...

Gladiolos

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Las flores y el pan son los símbolos de mi familia. Cuando me quedo bobalicona observando el escaparate de una floristería, me permito el lujo de volver a ser niña. Los cubos de agua repletos de ramilletes. Las manos de nuestras madres, manchadas de polen, como las manos de mi padre cubiertas de harina. El oficio de la tierra. Por eso me conmueven los ramos de trigo y rosas rojas: la combinación perfecta entre la redención, la vida y la muerte. La semilla siempre dará un fruto; en cambio, de los pétalos solo nacen poemas. Ensuciarse las manos nos hace libres.

Púas

La felicidad en tu rostro  llega sin previo aviso. Cuando la alegría se asoma libélula, la sorpresa acude con sus mejores galas y evoca como un vapor rosáceo  aquella vida en que tú y yo fuimos agua y fuego. Los geranios se ríen a carcajadas, y los patios lucen sus losas   con el ardor del sol. No pesa el olvido  y abrazo al hombre que fuiste  y que, de vez en cuando, decide regresar. Ese instante de cascabeles  que ronronean en su metal  canciones de festejos. Tú, en tu corporal, en tu azalea, en el zumbido de los insectos sobre las flores de los cactus. Pero yo no me engaño  porque regresará el torrente  de barrizal y caña. Tu rostro  será el hombre que me dejó en mitad  de una acera. Y cobijaré a la tristeza de lo que  florece para marchitarse con la noche. Volverá tu piel distinta. El gesto árido de los que extravían  la ensoñación.  Y sé que mañana te habrás marchado. Y tu cuerpo me negará tres veces.