Compadre
Se me caen las lágrimas.
Se me empañan las mejillas.
Iván, poeta y buen hombre,
ha comunicado la partida de su mujer, Marga,
y me he quedado de piedra,
pensando en sus hijos aún pequeños.
Este mundillo de locos,
donde en una esfera agónica
rendimos pleitesía a las instantáneas,
opacos duermen aquellos que,
en su enfermedad,
dejan un rastro de plenilunio.
Goteos en el hospital,
como una lluvia contenida
de la quimioterapia
que alimenta la flor salvaje
de una tundra repleta de serpientes.
Querido amigo Iván,
bético y de poesía de titanio,
hoy nos has escrito
el poema más difícil
sobre un melancólico muro.
¿De qué sirve luchar entre los monos artificiales
en esta semana que se supone que es la vida,
de prioridades perversas,
de dinero congelado
para mítines, misiles y mediocridades?
Lo siento tanto
que me he negado
a contemplar la belleza absurda
del eclipse.
En una fantasía que anestesia
los ríos con residuos,
la fruta transgénica,
el aire perfumado
de toxicidad desesperante.
Te abrazo.
Te abrazo.
Y pienso en tu familia.
Y no puedo evitar llorar
y escribir este poema
mientras todo el mundo se mira el culo,
perdón, el cielo.
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