La señora de la limpieza.
Sentados en una repisa, en un desfiladero de butacas. Una que sube en el ascensor, otra que pliega, hasta el hombre que quiere matriz en su vientre. Pasan las farolas a las tres de la mañana y sólo un habitante con una bolsa en la línea, número 38. Todos en coral hermética, de mudez de boca, de boca sin lengua, lengua aborigen, manos con sabor a lejía y calcetines de rombos. En este trayecto en que, había prometido que no iba a escribir un poema. Pero, un grito de paritorio nos devolvió a la vida.