Reseña "El grito de los girasoles" de Isabel Rezmo


LA POESÍA FRENTE A LAS GRIETAS DE LA HUMANIDAD 

Hay libros que no se leen: se atraviesan. Libros que nos colocan frente a un espejo incómodo, nos obligan a mirar las grietas de nuestra sociedad y nos recuerdan que, bajo la apariencia de civilización, todavía habitan los hijos de Caín.

 «El grito de los girasoles», de Isabel Rezmo, transita por ese territorio de sombras donde el individuo, despojado de certezas, se enfrenta a la hipocresía, a la desigualdad y a una humanidad que parece haber olvidado el significado de la palabra "nosotros".




Poeta, gestora cultural y crítica literaria, Isabel construye un universo poético que no necesita nombrar una época concreta para retratarla. Aunque algunas de sus imágenes puedan evocar el aislamiento y las fracturas que dejó la pandemia, su escritura trasciende cualquier circunstancia temporal. Lo que plantea  pertenece a un escenario social mucho más amplio: el de un mundo donde la distribución de los recursos y las oportunidades continúa trazando fronteras entre quienes pueden vivir y quienes apenas consiguen sobrevivir.

Su denuncia no se articula desde el discurso explícito, sino mediante una sucesión de metáforas que abren heridas. La naturaleza pierde su condición de refugio y se convierte en testigo de una humanidad que ha roto sus vínculos esenciales. Todo parece conservar su forma, pero algo irremediable ha dejado de respirar en su interior.

En estas páginas, la metáfora no adorna el pensamiento: lo desnuda.




El propio título, «El grito de los girasoles», encierra una tensión sugerente: la de una naturaleza asociada tradicionalmente a la luz que, sin embargo, necesita gritar. ¿Qué sucede cuando hasta aquello que identificamos con la vida y la esperanza se convierte en testigo del daño? El grito puede entenderse como una forma de resistencia, una llamada que emerge allí donde el silencio se ha vuelto insoportable. Los girasoles dejan de ser una imagen decorativa para adquirir la posibilidad de convertirse en una voz colectiva, en el eco de aquello que la sociedad prefiere no escuchar.

La estructura del poemario, sin títulos que orienten o anticipen el sentido, nos conduce por un reguero de escenas numeradas. Cada una funciona como una nueva secuencia de una representación mayor, como si asistiéramos a un monólogo fragmentado en el que las imágenes fueran componiendo el retrato de una sociedad en conflicto. Hay dramaturgia en esta disposición, una tensión que remite al escenario y a la confrontación del ser humano consigo mismo. El poema no siempre explica; a menudo interpela, acusa o deja suspendida una pregunta.

En esa arquitectura se perciben ecos de la tradición teatral de Calderón de la Barca y Shakespeare: el conflicto moral, la fragilidad de las apariencias, la lucha entre lo que somos y lo que representamos ante los demás. Sin embargo, Isabel traslada esas tensiones a un lenguaje propio, contemporáneo, donde la conciencia individual se encuentra entrecruzada por las contradicciones colectivas. El escenario ya no es solamente el tablado: es el cuerpo, la calle, la memoria y esa sociedad que ha aprendido a convivir con sus propias contradicciones.

La escritura adquiere entonces una dimensión mística, aunque alejada de cualquier espiritualidad complaciente. Es una mística actual, áspera y terrenal, que no busca escapar del mundo, sino penetrar en sus zonas más oscuras para averiguar qué queda de nosotros cuando desaparecen las certezas. 

Hay también una cualidad onírica en sus imágenes, una lógica que no responde siempre a la razón, pero que alcanza una verdad profunda a través de la asociación inesperada. Sus escenas parecen proceder de un sueño inquietante en el que los objetos cotidianos han perdido su inocencia. Lo que debería protegernos se vuelve frágil; lo que debería unirnos se descompone; lo que debería permanecer vivo se transforma en una representación inmóvil de sí mismo. Y, sin embargo, esa dimensión somnolienta no diluye la denuncia. La vuelve más incisiva.

Porque la poesía de Isabel Rezmo no se limita a señalar las heridas: cuestiona el mecanismo que las produce. Rechaza la hipocresía de una sociedad que proclama valores mientras consiente la desigualdad, que habla de humanidad mientras administra la indiferencia, que levanta discursos de solidaridad sin preguntarse quién queda fuera de sus límites. 

El prólogo de Miguel Ángel Cañada acompaña la entrada a este universo, mientras que la portada, concebida por María Molina, poeta y diseñadora e hija de la autora, incorpora otra mirada creativa al nacimiento de la obra. Palabra e imagen se encuentran así en un proyecto que entiende la poesía como una forma de expresión capaz de extenderse más allá de la página.

Leer esta obra es aceptar que la poesía puede ser, simultáneamente, interrogación, denuncia y búsqueda. Que el lenguaje poético puede descender a los lugares más oscuros sin renunciar a la belleza, y que la belleza, cuando es verdadera, no tiene por qué ofrecernos consuelo: también puede  despojarnos de nuestras excusas y devolvernos una imagen menos complaciente de nosotros mismos.

Y es precisamente ahí, en ese territorio donde la humanidad parece deshacerse, donde la poesía de Isabel Rezmo levanta acta. No para certificar que todo está perdido, sino para recordarnos que todavía somos responsables de aquello que permitimos desaparecer.


Lluïsa Lladó.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Olelibros _Loto azul

Oda a Odín

Reseña «Birding» de Lourdes Vicente Bertolín