Transiberiana gata
A veces esperamos que regrese el amor, pero se queda quieto como una fotografía antigua.
Te empeñas en que las cortezas no raspen,
en una curiosa impunidad de la natura.
Brindas con desconocidos
y recibes la noticia gris
de una poeta hermosura.
Esta transtextualidad de hologramas,
de frutos que nunca fueron un árbol,
de metros galopantes
cruzando la alcantarilla de Madrid
bajo un sol ardiente,
en locales rojos de melancolía.
Escuchas conversaciones ajenas
y te regocijas con la disparidad
mientras bebes lo prohibido.
Tal vez el alcohol cure las heridas invisibles,
aquellas que habitan en los cueros
de nuestras venas,
como vagones a 300 km/h,
mientras la anatomía digital nos engulle.
Rosenvinge se corona
sobre las luciérnagas de un escenario
y mezclo mi cuerpo
con la soledad de la noche,
que, caníbal, te lanza a la jauría.
Las almas perdidas
sobre butacones de terciopelo
y el silencio de mi apellido
con el resplandor litio de mi nombre.
A grandes pecados:
grandes capitales.

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