Viaje a Irlanda: Jack y Nancy
Efluvio de amor irlandés.
Flama petrolífera de Jack
que sonríe a las gaviotas
en una escenografía de Ulises.
Jack tiene una barriga hídrica de cerveza,
se contornea con el éxtasis de un alcohol magullado.
Con sus mejillas de rosácea,
el extremo nasal
hurga entre los ojos de la gente
en busca del beneplácito
de un euro saltimbanqui.
El vicio es el amor, la fiebre amarilla
que siente por la enjuta armadura de Nancy.
Nancy, de carne que ampara el hueso,
en la cruzada pedigüeña.
Encogida en el suelo húmedo,
como un mal nudo de bordado,
la droga la sujeta como un hilo
a la rifa de un sótano.
Él sujeta la botella, timón de motín,
y araña la moneda para la sobredosis
de su amante.
Tal vez asir el dinero
con la voracidad de un pan
entre sus dientes de humo
resulte el sexo más caliente
del barrio.
Tú quizás no lo entiendas.
Pero la ternura de los suicidas
está en los retratos de los museos,
en la necesidad de lo cósmico,
en su viaje de neón.
Jack, el guardián de la puerta del Spar,
ama con el conjuro
de una necesidad oscura.
Nancy sonríe, mientras vuela.
Y mira el hogar más bonito de su larvario.
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