Crepúsculo
Ha llegado la calma,
una mudez absoluta
después del temporal.
Platos vacíos,
fregaderos convulsos
en un bodegón
de cucharas y sartenes.
La vocal no dicha.
En el amanecer que emerge
con la resaca de los tambores,
cuando la vorágine
celebra el ascenso volátil,
descansa el árbol,
duerme la basura
en las acequias.
Ningún pétalo se inquieta.
La fuente bebe su propia gota
para evitar el quebranto
de esta imagen inmóvil.
Los papeles dormitan,
los plásticos desinflados
arremolinan sus huecos
como cuerpos dormidos
después de la fiesta.
Miro mis manos
de hojas cansadas.
Observo el sol
que ilumina la urbanidad
que decae ante el hermetismo
de los objetos inanimados.
Y yo me pregunto dónde habrá
este viento cabrón
depositado la semilla,
la que vuelva a traer la música
a esta casa.
Volanderas de ruidos astronómicos
en la inmediación de un ulular ambiguo:
la nubosidad rosácea que augura tragedias.
¿Dónde descansa mi poso?
Molino de revuelta.
El estrépito naranja de un domingo
que aparece espléndido tras la caída del muro
en una selva sin palabras.
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