Desavenencias
El aguanieve tiene un comportamiento extraño
en su mezcolanza de sólido y de fluida pretensión
cuando se desmorona del cielo.
Supongo que es un contrato temporal
que, en esta desprovista vitalidad,
nos condiciona de rata a león
y después hacia un paréntesis de galaxia.
Nos enseña el valor auténtico
de lo que realmente nos hace felices:
el amor en su dualidad,
ese híbrido de intestino y cabeza
regado por ríos de palabras
que nunca aprende de los errores.
Y, como diría Rosalía (no la de Castro, sino la otra), ser ternura para el café
supone el mismísimo reto
de un copo desvanecido en agua.
Que la sal y el azúcar se asemejan.
Que la distancia, comparada con la de dos lunas,
es un suspiro.
Y que aquí, en este poro madero,
acurrucada con la pena marchita, flor de la tarde,
abrazo sin manos
todo aquello que anega al corazón.
En un silencio, como un gorjeo de meteorología
que, mixto, calla su tronada y conversa el sol.
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