Onda, mon amour

Las calles que suben al castillo 

tienen nombre de poetas 

y de ciudades del sur.

Parece que soy el diálogo: 

la serpentina entre las páginas de un libreto,

en este mes febril,

como un animal entre las matas 

después de su abandono.

Me cuesta mantener el ritmo 

y en la mayoría de las casas 

son bocas cerradas a la osadía 

de una pretensión nómada:

la de obligar a mi corazón

a una rutina de ejercicios,

la manera en que el tiempo flexiona la belleza, 

el mar, un marco en este paisaje 

de muros de fábulas 

con la necesidad imperiosa 

de sentir que estoy renaciendo peregrina,

gorrión ausente, náufraga de tierra.


Aquí el viento se hace querer 

pues yo sé que viene de la costa;

es húmedo como los labios adolescentes 

que hurtan besos en rincones 

de esta articulada caminata.

Me gusta la paz.

El pino, la piedra, los saludos de los lugareños 

en el trabajo arduo del cruce dominical.

Me siento tan diminuta. Un guijarro celeste.

Y lloro porque las rocas 

también hablan, árboles de fósiles,

de vivencias y objetos.

Mientras el sol nos acoge 

en esta ceremonia de seres anómalos, 

de poesía entre las uñas del tiempo.


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