Siete de corazones.

Despacito y con buena letra,
así, ebulle el caldo
cuando un hombre y una mujer de la cepa engarzan
piernas
brazos
dedos
lengua
y hasta la última arandela.

Con la entrega de un corazón
que ha perdido sus alambres
y se asemeja a una rosa
en cueros tomos de tu voracidad
de la piel contra la piel,
como  un grano de café,
con la solicitud de la burbuja por el émbolo.

Has apoyado tu rostro sobre mis senos
para escuchar mi latido,
ese que has devuelto a la garganta,
y que has poblado de luna. Tú que me recogiste del barrizal
con la herrumbre en costra
con las amebas perforando mis córneas,
en boca llena de peces naranjas.

Tú, que elevas el espíritu
y sacaste el limo de mis orificios para devolver la música
a un temblor de rodillas,
de labios trenzados a tus labios,
de anillo a su planeta.

Tú, que me gritaste:

-Despierta, huye de la muerte poética.
 Respira, anida cielo en vena.
 Ama, bajo el crisol de mi cuerpo.
 Siente el triángulo de las aves.

Porque yo, yo no soy un sueño
y sangro cada vez que miras al horizonte.
 En monte derruido de Venus.

Olvida, bebe de mi boca,
y olvida.
                                         
                        Los amantes de Edvard Munch.

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