jueves, 3 de marzo de 2016

Clavo y rosa.

Mis manos acostumbradas
al limo, están covertizas,
santeras, como una tarjeta
de crédito con un código nuevo.

Tengo miedo, para qué fingir,
si no hay de tu verso
ni una línea que no sea recta
con la caligrafía de la bondad.

Si me llenas de geranios el pelo
y tu cadera  pretende pasear en barca
a esta mujer de musgo.

Qué extraño sentir la dualidad,
el ritmo al eco,
la voz al labio,
la medida al camino.

Cien cataratas caen
por mi estómago
y pierdo la brújula
cuando me bebes rosada.

El mirlo quiere.
La jaula espera.
Listo que me corola
en estambre de agua.

En tierra el recordado,
se debe a ello
y a lo hermosa
que me haces sentir cuando me rodeas alambre.

No seas celoso.
Es lo único que te ruego.
Pues, lo he leído en las tramas
de tu mano.

No pronuncié a Otelo
por casualidad.




2 comentarios:

  1. Dos partes de un mismo sentimiento que se complementan.
    Precioso!!

    Un abrazo

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    1. Gracias, José, para mí este tipo de poemas no son poesía, son malabares para engendrar.

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