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Paseo de los Tristes

 No hay mayor derrota que la retirada del cariño y la ternura.  Las calles sin salida y ser  el zapato de un pie pequeño, perdido en el arcén. No, no hay mayor tristeza que un estómago vacío, las manos abiertas esperando el rezo la lluvia cierre de la verja y que dormido el cuerpo busque la caricia nube, el pasillo redondo, los huesos en lumbre por la pena de andar entre las farolas del Paseo de los Tristes. No hay mayor tristeza... Diga: -suerte, mosca o tranvía. Que morir y que miren por la ventana como te marchas sin música, tristeza de pan duro, a la soledad que fue  de donde te sacó la noche.

Transformación

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Con el aire aún en los pulmones de una ciudad Lusitana. Me acordé de los momentos en qué uno pleno rechaza la vida. La vida simple  del abrazo. En esta escalada de calles. Aboque de temporalidad. Con los adoquines testigos  de una tristeza de viola. Porque allí la guitarra española, se denomina cómo si se tratara de otro elemento. Descubrí, no por primera vez, el océano Atlántico y mis ojos fueron lanchas motoras  cruzando de un extremo a otro. De una villa  que trajo la soledad a la mano, niño perdido en un zoo, de dedos cortos y palabras cerezas. Lisboa, es espectacular. Me amó hasta la saciedad. Igual que un famélico entre guirnaldas de flores. San Antonio y San Vicente porteadores con la luz del mirador que te hacen creer que eres una persona. O un bacalao. O un parásito del cosmos. Hasta el próximo viaje. Lisboa necesita una oración para que su relato sea el definitivo y se cierre para dar chispa a un nuevo capítulo. Aquí en una maceta. Hojas y brotes.

Tebas y otros dispares

Te has olvidado de mirar la cara del amor. En esta imposibilidad, refugio aéreo, de la cómoda imagen del que niega la arena en los ojos. Te has llenado de néctar por dentro,  aguardando la metamorfosis. Azúcar panal  de silencios que copan la aritmética del que sólo ve el amor de puntas a través de una pared alta. Te has cosido la pena y ahora en este estanque de paz que embriaga, deshecha del trébol. Niegas la hiedra y el musgo. Cómo un clon que huye del subterráneo. Te has perdido y no importa. Te has dado a seis puntos. Para saber que lo que se busca no rima. Y que el verso libre campa  por mi colmena serenidad.

Safo resucitada

Cruzar el centro comercial  ataviado de luces. Con los focos de ahogamiento  y la gente abanico de un sector a otro, regalías de ascensores. De repente, el cruce  de un joven con un libro  recitando a una chica unos maravillosos de Safo. Creí ver amanecer en mi tarrina de helado. Y sonreí, en la grifería de los grillos metálicos  para atestiguar que la esperanza existe en un comercial centro  de mano de dos enamorados entre las bambalinas y el vestido al por mayor.

La pólvora de la tinta

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Has percibido el estruendo del tiro del cazador. Viaja a través de la maleza y los botes de plástico. CapaTAz de herir la transparencia adopta similitudes, se reencarna en flecha. Descaro de sorna. Y llega con premura a perforar el tímpano. Tengo orejas, dos orejas en el corazón, insignia taurina,  que han reventado por la dejadez del que poderoso te lanza. La diana no es lo importante. El furtivo ha caído moribundo y un poema rojo fluye por su boca. Eres tú, la bala. De fogueo. El espermatozoide balístico. La gravedad de erigir el sino botulínico. La APP necesaria para extraviar el recuerdo. Y no desempeñar la función del que caza o tropieza (con la cairina). Eres el mensaje. Y no puedes detener tus pies ni tus manos. Las gacelas extintas. Abatimiento. Y este corazón micrófono que se desplaza a unos 1080km/h.    

Flama

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El incendio parecía una instantánea. Un cuadro de Goya en el prado (esperando la sentencia de los invasores), boca de dragón abierta = Anunciación hacia la puerta de un club de alterne. Infierno, infierno, infierno. El verde paralítico no podía correr al auxilio de la paz. De las ubres de agua. El mar, otra agónica  en la sequedad. Muerte que difiere de este crematorio visual. Sangre abrasadora. Especulación del demonio. Bajo la cúpula de humo que amparaba el desastre ecológico. El señor de la gasolinera riega con una manguera toda la estación. Riega, riega y riega. Qué ilusa la mirada de la fe internauta.  

Hubo menos tráfico

Claro que hubiera sido mejor contigo. El amanecer en dos copas. Y pisar los adoquines en cuatro movimientos de caballos. Sentir sed a tu vera. Y el sudor del descanso  enhebra de tu salvaje. Hubiera sido un rasca de la O.N.C.E.  en manos de un ludópata. Un beso de cartulina para la careta del desfile. Abrir el pecho de jazmín y el olor característico de la costa río. Observar la belleza con tus ojos. Y recordar tu historia  en el barrio y la vestimenta. Pero no estabas. Con mi ausencia encaramada  a un caracol en un día de viento. Y te eché de menos. Nacer en Lisboa. Sin tu permiso. Resucitar en Portugal. (Me hubiera gustado que estuvieras) Con mi cascabel pena, envuelto de tranvía, de ecos y filias. Y de "portugalamor".