Señora

Flaco,
cuando lo sostengo sus huesos
me saludan descarados.
Y su corazón no me pertenece.
Le gusta el orden.
Que las reglas no se quebranten.
Me ha reñido porque pongo los pies en la silla. Y aunque reconozco
que estoy aquí porque quiero,
cumplo cada una de sus peticiones.

Ayer noche, la madeja a casquillos.
Y la nostalgia me cosió a besos.
Me pidió que le llevara cuatro libros.
Cuatro, en concreto.
Parecía un réquiem
y yo un notario de barrio bajo.
El lobo estepario.
La náusea.
El pájaro pintado.
Y el último de la trilogía de Sabato.

Los busqué en su librería.
Entre cartas de su antigua novia.
En esa vivienda moramos
muchas mujeres.
Ella, era o es, poeta presunta.
Y nos parecemos físicamente.
Ella quería ser la señora de.
Yo soy una proscrita.
Y nunca he sabido lo que anhelo.

Le he traído las novelas.
Me siento a su lado.
Mientras me explica que en el jardín
que divisamos desde el ventanal
observa urracas y palomos fugaces
en busca de sustento.
Pero, que el patio, de fogosidad verde,
pertenece a una pareja de mirlos.

Territoriales y de hace ya tiempo.

El amor de las especies.
De los pájaros.
Una poeta pésima.
Y él que escribe mejor que ella
por el lacrimógeno escrito.

Él fustrado no exibe su creación.
No habrá hijos,
ni casamiento.
Ni iremos nunca a vivir juntos.

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