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La buena escuela, la de caminar pegadas como chicles a la pared por los pasillos en orden alfabético con la cabeza gacha y mudas como figurantes de un corto de cine de gris. La buena casa, de no salir de noche de misa de domingo, de tacones a los quince y fumar en el patio. Meter algodón en sostenes de supermercado y compartir la calada con niñas hambrientas de anarquía. Del rosario al móvil del mañana, dos rombos y pantalones pitillos. Crianza malhumorada de reprimenda y traumas. De la buena escuela, de la buena casa, sal, vino de mesa y gaseosa te aseguro que todo lo que sale de ella, es rancio. Malo de cajones. ILUSTRACIÓN de Erika Kuhn

Galápagos

Tal vez seamos cuerpos enterrados en la playa aguardando que suba la marea. Ingenuos deseando un sombrero que no es de la medida, añoranza de un puerto cuando resides en la mina de las vanidades. Tal vez cabezas expuestas a la primera ola, engreídas tortugas que desean el agua de la redención. E inmóviles son cebos para las aves Añorar la imperfección de la vida. Bailar melancólico. Acariciar a los gatos. Coger mi maleta y subir a una aeronave. La añoranza de lo imposible, de los árboles que crecen como dagas prostitutas: subsistencia, sobrevivir malviviendo a una vida de casillero de Monopoly. Abeja asexuada, rutina de desgarro la normalidad te mata. Lobo que aulla, gota que jamás salpicó de su agua. Café, sangre y mucha mierda disfraces que con hipo causan un aborto de enjambres. Está claro que hay silencios negros que hablan, que mi cuerpo adolece tu tórax. Deja que moribunda plañe el amor que jamás sintió tu raíz hacia mi isla Esta quimera es l...

De verdad

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No hay mayor tristeza que te retiren el cariño y la ternura. Que las calles no tengan salida y ser el zapato de un pie pequeño perdido en la acera. No, no hay mayor tristeza que un estómago vacío, que las manos abiertas esperando el rezo, y que la lluvia te cierre la verja, y que dormido el cuerpo duela y busque el abrazo, la caricia de nube, el pasillo redondo, los huesos en lumbre, la pena de andar por las farolas, no hay mayor tristeza, diga suerte, mosca o tranvía que morir y que miren por la ventana como te marchas sin música, tristeza de pan duro, a la soledad que fue de donde te sacó la noche. Con cariño y ternura. ILUSTRACIÓN de Erika Khun.

Deshoras y respiras.

A las tres de la mañana pueden ocurrir vidas paralelas, mientras unos concilian el abismo otros como llamas de gas nos consolamos con las redes, las redes metafóricas en luna menguante. El insomnio nos une en carnaza de luceros que nombran al sueño en conjuros. Apretamos fuertes las mandíbulas para que no huya la transición de las horas. Con la boca en cepo devoramos a todos los rebaños en cautividad. Y entre los que parece que la cafeína hizo trance existe el diálogo poético de los que leen, escriben y piensan. En Barcelona truena. Y un despertador ha sonado inoportuno. Musitamos a regañadientes la nana de los que despertó de golpe una mágica frecuencia. O fue un vómito carmesí que ha mojado mi camiseta con olor a polilla y los senos mojados por el pantano de mi estómago. Son la cuatro de la mañana. Y me siento una hoja bajo la tierra  y el estiércol.

Sabina tenía razón

Cómo un perro abandonado en la calle deambulando por la gasolinera con la cola extraviada y la lengua igual que un fleco desprendido y doy coces de burro y estiro las piernas y me convierto en un semáforo absurdo. Y en las aberturas se cuelan papel de impresora con la galería pletórica de bolsas y trozos de cartón lastimado, como un gran panteón familiar de restos y botijos. Mi abuela me enseñó una cosa, o quizás me lo contara en sueños mientras dormía en una puta noche de estío. Cuando te lanzan al vertedero, y es testigo la noche cruzada de las almas, y el cansancio se viste de chaleco mata-vidas, la bolsa cae en picado, y eres carne picada, tus últimos ahorros eran cuatro besos y una caricia de pago. Y los zapatos se ausentan, y lo que más amas, de repente, está ocupado depilándose el vello de las cejas. Y no tiene tiempo para el can lastimado, si la vida no es una película de Walt Disney; la botella de oxígeno aguarda, sabe a ginebra y a madrugada de perro ab...

Caos

Cuando estemos muertos y nadie hable de nosotros y las páginas giren por si solas por la ruleta lúdica del viento de más de tres mil ventiladores; y los besos sean muecas de bocas trasvestidas y los ascensores cuelguen de los edificios como fruta de un árbol y ladeen su música, y los libros: solteras con olor a vinagre y me mires y parezca una extraña foto de anuncio, y las ballenas sean huesos balísticos, y los gatos ladren, y tú me mandes por la cuerda floja, dentro de esa maldita cabina, ascensor-cohete de cinco dedos, manos y trozos de carne florecida, y me ponga la rosa por mechero a encender hogueras de pena, y los bolsillos de serrín haciendo de reloj sin agujas. Crea compañero, maniquí, cero estático, tocho de mugre y apariencia entre sadismo y veleta, que estaremos muertos y nadie nos salvará de la paranoia, ni a ti, ni a mi persona, cuando caigamos como manzanas de feria. Y estemos podridos por la audiencia.

Trombosis

Si sólo disparo en defensa puedo administrar la palabra de asesina trotamundos con la lluvia del palmeral que entre ráfagas cita poemas. Descifrar el código abierto y leer en los ojos la sentencia previa, las líneas de las manos reverberadas igual que en la nieve caen las huellas. Ser un muerto antes de nacer, tener los días contados por decreto igual que al suicida, su noche sin estrellas, el orgasmo teatral, las uñas, el bordillo del barranco, el azul en el pez. Un decapitado luciendo su cabeza como un trofeo. Caminando entre las zarzas, y hablando con el corazón porque la boca se llenó de gusanos, de las malas artes del verde. Una cabeza, entre el brazo y la cintura. Y lanzarla a la jauría por un billete de cinco euros. Para sentir la pena, la decepción canalla y escuchar la burla de los mirlos.