Narcolepsia

Tal vez lleve a cuestas una encrucijada:

la tarea de devolver al latido

un bloque marmóreo.


Llevo años tras la escultura cobijo

de un cortinero inexistente.


Golpe, zanja, surco

en obra maestra de la incredulidad

que cuartea sus manos

antes de abrir una brecha sobre tu pecho.


He pateado con fuerza

el hieratismo, el muro de Berlín,

el ocaso de nuestros cisnes

tras el horizonte de una apuesta.


Cuando saliste del hospital,

tu amor se quedó en alguna sala muda.

Tu rostro cambió

sobre tu piel crisálida

y mis fuerzas fueron alas de cemento.


Yo te llamaba a gritos.

Pero tú nunca regresaste.


La medicina se apoderó de tu mente

en un delirio de callejones sin salida.

Te miro y no eres tú.

Y en tu laberinto aúllas

cerca de las paredes más altas.


Fíjate cómo estoy:

no tengo nudillos

y el hueso me señala la puerta hacia la salida.


Qué incrédula, creer en el milagro

de que el amor puede con todo.

Créeme que no,

que la piedra que me hunde

olvidó nadar en los charcos

y mi cuerpo, choque malabar,

está exhausto de esperarte en la acera.


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