lunes, 5 de febrero de 2018

Necesito descansar.

I

En el día de mi nacimiento, mis matronas ungieron la señal.

La marca que cada día de mi vida mi madre me recordaba.
Cuando al caer no acudía al auxilio.
Con las rodillas violetas y entre sollozos de hilos,
me levantaba del suelo
porque sinceramiente sólo el viento se dignaba a despeinar
mi pose, mientras escuchaba el recordatorio perpetuo
de que había tenido un trato diferente para poder la fortaleza
formar parte de mi estigma.

II

Recuerdo la visión que enturbió la retina.
Fue un mal presentimiento.
Soy cuervo, y a nosotros siempre la mortaja nos ronda.
La enfermedad se dislumbraba igual que un faro.
Y sacudí las alas.
En símbolo de aseo.
¿ Era cierto?
La imaginación y su demagogia.

III

Una de las cosas que más admiro de la naturaleza,
es su capacidad de regenerarse.
Cómo los animales luchan hasta el minuto púrpura
para sobrevivir a sus congéneres.
Arañas devoradas por sus crías.
Escorpiones envenenados en el fuego.
Baile de cornamentas. Salmón, chimpancé y delfines.

IV

Acaso el humano, en su espiral audestructiva
forma parte de la filosofía. Con alimentos infestados,
y la radioactividad de las ánimas.
Capaz de crear, pero, a la vez de destruir.

V
Y qué sucede, si es uno mismo.
País que se atisba en la parsimonía.
A la espera de la ola, la mancha, el opio.

Cuando nací me estigmatizaron, con la sensibilidad del rocío,
para el poeta es incomprensible
contemplar la rendición, la indiferencia, la neutralidad.

Lucho con aplomo,
Lucho con fe.
Lucho, pero, y si alguien se toma el tiempo con el pasotismo.
De un pequeño viaje.

Me niego. A soltar a la deriva la flor de loto.
No puedo. Porque hasta sin vida
mi latido rabioso y sublevado
cantará.

Cantará el grito de guerra aunque no esté presente.









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