viernes, 17 de octubre de 2014

Arenquillas

Esta noche un extraño sueño
ha acudido al cabezal de la cama.

Pescaba con caña en penumbra, en un mar crepuscular anudé una lombriz
que era resto de pellejo de mi propia carne
y con ahínco vi en el hilo sumergido
como la tensión combatía con la fuerza
de unos brazos inexpertos
a tal hazaña.

Una vieja profesión,
una afición en arena y sin sentir frío.

Había a mi vera una persona gigante,
quizás era niña, o que mi acompañante
me superaba en tamaño.

(Últimamente las playas, los océanos, la salitre
acuden a mi vigilia terrestre)

Y allí un pez que sufría atroz apareció de entre la aguas,
viendo como sus branquias se elevaban
pretendiendo ser alas sin cielo.

Lloraba desconsolada ante el sacrificio de matar vida
para seguir viviendo.

Eso es el amor, a veces el hambre
nos obliga a mutilar el sentir de cada uno de nosotros,
el garfio poderoso Afrodito, con heridas o no,
cuelga a la víctima.

Expuestas a la inclemencia de una tarde oscura
donde mar revuelto
es ganancia del pecador.




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