En ocasiones, sobreviene la paz, esa calma que escasea en su búsqueda floral entre los adoquines. Paraíso dominicano de leer un buen libro de poesía mientras paralizo a mi ansia con bizcochos de chocolate, rellenos de gelatina de fresón. Yo, también, sé lo que es una cierva, un cuadrúpedo extraviado en la tundra que remueve la nieve para mitigar la voracidad. El puñado de hierbas ocres que se semejan a las cuatro palabras en boca del amante que te abandonó entre la muchedumbre de coches locos con faros halógenos y conductores de cartulina. Sé, muy bien, de la desesperación entre los árboles oscuros para descubrir la luz arroyo de la falsedad amatoria. Yo que soy la cierva número diecinueve, escafandra de cuero y picotazos, que desfallece por el cabrón de turno y no entiende del mestizaje, cornudo exponente en este camino borrado por los copos con la hilera de un automóvil niño que pita su claxon antes de atropellar a la m...