Reseña ARCHÉ: una constelación orgánica- Javier Gato- RIL Editores
ARCHÉ: una constelación orgánica
Javier Gato | RIL Editores
Hay libros que nos devuelven a las preguntas primordiales, a ese territorio donde el pensamiento todavía no ha separado la materia de lo sagrado, la naturaleza del cuerpo ni la existencia de su misterio. Arché, del filólogo sevillano Javier Gato (1987), publicado por RIL Editores, propone una mirada filosófica que trasciende lo estrictamente carnal para adentrarse en una concepción de la universalidad.
El título, procedente de la filosofía griega, nos ofrece una primera pista sobre la naturaleza de esta obra. Desde esta premisa, el autor despliega una particular cosmogonía en la que los elementos que dieron forma al mundo y a la humanidad participan de un mismo devenir. La existencia se conforma una constelación orgánica en la que ninguna manifestación de vida parece ajena a las demás.
Uno de los aspectos más sugerentes de esta propuesta reside en su concepción de lo sagrado. Hay en el libro una suerte de dogma propio, una arquitectura de pensamiento en la que la materia y la trascendencia no se excluyen, sino que conviven. Lo físico no representa una frontera para lo espiritual: es precisamente el lugar desde el que puede manifestarse. La naturaleza no es un escenario contemplado por la vida, sino un organismo del que formamos parte.
Esta dimensión adquiere una intensidad especial cuando la mirada se detiene en el cuerpo femenino. La maternidad, la gestación y el alumbramiento se incorporan a esa reflexión sobre el origen, pero también las distintas etapas biológicas de la mujer, sus ciclos, los fluidos, la fertilidad y el envejecimiento. El cuerpo aparece como una geografía donde lo visceral y lo divino establecen un mestizaje de enorme potencia simbólica. El cordón umbilical, el vientre y el seno materno adquieren una dimensión que confiere su condición fisiológica para convertirse en espacios de creación, acogida y permanencia. La maternidad deja de ser únicamente una experiencia biológica para integrarse en una concepción más amplia del nacimiento, la memoria y la continuidad generacional.
En este universo, el fósil y la huella adquieren también una dimensión significativa. Ambos remiten a la memoria de la materia, a la persistencia de aquello que ha desaparecido y, sin embargo, continúa dejando constancia de su presencia. El fósil es tiempo sedimentado, vestigio de una época anterior; la huella, la inscripción de un tránsito sobre el mundo. Son indicios de permanencia que conectan lo orgánico con lo geológico, el cuerpo con la tierra y el pasado con el presente.
En esta lectura cobra especial interés la idea del ojo procesador, una mirada que no se limita a contemplar cuanto sucede, sino que recibe y reelabora la realidad.
Durante la lectura no he podido desligar esta atmósfera de la mística de san Juan de la Cruz, de su búsqueda de lo inefable y de esa experiencia en la que lo sensible parece abrir una puerta hacia otra forma de conocimiento. Tampoco he podido evitar la evocación de Ana Mendieta, la artista cuya obra estableció una relación radical entre cuerpo y bosque.
En ella, como en algunas de las inquietudes que despierta Arché, la corporalidad no está separada del universo: pertenece a él, se funde con él y participa de sus ciclos.
A esta construcción se suma la presencia de locuciones y expresiones latinas, que introducen una resonancia clásica y casi litúrgica. El latín funciona como un eco del lenguaje que remite a la tradición como si el pensamiento necesitara también de una lengua precisa para pronunciar sus propias invocaciones.
Pero si hay algo que merece especial atención es la riqueza de su imaginario y el ritmo conseguido. Javier Gato construye una obra de asociaciones en el que los parajes se incorporan al cuerpo y el cuerpo, a su vez, se convierte en origen. La materia adquiere voz, movimiento y una dimensión casi mitológica.
En este despliegue de imágenes hay una extraordinaria capacidad para establecer correspondencias inesperadas. No se trata de acumular metáforas, sino de construir un sistema de resonancias en el que cada elemento parece prolongarse en otro como una sintaxis biológica y matérica.
Una afirmación que concentra buena parte de la poética del libro y que encuentra en su disposición y en su contundencia un verdadero golpe de percusión.
El ritmo acompaña esta construcción con una cadencia que alterna la respiración contenida de los versos. El lenguaje adquiere así una condición física, casi táctil, capaz de dejar en el lector sus propias señales.
Arché es, en definitiva, una obra de sensibilidad profundamente femenina y de ambición filosófica. No se limita a hablar de la mujer, sino que encuentra en el cuerpo femenino, en la maternidad y en sus procesos una vía para interrogar el sentido de nuestra permanencia primigenia.
Una lectura que nos devuelve a la materia primera, al alumbramiento y a la conciencia de pertenecer a algo mucho más vasto que nosotros mismos. Porque quizá el origen no sea solamente aquello de lo que venimos, sino también aquello que, a través de nuestros cuerpos, la poesía chamánica y de todas las formas de vida, continúa sucediendo.
Enhorabuena, Javier.


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