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Declaración de principios

Caminar conmigo no es fácil porque un campo de minas puede ser un remanso de paz comparada con mi disconformidad ante el grito insolente y la solvencia de mi llanto. Soy titerera y lo sabes de lunes a viernes, como una pulsera de mercadillo. Y hacer ruido, y coces. Pero, los fines de semana los demonios que habitan dentro del bolso en martirio golpean mi cara, el pecho, las muelas. Convirtiendo mi cuerpo en un héroe vencido. Pequeña ratonera Pulga astronómica. Peso inalcanzable. Y muere aún más la parte muerta. Y quiero que me odies Pues del amor no soy digna. Y cojas tu crucero. Y sueltes rastro. En un dolor de tiempo. Con miedo y serenidad de noche. Y me dejes atada como un número de resta. Pero, tengo hoguera. Y planes para regresar cabina bajo el tiroteo procedente de la ventana azul. El fin de semana, soy hueso, y cable rodeando al cuello. Soy despojo. Y tu amor me revive. Te quiero con todas tus faltas Como faltas hoy. Y estás a mi lado. ...

Das balas o baladas.

Tengo un tristeza cocodrilo. Del tamaño de un cocodrilo. Una tristeza gigante de color trino. Yo quisiera que ella se encogiera con el tamaño de una lagartija. Sus dientes se grapan a las vértebras. Y me llevan al fondo del río. No quiero bichos portadores de pena. Tengo una tristeza cocodrilo. Un cocodrilo lorquiano. Y me hunde al barrizal porque ella también tiene derecho a comer, a devorar la alegría. Verde, de piel dura. Y colmillos como puñales. La tristeza, grande reptil, del romancero gitano.

Inocente

Me gustaría ser una persona normal, y no esta maraña de siete manos y cuatro piernas. Pensar en la superficie de las cosas. Y no ahondar en su núcleo. No creer en el sueño de la profecía. Y que de mi cráneo no nacieran nidos donde se aposentan distintos pájaros. Fumar aire, beber fuego. No ser este antro del metalenguaje y hablar al vino por su color, y a la mesa por sus manteles. Común, neta, sencilla. Cómo una pared blanca. Llena de agujeros por casquillos. No temer a la pesadilla. Qué vieran los que me arrojaron al mar, mi pena. El dolor que se clava garfio entre las cejas. Este poema de párpado. El parásito silencio roto por la coyuntura de los versos. Ser un mono Y no haber sido el resultado de una refriega. Ni la lágrima en el ombligo. Ni la purga materna. Ni el cuerpo trapo en una silla. Ni una imaginación hemorragia. Con el cuello horizonte por el tubo en la tráquea, episiotomías para otra cuna. Con siete manos y cuatro patas. No ser poeta. Y no...

Desbarajuste

Las águilas de peluche adornan las estanterías de los hoteles. Jacuzzi de cava y fulanas de vestido de lagarto presiden las portadas de revistas de retrete Cuando el corazón cree en la inmundicia. Y la sangre que corre por los canales padece la peor leucemia. Con fotos sin lengua. Con la ergonomía de la sonrisa de las hienas. Manipulación del ojo por el ojo. Aquí en la doble acera, con las pupilas dilatadas por el Martini. Los zapatos en la terraza esperando que la hierba crezca. Las manos de agujeros. La maldad chocolate y los candados de aquellos que tienen el frío de la noche, metido en un vaso. La calamidad de los que aman y topan la soledad por respuesta. El revólver que apunta al sol. El trueno de la soledad del prófugo. Para los exiliados de la niñez. Los cartones de vino. La caja vacía. El huevo roto. Y hotel con peluches de aves y una bañera por losa. Felices fiestas a todos los combatientes. De la nada.

Punto de mira.

Es necesaria la concordia en los funerales. En los campos de guerra. Dónde el soldado mata al enemigo en contra de sus creencias. Puede desempeñar el muerto el protagonismo de una película de segunda. Porque el diálogo es carente ante la pasividad del que no puede mover la lengua. De la tierra que es edificada sin miramientos. El agua verdejo. El cielo con su moho de queso irrespirable cómo las palabras que se encarnan entre las tetas. No hay nadie en la calle. Tal vez la gasolinera esté abierta. Cerveza y una lata de aceitunas. Rosario para los difuntos.

Dragón cojo

Te sacaron de la oscuridad con un foco cómo si fueras una cucaracha. De tu agujero con un palo. O unas pinzas. No recuerdo bien el trance de laboratorio... Luego te daban volteretas dentro de un bote de espárragos. Para que el mareo encandilara lo suficiente. Hasta que el alfiler te abría los ojos entre espasmos. Y hubieras preferido una borrachera en la calle. Y vomitar encima de tu vestido rosa. Qué acabar siendo un botón negro de un disecado taxidermista de insectos. Dar agua al sediento. Debería tener su castigo cuando una vez transcurrido el tiempo no eres más que la colección plagiada del que hace daño con sus tijeras y formol.

Vías

En las estaciones de las ferias hilarates las pantallas, el sol escondido tras la espuma. Una madre atraviesa con sus ojos, el cristal del  vagón. Cómo la lluvia que moja el plástico de los coches aparcados en doble fila. La madre se despide de su vástago femenino cáliz de melancolía. La adolescencia se mofa mientras se encarama las ganas por las cortinillas, butacas azules, moquetas de casas de lujo en pasillos de raíles. La madre ha reclamado tres besos. Tres besos. Yo también soy una madre con mis hijos dentro de trenes, pasan tan veloces que los leopardos son cojos. Y la cara apenas roza el latido de un beso. Ráfagas. Espumillones. Araña que se deja ser fagocitada por su descendencia. Trenes veloces en distintos espacios de tiempo. Y el traqueteo del daño en simiente.