THE MAGICAL NIGHT OF THE THREE KINGS

Mientras escucho en la radio el enésimo parte de metereología, van cayendo pseudocopos que tienen el sobrenombre de gotas de lluvia. En Onda, la niebla parece espuma de poliuretano y, créeme, no puedo evitar a King en su odisea de supermercado, 

comprando a doquier obsequios con papel de caramelo.

He oído un par de bocinas y el relincho de un par de viejos caballos. Los camellos no se aclimatan

fácilmente en tierras sin costa. Y el costo es muy caro.

Yo sé que he sido una chica muy mala, en otra vida;

me lo aseguró una vidente de La Vall, y me quedé tan estupefacta con mi legión de barbitúricos lanzándose al aire cuando las carrozas han bajado por las cuestas.

No espero nada debajo del árbol, porque aprendí a talar con un hacha demasiado poderosa. Quizá 

sea infantil la poda de creer que, si la hierba florece 

y añado un vaso de agua, voy a recibir el contrato de mi vida con la mejor editorial de Montana.

Apenas el año ha arrancado su desmembramiento, ya tengo varios círculos rojos en los meses venideros.

Que yo sea una hereje maga no significa que tal vez mañana amanezcas con una coz o un beso.

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