La pequeña Susana
De niña siempre tuve un sueño recurrente
y, la verdad, con el tiempo se volvió insufrible.
Oía ladridos junto a la imagen de unas linternas, como luciérnagas que iluminaban la noche
mientras huía a campo a través.
La maldad me perseguía sin piedad.
Fue una temporada larga, hasta que un día descubrí
que si abría la puerta de un mueble de la casa de mi abuela, la ansiedad se desvanecía por completo.
Tenía nueve años cuando bebí mi primer trago
y, a escondidas, empecé un ritual que me despedía del miedo.
Por eso, los alcohólicos insertados tenemos algo de la melancolía del fragmento de los cristales.
Aspiramos el alcohol en las friegas de nuestras heridas y pensamos las veces que cualquier objeto nos servía para guardar con celo el elixir sagrado que nos vencía del pánico.
Ahora bebo del agua del mar cuando necesito ahogar una pena.
He roto el camino de la persecución de aquellos que con saña me señalan con sus luces, y los perros son mis amigos.
Perder la inocencia fue fácil para el ataque de una mandíbula de hierro; recuperar la dignidad me ha costado un siglo, y no voy a sucumbir a la peste.
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