I
Estoy sentada en la cocina
y observo el temporizador
de un horno acústico.
Levante de brazo:
el murmullo eólico
por la canción de las rocas.
La cuenta de cien jarrones chinos,
de un enjambre de avispas,
de miles de chinchetas en mi espalda.
He abierto el cajón
y he tomado las tijeras del pescado.
Voy a cortarme la lengua.
II
Voy a cortarme la lengua.
El impedimento de un susurro
que serpentea, pródiga
tu nombre malherido.
III
Vueltas alrededor de la mesa,
entre las sillas malhumoradas.
Un pájaro carpintero
que construye un árbol
de nidos adyacentes.
No tengo lengua,
he privado de libertad a la palabra.
IV
Tambores de guerra
se han cobijado en este molde
de mujer autoestopista.
Golpes, tragicomedia del sentimiento,
que evocan alaridos.
V
El amor es una pamplina,
y este pecho se ha convertido
en un edén de música animal.
Cupido borracho
ha bajado de la cantina
y con un arpón
ha perforado mis vísceras de poeta,
mi vientre cetáceo,
la paz que habitaba en la morgue,
un silencio huérfano.
Todo se ha ido al garete
en un incendio culinario
de llamaradas deformes,
fagocitando la estética
de los muebles con adornos de tulipanes,
electrodomésticos y mi cuerpo tumbado
en el piso, colocado como un figurante
de Lucian Freud,
en un acto de ofrenda
para arder hasta el delirio.
VI
No puedo escribir tu linaje,
sería una estúpida sonata,
similar al estribillo de Radio Futura:
Y si te vuelvo a ver pintar un corazón en la pared…
VII
Y si pongo las manos en la guillotina
del pan,
y zanjo este comprometido asunto.
Y si tomo cada una de mis órbitas
y las raspo hasta olvidar
tu mirada flexo
que atraviesa mi pupila
como un cubo de agua,
hasta eclosionar en el pozo
cuya cúpula anhela ser arrebatada.
VIII
Desmembramiento:
la hemorragia, vertiente roja,
como cascada subterránea
pinta un recuadro abstracto.
Tus manos en mi cuerpo
como un cisne doloso
que corrompe mi tregua a la vida.
Manca de apósitos,
mastico el gorjeo de tus pájaros
para aniquilar esta pasión ilícita
de no tener sostén
cuando irremediablemente caes
por el canal en una danza.
Golpes, golpes rítmicos y más golpes sonoros.
Las tribus vociferan
sortilegios que me arrastran
a tu lecho.
Subiría a mi auto veloz,
golpearía la puerta de tu casa
para implorar el perdón
de no ser digna,
de no controlar esta cadena
que aprisiona mi cuello.
Soy la pantera
que ha muerto en una jaula de Valencia.
Mi piel, mi peso, mi cansancio
son el presente de un debacle.
IX
Árboles florecidos
entre las falanges de mis dedos,
frutos domesticados
y alondras de destellos fluorescentes.
X
Mi órgano como una cordillera,
de álamo de bisagras,
cuando el amor fue la cumbre
de la verdad, del émbolo con café,
de ruecas virando
los cordeles venosos del infinito.
XI
Mi rostro, el ventanal de la alegría,
con costuras de bolsillos
que guardaban secretos
de entretelas y pespuntes.
Tu estación, tu mes estival,
tú, guardián de centinelas
a este corazón marchito
que, gracias a Afrodita,
brota pequeñas hojas
de verde.
Y muda, adolezco en esta urbe de semáforos
que rigen el caos al antojo
de los acontecimientos de Hades.
XII
Y si pudiera borrar
el instante que encontré la avalancha
hacia tu encuentro furtivo.
La inquisición indiscreta,
la disponibilidad del agravio,
en esta cocina, de mantel y ortiga,
donde cuelga mi corazón cicuta
entre una pelea de gallos.
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