miércoles, 3 de febrero de 2016

Después del arco bilis sale el sol.

Y después de la ira.
¿Qué nos queda?

De la lluvia ácida sobre la lengua.
Después, el vacío, la sensación ridícula 
de la contenida llama debajo del metal.

De la peor, en que no nacen golondrinas
de alones cuadrados, ni partituras de bohemia.

Me queda un cadáver entre el esófago
y el alma parida en páncreas.
Me queda  el cráter de la viruela en la última caricia,
los garbanzos secos en latas con óxido
recordando su sombra.

De la ira, no nace nada bueno
porque no es tormenta 
sino un cirro sis-temático
dentro de un cuento para adultos.

Ya es hora de la pirata,
de reconocer que ha ganado, 
que paralítico el viento
no cabe en un tubo de escape.

¿Sentirá algo la piedra, los electrodos, músicos ambulantes
para el barbecho de mi vértigo?

Después de la ira,
tal vez, exista algún médium
para conversar con el niño vivo
dentro de un hombre muerto.

II

Le deseo una buena estancia entre carnes
que no olerán a naranjo,
y que cada palabra sea fértil.

Ya no resta más oxígeno
para resucitar la fe
de que usted, de vorágine, pudiera ser fecundo.

Tiene razón,  la amistad aprovecha todos los órganos
de la matanza,
porque después de la ira
sale un nuevo sol.

Y antes del verano, el hundido entre peces de colores
será un poema después de la ira.

Gota a gota, semilla de paz.
Le bendigo.



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