domingo, 25 de mayo de 2014

Si hubiese sido Montecarlo. Todo hubiera sido distinto.

En el sureste francés besando costa mediterránea
se hallaba un pintoresco pueblo llamado Narbonne.

Su torre estaba intacta
ajena a la erosión marítima y a los bombardeos.

En esa población vivía una joven de aspecto descuidado
llamada Odette, feliz en su establecimiento de legumbres.

En la tienda tenía botes de cristal  con toda clase de alubias,
con la licenciatura de poseer un ojo de lince
que distinguía pesos, tonos y aromas.

Odette estaba enamorada de Jean Pierre,
el cartero que cruzaba altivo
cada mañana por la villa con olor a crêpe y romero,
dispuesto a que ninguna carta contrariase su destino.

Gentil, y avergonzada a su paso,
salía a su encuentro con una pequeña bolsa
llena de esos frutos de la tierra
que para ella eran el tesoro del milagro de la vida
y el puchero, por supuesto.

Pero él, lejos de agradecer el gesto
la esquivaba veloz con su biciclo
y se burlaba por lo inverosímil del hecho.

Ella, en sus ratos de soledad
elegía las semillas más hermosas
las sabedoras de la salud, el amor  y el trabajo.

Escribía sus iniciales con los garbanzos
y hacía cascabeles con guisantes secos,
que la avisaran de la proximidad del zagal.

Pero Jean Pierre, no cesaba
en emitir una malsonante carcajada.

Odette agotada por sus desplantes
un día decidió no volver a aguardarlo.
Hacía casi tres años donde
ni la lluvia,
ni la niebla,
ni siquiera los gusanos come-sueños,
ni las pequeñas gravas en las lentejas,
ni la mosca blanca,
habían mermado la ilusión
de que recogiera su ofrenda.

Jean Pierre al detectar su ausencia
aminoró la marcha,
tanto,
que cayó entre dos zanjas
hiriéndose las rodillas.

Entonces empezó a llamar a Odette,
no cesando su clamor o requerimiento.

La chica cansada de escuchar sus lamentos,
salió donde el percance había ocurrido.
Él le recriminó
que no estuviera a pie de calle
para ofrecerle el presente
que tantas lunas ella había preparado con ternura
y Jean Pierre zafio y empachado rechazaba.

Entonces, Odette sacó una lenteja
de su bolsillo, se la puso en la mano
 y sin mirarle al rostro con una explicación, le dijo:

-Jean Pierre he tenido mucha paciencia,
hasta percatar que el desprecio
alimentaba tu autoestima,
y mis legumbres son para alimentar el alma.
Te gustaba acaso verme sufrir con frío o penumbras
mientras te ofrecía mi mayor riqueza.

Toma lo único que queda de mí,
quizás con suerte
puedas plantarla
y de ella brote alguna cosa.

Y coqueta abandonó al muchacho
mientras él tomó la lenteja
con sorpresa.

En una maceta lila con extrañeza
dentro de un puñado de tierra
nació maltrecha y desgarbada
una leguminosa
que llevaba escrito en cada hoja:


Olvido olvido, olvido, olvido.







2 comentarios:

  1. qué bucólica y extraordinaria metamorfosis crecida en la más solemne indiferencia

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