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El vicio

Saluda a los transeúntes y dispone con criterio el paso, la ironía y las zancadas. Desde la lejanía el mundo, los vídeos, las formas. El estanque. que parece moteado de naranja pez con la burbuja, la pausa, la esfera. De grillos con corbata. De pozos sin cubo. De pisos en verano. Con la peculiaridad, el peón, la hilaridad de viajar de un lugar a otro. Pekín a tiro de gravilla. California a dos saltos. Jaén en zigzag y en segunda con el coche. De profano y credo. Ser un lector adicto a la tinta a través del ojo-cometa. Leer, leer, leer. Y que en esta hucha salga vencedor el cerdito o el libro.

La excusa menuda del amor

Querer como los árboles se aman, machado de hojas, cuando el tronco se inclina y la espalda ejerce de palanca. Y nos abrimos en orificios de cavernas para el hogar de los pájaros. Ocultando con el cuerpo la luz del descubrimiento topo de los días que son loterías urbanas de menús a siete euros, de cansancio hervido en plato. Los árboles amantes, mientras los autobuses frenan frente el semáforo ámbar de un zoom. Con el cielo color de Google. Y el verde plástico, pretensión de césped. Vamos a querer como se aman los árboles, machado de hojas, cerca del bosque. De raíces para afuera. Sin la necesidad del fruto. Cobijo de pájaros y silencio.

Amor, amor de Lolita

Siento este amor de poso de café y anís que culebra por el corazón. De oír, y desgranar el árbol que sostiene el fruto del deseo de la selva nocturna. León que de vida rebosa los ríos. Diga que vendrá a protegerme en sueños. Y al oído cantará el rocío de las estaciones que vivimos. Las palabras que jamás pronunciaremos. León. El rugido delata. Y gacelas corren por dentro del estómago. La corriente de agua. Su sombra.

Dickinson

Puedo en la noche disfrazar al poema. Y farfullar de lo que coexiste detrás del cemento y de las turbinas. La abeja sin alas. La correspondencia eléctrica. Y una estación correlativa a otra estación. Subir peldaños en vez de laderas. Y meter con una canícula el verde-azul por el decreto  del abandono. El colibrí vuela en píxeles.

Con frío y ojeras

Esta manía de poner costes a la existencia. De abarcar las pistas. De la nieve. De los ojos en caída libre desde la torre. De tu forma de perforar el papel. Y de hacer agujeros a las branquias. De disimular la vista hacia lo efímero. La impostura de la felicidad que sigue salpicando la taza del retrete. De mirar lo que no es tuyo. De santificar a la mierda de lo que fue, y fue, y no fue. Y una que de boba sabe oler lo muerto. Empecinada sigue rodando por las escaleras. Yo no soy tu sueño. Soy amargura. Herida al cubo. Taladrada e insolente. De verdad pura e impura. Alta y baja. Coja y veloz. No soy, la estampa. La virginal perfección de lo inalcanzable. La estatua. Sangría mensual. Toso y mis niñas lucen las legañas del insomnio. Soy la carne que del alma salió. Y se pudre. Y envejece. Y coge un espejo y envía señales de luz a tu cretina ceguera. Qué cree que la perfección existe en la mala gana. Enfermo, canto y río. Soy una mujer, un invidente poe...

Pezucio

Aún recuerdo el golpe. Del coche la frenada posterior. Y tu preocupación por la carrocería. La cual se había convertido en un molde del animal que había sido atropellado. A lo mejor la ceguera de la ruta. La fatiga, la música melosa, la inoportuna presencia de un ser vivo. El improperio cruzando la carretera. Y un cervatillo desposeído de vitalidad en agonía manchando los ojos. Sólo interesa el tiempo perdido, las náuseas al contemplar el destripamiento. El ruido de la existencia que se larga como un leño roto. El traje tatuado, la voz cortante. El deshecho de la velocidad. Y yo metida en una gasa. No te das cuenta. No percibes al animal herido. Está frente a tus narices. Se desangra. Lame, respira mal. El ahogo es inequívoco. Del atropello constante de las prioridades. Tirita de frío, le han quitado la manta. de inherente poeta. Con demasiados anzuelos en el corazón. Y un coche con el motor sucio  que te ha sacado de la órbita.

El golpe

Aún recuerdo el golpe. Del coche la frenada posterior. Y tu preocupación por la carrocería. La cual se había convertido en un molde del animal que había sido atropellado. A lo mejor la ceguera de la ruta. La fatiga, la música melosa, la inoportuna presencia de un ser vivo. El improperio cruzando la carretera. Y un cervatillo desposeído de vitalidad en agonía manchando los ojos. Sólo interesa el tiempo perdido, las náuseas al contemplar el destripamiento. El ruido de la existencia que se larga como un leño roto. El traje tatuado, la voz cortante. El deshecho de la velocidad. Y yo metida en una gasa. No te das cuenta. No percibes al animal herido. Está frente a tus narices. Se desangra. Lame, respira mal. El ahogo es inequívoco. Del atropello constante de las prioridades. Tirita de frío, le han quitado la manta. de inherente poeta. Con demasiados anzuelos en el corazón. Y un coche con el motor sucio  que te ha sacado de la órbita.