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Narciso y Eco.

Cuando tengas ganas de morirte  esconde la cabeza bajo la almohada  y cuenta cuatro mil borregos.  Quédate dos días sin comer  y verás que hermosa es la vida:  carne, frijoles, pan.  Quédate sin mujer: verás.  Cuando tengas ganas de morirte  no alborotes tanto: muérete  y ya. JAIME SABINES. Eres especial como una ventisca de nieve en la playa, que nunca se mide con el baremo  de calibrar más con las manchas que con los centímetros. El botón verde en el vestido de novia, y las siete patas de los perros en un planeta, peonza de la galaxia. La luna cuadrada con lobos de lana. Los dioses unicelulares que no existen en la aritmética del uni-lateral.verso Mutilador de las personas que de verdad torpedean con el  buen hacer de los amarillos trigales. Para no entender del perdón en lengua cervantina, frente al descaro de su selección natural. Será cuestión de rarezas, ser genio sin lampara y ara...

Tifón de las ánimas.

De qué sirve el ruido de la guillotina cuando otoñal cede su hoja en el cuello. Presa del varadero que intercambia la angustia al terremoto de las iguanas y diluye el cianuro como la mancha de sangre en el lavabo después del suicidio. No, no deseo el bestiario de aquellos días arrecifes, donde la dama caía con vestido caladero y los vacíos paseaban con café rancio en detrimento de la caricia. La negación del beso que tanto traficó, en purgas que erosionaban al mar. En este aceitunero apoyo mi cabeza, qué importa, si el filo agudiza y la nuca pende de la cuerda con el corazón entre sus manos, desguace de mujer viva con el Adviento. En hombría de método, en brisa boca, amor, cuenta la hebra y tuerce la puntada, que cosida prefiero morir en tu tierra lejos del marino león que canta a sirenas porque en ti puedo morir y nacer, y morir y nacer. El pasado no era más que una hamburguesa, comida por las hormigas en la bahía de los contenedores.

El elemento del fuego.

La llama. La quemadura de la vianda en la lengua paciente en el plato, que cede a la gula por el impulso del cubierto. El poema, a punto de saltar del trampolín de una página hacia el éxtasis de la asfixia. La velocidad, con las ventanillas bajadas a las nubes, con los coches en paralelo infringiendo las normas en el descuido de los átomos haciendo frente al impacto con el derrape de las ruedas en el agua. Y subir escaleras en contra de la marabunta en la terminal porque vas a perder el avión para anotar en el estómago el gusano del vértigo, del aterrizaje después de la tormenta. La calma después de la ira. El ansia al abrir una carta. El beso. La vela. El candil.  La llama. El elemento del fuego. La inteligencia. Que enciende la oscuridad en la noche. Cómo decir que soy una devoradora de adrenalina que muere como un pétalo entre los libros.

Anestesia.

Qué será de todas las muñecas de porcelana  de sexo indistinto,  blanqueamiento del derribo, rojo por la sarna. El misil, número sin número, que cayó del cielo, cuando en la niñez nos enseñaban que el cielo  era bueno,  que traía la lluvia, el sol que asaba a las patatas, la luz que cobija las manos que ahora sangran en el asedio. Estoy inmóvil. No siento las rodillas y soy un saco de cal que ya no llora. Cebolla bajo la tierra que sin raíces escucha los latidos de los perros. Sólo, aguanta un minuto más, juguete de juguetes que cierras los ojos. Mi cuerpo es ahora la casa de mis padres, y  sé que no siento las rodillas. La boca se llena de un amasijo de lo que por tanto matan, esta cucharada de ciudad que respira aguda el hilo que trae la ruina que baja hacia los infiernos. El cielo para el apátrida es el tumulto de los abrazos  tras los bombardeos de la  ira para los hijos de porcelana  de sexos indistintos. . ...

Canción triste de Bird-Street.

Cuando en Chinatown derribaron los bloques y en su lugar edificaron un aparcamiento de pisos, de esos, que en espiral levantan el ánimo. Creí morir de pena, la ruina fue sin previo aviso, con una antigua arboleda en barricada y un pequeño colmado que dispensaba galletas de la suerte a los que aún poseíamos la fe de que de amor se podía morir. Fue tan inmenso el vacío que las manchas de los perros cayeron igual que las hojas del otoño y el grifo en su goteo cantaba clerical al entierro de conversaciones, y aguas que se desvanecieron en trances, productos de la demolición. Qué duro encontrar la salida entre los escombros, poder tramitar cada una de las circunstancias a un destino de cuerpo encogido dentro del saco, de preguntas sin respuesta, de gusanos que se devoran ensimismados la seda, al no tener sustentos ni en la lluvia del oeste, ni en el canto de las piedras al caer con los hierros, ni en la necrosis que supuso la cobardía de los que se van y regresan, c...

La disparidad del mobiliario.

El sillón orejero. De brazos desgastados. Sostenido por cuatro patas de mariposa, aguarda el asentamiento de la colombofilia en busca de las migas del pan entre sus cojines azules. El sillón impaciente. -No,cariño.  Aún no ha llegado la _ora de sentarse.

Vistas periféricas de los ángeles sin ojos.

Imagen
La vida, esa apócope de poemas insertados en caras, labios, y estrafalarias apuestas de sol y de lunas con dientes. Como una alimaña enseña los reversos; pero, siempre hay un número que no cuadra con la llave de un hotel frente a la puerta 345. Llamar al servicio de habitaciones, olfatear el cloro de las toallas y buscar "rato-línea" entre los obsequios, cortesía de aseo, de una fábrica en Beijing que abastece con 30.000 pastillas de jabón, 15.000 peines porque existe la calvicie de las palabras. Y una esponja de calzado tan diminuta que no logrará acallar los pasos, de los maleantes que hacemos de la rima una psicosis, y que nos gusta lamer los dedos en sincronía ante el resultado de las catástrofes escritas. Todo cabe en un estuche, hecho para nomos, que recicla los instantes que tú y yo resucitamos en aquel hotel adyacente  a la antena de telefonía móvil, rebosante de "pajarocópteros" que no piarán lo que vieron. En la habitación 345. ...