viernes, 16 de febrero de 2018

Nubes rosas

Me quedo a dormir en su casa.
El olor de su cuerpo
está impregnado en las sábanas.

Y esa fragancia de él me tranquiliza.
En el instante de poseer
la estricta intimidad
que le cuesta a mi vera proceder.

Hoy me preguntó por mi higiene dental.
Era lo único que aparentemente
le preocupaba. Él y sus neurotransmisores
que le impiden una oración
de alma. No le interesaba mi pesadumbre.
Ni los líos laborales.
Si me había lavado los dientes.
Si había usado el enjuague.
Qué al andar libre
la fechoría se antoja.
Y no respetaría uno de sus dogmas.


Le mentí. No me lavé los dientes.
No quería que me preguntara
dicho snobismo.
Y con la boca de naftalina
me importaba una mierda
los preceptos. Tenía la sensación
de que su hospedería
le gustaba. Qué hasta le habían hecho un favor.
En cambio vetada de horario
he subido varias veces a la montaña
a visitar un monje, demonio de su cadena de montaje.

La cama sabe a él.
Y en la mañana, qué es hoy.
Volveré a su mundo perfecto.

Yo necesito cavar.
Y que este azote nos sirva
para que la sangre bombee la ilusión.
Y no esté quieta.
En una marisma de bioquímica.
Qué la vitalidad se ajusticie.
Qué observar al amado
como una invitada
también es otro tipo de internamiento.

El amor de dentista.
Una expareja odontóloga.
Me he comido una bolsa de chucherías.
A la salud de los dos.
Y el aliento apesta a ajo.
Por favor resucita.
Necesito amar y ser amada.
No puedo redistribuir
que sólo me quiera el aroma
de tus perturbaciones..

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