sábado, 13 de enero de 2018

Azotea

Los que moramos en el último piso
tememos pisar la tierra,
tal vez, engreídos ya que pensemos que
somos aeronaves o pájaros
que divisan desde su altura
la cabeza, de todo ser viviente.

O quizás, habitándolos.
Desafiemos al vértigo,
o a las fobias.
Nunca te molestarán los tacones
del vecino, si al caso los ruidos
que se oyen de lado. Voces de niños,
lavadoras agitadas, y puertas.
El silencio gana.
A la lluvia, en tendederos desnudos.
Olvidando que solos no nos sostenemos,
faltan los miembros que ejercen
de pilares.
Las piernas, las raíces.
Los órganos internos que
determinan si es un nido
o un cementerio carcelario.
Los pisos altos.
De muchas escaleras como una torre.
De ajedrez.
No sirven para huir de la noche.
Chimeneas con habitación.
Puzzle visto desde el cielo.
Porque desde mi cama
no puedo ver las estrellas.
El techo me separa.
Y debajo hay vida.
Un pasado que existe
y también soy yo.

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