domingo, 29 de octubre de 2017

Aaaaaaaah

Somos frutas de distinto árbol,
y por ello la convivencia es complicada.
Cuando el amante duerme,
no puedo hacer ruido en la casa.
Y yo me aburro soberanamente.
Todo debe ser un sigilo,
andar con puntilla,
toser con embudo,
mirar sin pestañas.

Este litigio de un hombre
encarcelado en su neurosis,
y la reina del ruido.

Cocinar atizando cubiertos.
Poner música y cantar como una rana
después de la resaca.

Pero, aquí, todo es de un orden mudo.
Y yo sentada en el sofá.
Me apetece chillar.
Tan.
Tan.
Tan.
Tan alto.
Qué creo, que los cristales se rajarían.
Que los niños se salvarían del hipo.
Que a los libros las letras
de salto en salto, saldrían kamikazes
de sus páginas, palabras, rutina.

Él es monacal, dice que es un chimpancé y
y yo fui parida bonobo.

Quiero lanzar la vajilla al suelo.
Pegar un portazo.
Aumentar el volumen de los enseres
de esta casa vasoconstrictora, anticoagulante,
insípida.

II
Un muro roto por la risa de los niños.
Mi monstruo interior crece,
es un río a la deriva gruñón
y anarquista.

Con miedo, de lo que vaticinó el maestro de la madera. La causa de nuestra amistosa ruptura.

Un día te levantarás y no sentirás nada.
Hepática y piedra.
Y volarás entre sus silencios.

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