martes, 15 de agosto de 2017

Aprender a bailar.

Tengo los brazos de fuego de la peregrinacion,
y en este encuentro, he sopesado
cada uno de los arrecifes. Serà menester u oficio
a que desempenyar de martillo duele tanto
como ser el clavo, y en ocasiones
la receta no funciona. Tal vez la pasion
siempre presente litigios con lo inerte,
la falta de destreza de los pies en el baile
pero el amante en su discurso,
debe recordar que una palabra vil
quedara inscrita en los muros de estas ruinas.

Y existen diferencias, lesiones en los tobillos,
indiscretas torceduras,
malignas metidas de pata.
Un soso altavoz que los danzarines de la experiencia
descubriran en multitud de ensayos.

Caminando sobre adoquines, y capiteles
sintiendo que los ojos luna trasmiten la embriaguez de una urbe poderosa,
para otorgar a los suyos el peso de lo necesario.

Roma, como un hotel de carretera,
afinando las notas del desconcierto.

Y una apuesta, y la luz entre las rendijas del aseo.
Que ganar supuso caer en infinidad de veces.
Que todos los caminos conducen

hacia donde apuntan los pasos.

Y ese camino eres tu.

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